Aunque el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, fue claro para setear las expectativas respecto de la duración de la guerra contra Irán -"de cuatro a seis semanas”-, el precio del barril de petróleo por encima de los US$ 100 durante el fin de semana y buena parte de la jornada de ayer fue el más claro indicio de que el mercado y el mundo entero se preparan ya para un conflicto más extenso.
Es lo que también señala el retroceso de las bolsas europeas, el salto del precio de las commodities y el fortalecimiento del dólar a nivel global. Son los típicos movimientos en tiempos de alta incertidumbre geopolítica que apenas se percibieron hace nueve meses, durante los ataques a Irán de junio pasado. Ahora es diferente. Particularmente para la Argentina, ahora es muy distinto.
La irrupción de la guerra en Medio Oriente llegó para poner en duda un ciclo excepcional de ingreso de divisas vía el financiamiento que grandes empresas locales obtuvieron en el mercado de deuda internacional para fondear sus proyectos de inversión. Sobre esa dinámica, que le permitió al Banco Central comprar reservas, se abren ahora interrogantes. A priori, el previsible flight to quality (vuelo a la calidad) de los inversores indicaría que esos flujos se interrumpieron.
Sin embargo, al mismo tiempo, la oportunidad luce inigualable. Es que la economía argentina enfrenta por estas horas una enorme paradoja. Mientras el consenso de analistas y bancos de inversión de Wall Street la catalogan como una de las “más vulnerables” al shock externo por su bajo nivel de reservas y las presiones inflacionarias que, lejos de erradicarse, se potenciarán; esos mismos actores advierten que el potencial que ofrece el país a los grandes inversores está más claro que nunca. “Si algo deja en evidencia las consecuencias de este conflicto es que la apuesta del Gobierno a la energía, a los proyectos de gas licuado y también a la minería fue más que acertada”, afirmó el analista financiero José Siaba Serrate.
Esa dualidad es la que se vive por estas horas en la comitiva oficial y de empresarios que participan en Nueva York de la Argentina Week. La guerra tiene para los argentinos dos caras: la primera dispersa, casi ahuyenta, la atención de los inversores, siempre más reacios en estos contextos a asumir riesgos. La segunda expone como nunca las ventajas de invertir en un país alejado de esos conflictos y que produce los bienes cuya demanda y precio se dispara en esas situaciones. La energía y los alimentos. Un ejemplo bien sencillo: otrora dependiente del gas ruso y hasta hace poco del qatarí, toda Europa busca nuevos proveedores. Por eso Alemania apuró la firma la semana pasada el contrato de suministro con la local Southern Energy para el envio de gas licuado a partir de septiembre del próximo año. En la medida que la Argentina consiga el capital para seguir produciendo, lo que implica a su vez estabilidad macroeconómica, la oportunidad es inmensa. Sobre ella se posa hoy un enorme reflector que enciende el roadshow de las grandes compañías que acompañan al Gobierno en Nueva York.

El presidente de YPF, Horacio Marín, es tal vez quien más sufre esa dualidad. Exigido por las circunstancias domésticas, se ve obligado a tranquilizar a los consumidores temerosos del aumento de la nafta y desactivar expectativas inflacionarias, a la vez que debe enviar a los inversores señales claras de precios y de que la compañía se ajustará a políticas de mercado y evitará caer en la tentación de subsidiar los combustibles como en el pasado reciente. El equilibrio es complejo. Por ahora, el afán de sostener inversiones gana la pulseada: la nafta ya acumula aumentos entre 3% y 7% en lo que va de marzo, bajo la estrategia que el propio Marín definie de “micropricing”. “No va a haber cimbronazos”, afirma desde Estados Unidos mientras en los surtidores locales van ajustando el litro de súper día a día al calor de la cotización del barril.
Como siempre, la oportunidad también está en la suba del precio de los commodities, con la soja que cotiza en su valor más alto de los últimos dos años (US$ 440 la tonelada) y podría significar unos US$3.000 millones adicionales. Además de alzas también para el maíz y el trigo, garantía de que dólares no faltarán. En gran parte gracias a que, a diferencia de lo que ocurrió en 2022 con la guerra entre Rusia y Ucrania, esta vez no habrá que desembolsar enormes sumas para la importación de gas durante el invierno.
Pero sobre la Argentina siguen rondando fantasmas. La estanflación que acecha y un mercado de capitales que se mantiene cerrado pueden, en un conflicto más largo que el previsto, echar por tierra las perspectivas de recuperación. Desde el Gobierno apuntan a llevar calma. “El mayor escudo que podemos tener contra un shock externo, y que nunca Argentina hizo, es tener los números económicos en orden”, resaltó ayer el ministro de Economía Luis Caputo. Todos los análisis locales como extranjeros, entre ellos los de Barclays, Morgan Stanley, Goldman Sachs, advierten que Caputo tiene algo de razón: la guerra sorprende a la Argentina con fundamentals macroeconómicos más sólidos y con potencial de capitalizar el contexto. Sin embargo, tiene un talón de Aquiles: la debilidad de las reservas. Todo parece resumirse a una cuestión de tiempo: cuanto más se demore la paz, mayor deberá ser la capacidad de la Argentina de generar sus propias divisas para sobrevivir.