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Forbes Argentina

Satellogic trepa 400% en Wall Street y apuesta a la IA: el plan de Emiliano Kargieman para subirse al boom de la space economy

Emiliano Kargieman
Xavier Torres Bacchetta
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El emprendedor consolidó a Satellogic en 2026 superando los US$ 1.400 millones de valuación en mayo y anotando un salto del 400% en sus acciones. Cómo piensa el emprendedor que transformó el modelo espacial, el impacto de la IA en los datos globales y por qué el largo plazo es su declaración de principios.

Emiliano Kargieman (51), fundador y CEO de Satellogic, lleva grabada una máxima en latín que funciona como una declaración de principios y, al mismo tiempo, como el diario de viaje de los últimos 15 años de su vida, cuando decidió crear la compañía de satélites: Per aspera ad astra. En español: “A través de las dificultades hacia las estrellas”. Una hoja de ruta que, desde el día cero, estuvo marcada por la paciencia estratégica. “Cuando arranqué Satellogic sabía que era una empresa a 20 años: hacer una compañía espacial no era fácil”, reflexiona. 

Tras haber cruzado las turbulencias de los mercados públicos, Kargieman logró timonear el barco y consolidar a Satellogic en 2026, lo que llevó a la compañía a recuperar el título de unicornio (N.d.R.: firmas valuadas en más de US$ 1.000 millones) en mayo. Este presente es el resultado de una evolución corporativa tan audaz como compleja, que hoy se ubica en el centro de la escena global en medio del boom de la space economy. Lo que en 2010 nació como una idea disruptiva para fabricar satélites por cientos de miles de dólares en lugar de cientos de millones requirió un aceitado motor de financiamiento. Tras una ronda de capital semilla sostenida por su círculo íntimo de amigos, lanzó sus primeros nanosatélites en 2013 e inició así una constelación que mechó hitos científicos con la mística rioplatense de nombres como Manolito, Tita o Milanesat. El crecimiento escaló en 2019 con una ronda de US$ 50 millones y en julio de 2021 anunció su fusión con CF Acquisition Corp. V (CFV), un vehículo de adquisición de propósito especial (SPAC) patrocinado por Cantor Fitzgerald, que derivó en el debut en Wall Street en enero de 2022. Ese movimiento atrajo a inversores institucionales de peso como el fondo Liberty Strategic Capital, del exsecretario del Tesoro de EE.UU. Steven Mnuchin, quien hoy se desempeña como chairman de la junta.

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Desde su oficina en Barcelona, dialogó con Forbes Argentina para analizar el presente de la compañía. (Crédito: Xavier Torres-Bacchetta)

El punto de quiebre financiero y operativo comenzó a vislumbrarse al cierre de 2025, un año en el que la compañía incrementó sus ingresos un 38% (alcanzando los US$ 17,7 millones) y redujo su pérdida de EBITDA ajustado en un 48%. En el primer trimestre de 2026, los números se consolidaron: registró ingresos por US$ 6,1 millones —un 80% más que en el mismo período del año anterior— y, por primera vez en su historia como empresa que cotiza en Nasdaq, anotó un flujo de caja operativo positivo de US$ 200.000. Con una pérdida operativa que se redujo un 33% y un cierre de trimestre con US$ 121,9 millones en caja, el balance más sólido de su historia, la firma cuenta con el respaldo financiero para capitalizar los vientos de cola geopolíticos del mercado internacional.

Pero el camino bursátil bajo el ticket SATL no fue lineal. Tras tocar un mínimo de US$ 0,69 por acción en noviembre de 2023, la capitalización de mercado, que a fines de 2025 era de US$ 270 millones, escaló de forma vertical hasta rondar los US$ 1.460 millones en mayo de 2026. Con un acumulado de más del 400% en lo que va del año y picos que rozaron los US$ 1.600 millones, Satellogic cruzó con holgura el umbral de los unicornios made in Argentina, aunque hoy su valuación ronda los US$ 800 millones. 

