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31 Mayo de 2020 08.00

Estamos viviendo un momento único en la historia de la humanidad. Es fundamental aprovechar la intensidad y la profundidad de las experiencias precipitadas en nuestras vidas ?en sus dimensiones individuales, profesionales y empresariales?, con la clara intención de sobrevivir a la crisis y poder recuperarnos luego de que se disipe la niebla.

La pandemia sucede en pleno proceso de transformación de los modelos de organización y gestión de las empresas; un proceso que había sido provocado por la evolución de la tecnología y el entorno digital y los profundos cambios en la cultura de los consumidores.

Ambos factores generaron mercados altamente competitivos e hiperconectados, en el que convivían empresas tradicionales, con plataformas exponenciales (Google, Amazon), y los ecosistemas empresariales chinos (Alibaba, Tencent). Así las cosas, nos disponíamos a protagonizar o presenciar la gran batalla.

 

De repente y sin que alguien lo viera venir, irrumpió la pandemia, como un temblor que deja a su paso un verdadero tsunami de efectos económico-financieros.

 

Esta combinación, sin dudas, provocará cambios estructurales en los modelos de negocio, en las empresas y en las organizaciones. Es incierto el futuro, pero ?a riesgo de equivocarnos? podemos pronosticar algunas de sus principales consecuencias.

 

 

 

Está claro que se transformarán para siempre los espacios y lugares de trabajo; no desde la perspectiva del trabajo remoto respecto de uno central. Sucederá una distribución de la organización, con multilocalización de tareas y responsabilidades, y el consecuente impacto en la cultura empresarial. Se desocuparán millones de metros cuadrados de oficinas y se ofrecerán en venta o alquiler a muy bajo costo.

 

Lo anterior provocará una imparable tendencia hacia la horizontalidad de las organizaciones, aplanando la visión piramidal con la intención de acercarla a sus clientes finales, derramando sus efectos sobre los canales comerciales y las cadenas de valor. La cercanía con los usuarios y consumidores será ahora un factor crítico.

 

Detrás de eso aparecerá la imperiosa necesidad de que las empresas ?independientemente de su tamaño o sector de la economíá tengan que revisar su estrategia digital, rediseñando canales, comunicación y distribución.

 

Es difícil dar la bienvenida a las crisis, aunque tratemos de verlas siempre como oportunidades.

 

También debemos imaginar la propagación más veloz de la concepción de los negocios como ecosistemas, con la necesaria reconfiguración del actual esquema de relación y conexiones entre las empresas.

 

Por último, se producirá una revolución en la comunicación. Todos querrán comunicar todo a todos, por todos los medios disponibles; y, paradójicamente, solo algunos pocos estarán dispuestos a escuchar.

 

Nadie puede predecir el futuro, y los actuales hechos  lo demuestran. Pero claro está que lo que hagamos hoy, la velocidad con que tomemos las decisiones que definen nuestros nuevos rumbos, será clave para la subsistencia del mañana.

 

Es una tarea titánica tener la cabeza en otro lugar que donde uno tiene los pies, y esto vale tanto para la dimensión geográfica (estamos en la Argentina) como para la temporal (estamos colmados de urgencias presentes).

 

El saber popular nos invita a pensar que los mares calmos no harán nunca buenos navegantes. Es difícil dar la bienvenida a las crisis, aunque tratemos de verlas siempre como oportunidades. Los efectos secundarios de esos nuevos caminos a veces son muchos y muy agresivos.

 

Pero la crisis, una vez más, pasará. Y el futuro llegará ya en forma de presente. Mientras tanto, navegando en el mar bravo, es importante una tripulación experimentada; y un buen líder, jugando su rol esencial, es la clave de la supervivencia.

 

Trabajemos siempre para lo mejor, preparémonos para lo peor y aceptemos lo que venga; trazando el camino sobre principios y valores cívicos de un liderazgo ético.

 

Por Rodolfo de Felipe, Presidente de LIDE Argentina