Michael, un nuevo paso para la estrella que más sigue facturando
Si se habla de celebridades que siguieron generando dinero después de fallecer, el rey indiscutido es Michael Jackson. Según un informe de Forbes, entre 2009 y 2025, su patrimonio creció en U$S 3.500 millones. Con una gallina de los huevos de oro de ese porte, no es de extrañar que su película biográfica sea más publicitaria y celebratoria que reveladora.
Porque la protagoniza su sobrino.
También porque la producen cuatro de sus nueve hermanos.
Y, sobre todo, porque la produce su representante y coadministrador de su patrimonio.
Debido a estos motivos y a que, justamente, no es reveladora, es polémica y un gran ejemplo de cómo el cine continúa teniendo un impacto social y cultural que pocas otras artes tienen.
La película empieza con la previa de un gran show en 1988, en pleno apogeo de Michael Jackson y justamente antes de cualquier clase de controversias y juicios. Luego salta hacia atrás, hasta 1966, para mostrar a un Michael niño, que mira por la ventana a otros niños jugando en la nieve. Su padre, interpretado por un gran actor como Colman Domingo, lo llama severamente para que retome un ensayo con sus hermanos, con quienes formaba una versión primitiva de los Jackson 5.
Ese mismo año nació su hermana, Janet, quien hizo carrera en la música e incluso grabó junto a él. Sin embargo, ella no aparecerá en ningún momento de la película. Apenas cinco de sus hermanos son personajes, casualmente los mismos que producen (junto a uno de sus tres hijos, Prince).

La música, que marca el ritmo desde el comienzo, distrae de las numerosas omisiones de la historia y, en buena medida, hace que no importen. Desde el momento en que se supo que su sobrino Jafaar sería quien lo interpretaría, quedaban pocas dudas acerca de lo que no se vería en esta película. Nada de su histórico juicio por abusos, nada del rancho Neverland, ni de Macaulay Culkin, ni de Michael sacudiendo a su bebé en una ventana. Nada de sexo, ni siquiera romance.
La película limpia quirúrgicamente cualquier elemento que podría llevar a pensar algo malo sobre él. Siempre sonríe, habla de forma aniñada, cuando visita niños en un hospital se mantiene lejos y ni siquiera les habla (solo le toma la mano a un quemado que es adulto) y no hay personaje que lo mire con intención sexual o romántica o viceversa.
Lo que hay es un músico que no tuvo infancia, que fue explotado por su padre (un tipo violento), posee un talento innato para el baile y la música pop y abunda en ideas acertadas sobre su carrera. Elige con visión a su abogado entre muchos; abogado que resulta ser un personaje que tiene una presencia muy importante en la película y que, a la vez, es su productor. También presiona a su discográfica para aparecer en MTV y resulta que tiene razón al hacerlo. Elige a sus bailarines y les enseña. Y hasta crea y casi codirige el emblemático video de Thriller.
No hay trauma, casi ni siquiera tristeza de su parte ni de su madre, por la relación con su padre, quien sería una suerte de antagonista en este drama. Un antagonista mucho más liviano que el padre de Luis Miguel en su respectiva serie de Netflix.
Hay algunas insinuaciones que podrían ser interesantes, pero no tienen mucho desarrollo, por ejemplo, su primer acercamiento a los calmantes, cuya sobredosis fue lo que lo mató. O también su alto nivel de exigencia a la hora de ensayar, factor que se aprecia mucho más en el documental This is it, sobre la preparación de la gira que se canceló por su muerte.
La versión original del guion iba a comenzar con el juicio, pero eso fue descartado en parte debido a que había una cláusula del arreglo que hizo con su demandante que impedía mencionarlo. Además, eso volvería a poner sobre el tapete un tema del que quienes administran un patrimonio que genera unos 800 millones de dólares al año querrían enterrar.
Así, lo más potente que tiene la película está en la música, cuyos derechos fueron, su vez uno de los elementos que hicieron que este fuera el biopic musical más costoso de la historia reciente. De todos modos, tal como el guion y la puesta en escena cuidan al detalle lo que se muestra y lo que no, la producción de más de 160 millones de dólares está muy pensada. No en vano, se planificó para tener una apertura que podía cosechar casi esa misma cantidad en su primer fin de semana en cines de todo el mundo.
La dirección es de Antoine Fuqua, realizador respetado todavía por Día de entrenamiento, aunque luego hizo muchas películas tan eficaces como olvidables. Llama un poco la atención que el guionista sea John Logan, un autor que escribió dos películas para Martin Scorsesse (El aviador y Hugo), El último samurai y dos de las mejores que tuvo James Bond, Skyfall y Spectre. Sin embargo, mucho no se le puede atribuir a ellos, que ponen su oficio al servicio de quienes controlan el patrimonio y la imagen de Michael Jackson y que, por lo tanto, son los verdaderos responsables de esta película.
Las biopics están de moda, es cierto. Y, al mismo tiempo, demuestran cómo el cine tiene un poder enorme para impactar en el inconsciente colectivo y redefinir o pulir imágenes públicas de talla mundial. Es probable que no haya otra forma de arte o entretenimiento que logre lo mismo, sin importar la penetración del streaming y la sobreabundancia de redes sociales.
Ahí están las películas sobre Bruce Springsteen, Bob Dylan, Elvis Presley y Freddie Mercury para demostrarlo.
Michael oficia como una puesta a punto de su imagen como genio del pop y como una gran sucesión de videoclips y shows con algo de drama en el medio. Si se puede disfrutar de esa parte (no cualquiera logra separar a la persona de su arte o expresión), la película funciona muy bien y permite moverse un poco en la butaca al ritmo de Billie Jean, Blame it on the boogie y muchas otras. Cuando menos, se sabe de antemano qué cosas no mostrará.