Este despegue financiero está apalancado por una fuerte aceleración de contratos soberanos e institucionales. Entre los hitos más recientes se destacan un acuerdo de US$ 18 millones con el centro de ingeniería CEiiA de Portugal, un contrato de siete cifras en India con Suhora, y una alianza de US$ 12 millones firmada en abril para transferir la propiedad de un satélite ya en órbita a un cliente de defensa. Además, lanzó Aleph Observer —su plataforma de inteligencia geoespacial por suscripción— y presentó Merlin, una nueva constelación diseñada para remapear todo el planeta diariamente a un metro de resolución. El proyecto tiene su primer lanzamiento programado para octubre de este año.

Construcción personal

Para un hombre que se mueve con la soltura de un ciudadano global, la escala del problema requería una estructura sin fronteras. Aunque Kargieman reside en Barcelona, el mapa operativo se despliega de manera estratégica: el corazón del diseño y la ingeniería se mantiene en Argentina; la planta de integración y fabricación de los satélites opera en Montevideo, Uruguay; y los equipos comerciales y de operaciones se distribuyen entre EE.UU. y Europa

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(Crédito: Xavier Torres-Bacchetta)

Su mirada de largo plazo se forjó rompiendo reglas y sistemas. Criado en el barrio de Palermo y educado en la escuela pública, Kargieman descubrió temprano que su fascinación por desarmar tecnología podía transformarse en un modelo de negocios. A los 15 años fundó su primera empresa de software a medida para pymes, y a los 19 convirtió la diversión de su adolescencia —el hacking— en una firma de seguridad informática junto con un grupo de amigos. Esa aventura se transformaría en Core Security Technologies, una compañía pionera a nivel global que automatizó los test de intrusión, llegó a tener el 80% de las Fortune 500 entre sus clientes y escaló hasta los 400 empleados. Tras esa experiencia, que el propio Kargieman define como “una especie de MBA”, fundó en 2005 el fondo de riesgo Aconcagua Ventures para invertir en early stage en la región. 

La silla del inversor le quedó chica rápido: frustrado por una época en la que el ecosistema local parecía obsesionado con crear redes sociales para vender publicidad, decidió volver al barro emprendedor para resolver problemas más profundos en la intersección de la producción de alimentos, la energía y los recursos naturales. Faltaban datos globales para tomar esas decisiones y la respuesta estaba flotando fuera del planeta. Así, junto con Gerardo Richarte, creó Satellogic en 2010. 

¿Cómo llegaste a la idea de hacer satélites? 

Quería resolver problemas profundos o que para mí eran más importantes. Armé un modelo de los problemas que había que resolver. Y me di cuenta de que necesitábamos tomar decisiones con mejor información y que las plataformas para recolectar esa información no estaban a la altura.

El paso anterior a tomar las decisiones…

Exacto, nos faltaban los datos y los satélites estaban bien posicionados para capturar datos de toda la superficie de la Tierra. El problema no era tecnológico, sino de modelo de negocio. No habíamos podido construir la infraestructura necesaria para capturar información de manera global y persistente. Ese fue el origen de Satellogic en 2010. Mi primer objetivo fue hacer satélites que fueran miles de veces más baratos: en lugar de cientos de millones de dólares, queríamos hacerlos por cientos de miles. Pasamos muchos desafíos para desarrollar la tecnología desde cero y hoy somos una compañía integrada verticalmente que fabrica todos los componentes. 

Satellogic en números
 

¿Cuántos tienen hoy?

Operamos una constelación de 20 satélites, con 55 lanzados en nuestra historia. Tenemos la constelación de observación terrestre de alta resolución más grande del mundo. Son satélites que permiten ver cosas en el orden de los 50 cm del piso. En esa resolución somos por lejos los que tenemos la mejor capacidad. Monitoreamos cientos de puntos para nuestros clientes todos los días y les damos no solo imágenes crudas, sino procesadas con IA y clasificación de objetos para ayudarlos a tomar mejores decisiones sobre qué hacer con esos datos. 

¿Cómo fue el proceso de crear una empresa que fabrica satélites hace 15 años?

En 2009 no había compañías espaciales privadas. SpaceX estaba empezando y no había prácticamente ningún otro ejemplo. No tenía idea de cómo hacerlo ni si se podía hacer. Así que pasé 10 meses metiéndome a fondo en el sector. Me mudé a NASA Ames, en California, y charlé con toda la gente que supiera algo de satélites. Al final de ese proceso, John Haynes, que era uno de los tecnólogos jefes de la NASA, leyó un documento de 40 páginas que escribí y en una reunión me lo destruyó párrafo por párrafo. 

¿Y qué hiciste?

Haynes siempre cuenta que después de eso pensó que no me iba a ver nunca más. Volví a verlo cada 15 días con soluciones. Fueron 10 meses con sus feedback hasta que me dijo: “Pienso que estás loco y que lo que querés hacer es imposible, pero no sé por qué”. Ahí dije “ya está, si este pibe no puede decirme por qué está mal, quiere decir que está bien”. Me mudé a Argentina porque, por las regulaciones de exportación de EE.UU., sabía que no quería construir la tecnología ni el equipo técnico allá. Hice un acuerdo con INVAP en Bariloche, donde me abrieron las puertas, aunque pensaban que estaba totalmente loco. También hablé con Lino Barañao, entonces ministro de Ciencia de Argentina, quien me dio su apoyo. Al principio financié todo con lo que tenía de mis emprendimientos anteriores y gastando todo lo que tenía en el banco. Cuando me instalé allá y tuve más claro cómo reducir los riesgos de las ideas, hice una ronda de ángeles con conocidos.

¿Quiénes fueron los primeros que apostaron por vos?

Amigos. Entre los primeros estuvieron Wenceslao Casares, Santiago Bilinkis y muchos más. Tuve mucho apoyo. En ese estadio lo único que importa es saber que alguien está convencido e irá para adelante sin importar qué pase, algo que también dice Jeff Bezos. 

¿Cómo está conformado el paquete accionario?

Somos una compañía pública en Nasdaq. Los empleados tienen un porcentaje, yo tengo un un poco menos del 10% (unos 12 millones de acciones) y hay fondos de inversión institucionales. Soy el mayor accionista individual de la compañía. Es importante porque Satellogic es una empresa que está en una etapa clave. Este año pinta espectacular, pero está en un estadio donde necesita la dirección correcta. 

¿Cómo se siente ir desprendiéndose de acciones en las distintas rondas?

No lo pensás como “desprenderse”, sino como incorporar socios y capital necesarios para crecer. El porcentaje no es importante. Lo importante es tener la capacidad de ejecutar.

¿Hubo momentos en los que tuviste que cambiar algo o alarmas que te hicieron pensar que no iba a funcionar?

Cambiamos mil cosas. Lo que no cambia es la visión y la misión de Satellogic. Hicimos pivots estratégicos varias veces. 

¿Por ejemplo?

Después del IPO, crecimos a 500 personas, pero entrar al mercado de defensa e inteligencia nos tomó más tiempo y fue más difícil de lo esperado. Tuvimos que achicar el equipo de 470 a unas 320 personas en un año y pico, reagruparnos y armar el producto bajo el ojo de los mercados públicos, lo cual es difícil. La acción llegó a valer menos de US$ 1. Nunca pensé en abandonar porque estoy convencido del valor de lo que hacemos, pero sentí la responsabilidad de encontrarle la vuelta. Nos llevó un tiempo —doloroso y difícil—, pero en 2025 mostramos tracción y que los cambios estratégicos estaban funcionando. El año 2026 será de “breakout” completo, espectacular. 

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(Crédito: Xavier Torres-Bacchetta)

Cuando empezaste, planificaste una compañía a 20 años. ¿En qué estadio está hoy?

Estamos recién arrancando en cuanto al impacto en el mercado. Estuvimos 15 años construyendo la tecnología y la infraestructura. En octubre lanzamos nuestra nueva constelación de satélites Merlin, que estará activa en 2027. Nos permitirá hacer cosas que nunca imaginamos. Con la IA podemos empezar a predecir el futuro. Esto es un cambio abismal. Esta es una compañía que puede estar facturando miles de millones de dólares en unos años. Cuando pensás los problemas que tiene la humanidad hoy, tener modelos que nos permitan entender cómo las decisiones que tomamos van a afectar a la Tierra y al futuro de la humanidad va a ser clave. 

El valor de las acciones tuvo un rally tremendo. ¿Cómo se explica este fenómeno?

Se dan varias cosas: resultados financieros sólidos en 2025 y el Q1 de 2026, y vientos de cola por la situación geopolítica en Medio Oriente. Todo lo que tiene que ver con defensa gana relevancia. También el IPO de SpaceX generó mucho interés en el sector. Sigo pensando que Satellogic está muy subvaluada respecto del negocio futuro. No miro el valor de la acción todos los días; me concentro en lo que podemos controlar y ejecutar. Si ejecutamos bien, el mercado responde bien. 

¿Qué significa para vos éxito, fracaso y dinero?

Nunca me obsesioné por el dinero; lo veo como una herramienta que te permite hacer cosas, ayudar a emprendedores o donar dinero a proyectos. Es una libertad y un privilegio. El éxito es poder disfrutar lo que uno hace; a mí me hace feliz jugar este “T.E.G.” a nivel global. Me gusta tratar de entender cómo funciona el mundo y aportar valor para que el futuro se parezca a las utopías de ciencia ficción que leía de chico, no a las distopías. Y el fracaso es un camino hacia el éxito.

¿Qué proyectos paralelos te atraen?

Muchas cosas de la industria espacial. También proyectos que permitan mejorar la calidad de vida. Me preocupa que mis hijos vivan en un mundo predecible y seguro, que hoy con todo lo que pasa a nivel geopolítico es un desafío. Soy un usuario apasionado de la IA y creo que será un cambio rotundo; programo y hago proyectos con ella casi todos los días. La uso mucho para explorar. 

¿Qué líderes tecnológicos te inspiran?

Jeff Bezos, por su manera de pensar a largo plazo y la organización que construyó. También Jensen Huang de Nvidia. Localmente tengo muchos: me inspiran Marcos Galperin, Wenceslao Casares, los fundadores de Globant y Martín Varsavsky. Argentina tiene grandes emprendedores. No tenemos que ir muy lejos para tener ejemplos. 

¿Compraste acciones de SpaceX? 

No, tengo mi capital puesto en Satellogic.

¿Te gustaría viajar al espacio?

Me encantaría, sin duda.  

El plan de US$ 25.000 millones para la Patagonia

A la par de su consolidación en la industria aeroespacial, Emiliano Kargieman se convirtió en la cara visible de Sur Energy. La iniciativa cobró relevancia global tras sellar un acuerdo estratégico con OpenAI —la empresa madre de ChatGPT— para dar forma a una de las olas tecnológicas más ambiciosas del momento: la instalación de un mega data center de procesamiento en la Patagonia argentina. Aprovechando las condiciones climáticas del sur del país —ideales para el enfriamiento natural— y el potencial energético local, el proyecto busca posicionar a Argentina como un hub soberano en la era de la IA.

La escala financiera del desarrollo contempla una inversión de US$ 25.000 millones. De ese monto, unos US$ 17.000 millones se destinarán de forma directa a la adquisición de placas de procesamiento de Nvidia, mientras que los US$ 7.000 millones restantes se volcarán a la infraestructura y la planta local. El objetivo de máxima no es solo el despliegue técnico, sino la creación de una vertical inédita de exportación de potencia de cómputo capaz de generar un ingreso de divisas para el país: “Es un proyecto que arrancaron mis amigos Matías Travizano y Stan Chudnovsky. Ayudé a Max y, tras su fallecimiento el año pasado, me quedé empujando el proyecto. Lo más interesante es que permite generar una vertical de exportación de cómputo que genere divisas para el país”.

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