Alumnos en entornos digitales: la lección que deja el fracaso argentino en las pruebas PISA 2025
Los resultados de PISA 2025 muestran las dificultades de los estudiantes argentinos para alcanzar los aprendizajes básicos en Matemática, Lectura y Ciencias. Pero detrás de los números aparece un desafío más profundo: cómo enseñar y evaluar a una generación que aprende en entornos digitales, convive con la inteligencia artificial y necesita desarrollar nuevas capacidades sin perder las fundamentales.

Eugenia Cossini

¿Cómo se explica que, después de tantos años de escolarización, una proporción importante de los estudiantes argentinos no alcance los niveles básicos de aprendizaje? La pregunta que dejan los resultados de PISA 2025 no tiene una respuesta sencilla, pero obliga a revisar una de las premisas sobre las que se construyó buena parte del sistema educativo: la idea de que más tiempo en la escuela necesariamente se traduce en más conocimientos y mejores capacidades.

Un estudiante puede pasar cinco horas por día en un aula durante doce años, asistir a miles de clases, leer textos, resolver ejercicios y completar actividades sin que ese recorrido garantice, por sí mismo, que haya construido una comprensión sólida. El tiempo de escolarización es una condición necesaria para aprender, pero no es equivalente al aprendizaje.

Durante mucho tiempo se confundió enseñar con explicar y aprender con haber estado expuesto a un contenido. Sin embargo, aprender supone un proceso bastante más complejo: recuperar información, relacionarla con conocimientos previos, aplicarla en situaciones diferentes, explicarla, equivocarse, recibir retroalimentación y volver a intentarlo. Que un docente haya enseñado un determinado contenido no significa necesariamente que el estudiante lo haya incorporado.

Los resultados de PISA adquieren relevancia precisamente porque no se limitan a medir cuánto contenido puede recordar un alumno. La evaluación busca determinar qué puede hacer con aquello que sabe: comprender información, utilizar conocimientos, resolver problemas y aplicar razonamientos en situaciones que no necesariamente reproducen las condiciones en las que esos contenidos fueron enseñados.

En ese sentido, los resultados argentinos deberían ser leídos como algo más que una fotografía del desempeño de los estudiantes de 15 años. También ofrecen una señal sobre la capacidad del sistema para transformar años de escolarización en capacidades concretas.

Estar escolarizado no es necesariamente estar aprendiendo

La diferencia parece semántica, pero tiene profundas consecuencias. Escolarizar significa garantizar que un chico esté dentro de la escuela; aprender significa conseguir que pueda hacer algo que antes no podía hacer, comprender algo que antes no comprendía o resolver problemas con un nivel de complejidad que antes no estaba a su alcance.

Esta distinción adquiere todavía mayor importancia en un escenario en el que resulta cada vez más sencillo producir evidencia de que una actividad fue realizada. Un alumno puede completar un trabajo, responder una serie de preguntas o entregar un texto sin que eso permita determinar cuánto de ese proceso se transformó efectivamente en conocimiento.

La inteligencia artificial lleva esta diferencia a un nuevo nivel. Hoy un estudiante puede producir un texto sofisticado, resolver una tarea o recibir una explicación detallada en cuestión de segundos. El resultado puede ser correcto y estar muy bien presentado, pero eso no necesariamente significa que el alumno haya aprendido.

El problema aparece cuando desaparece la herramienta y el estudiante tiene que recuperar lo aprendido, explicarlo con sus propias palabras o utilizarlo para resolver una situación diferente. La facilidad para producir una respuesta puede generar una ilusión de aprendizaje que no siempre se corresponde con una verdadera comprensión.

Por eso, una de las preguntas más importantes que debería dejar PISA no es simplemente si los alumnos vieron determinados contenidos o si lograron completar determinadas actividades. La cuestión central es qué pueden hacer ahora, sin tener la respuesta delante, que antes no podían hacer.

Una escuela frente a estudiantes y tecnologías que cambiaron

Los resultados también plantean una segunda discusión que no debería ser ignorada: si el mundo cambió, también cambiaron los estudiantes y las condiciones en las que se produce el aprendizaje.

Las nuevas generaciones tienen otros hábitos de atención, están expuestas desde edades muy tempranas a un flujo permanente de estímulos y acceden a la información de una manera radicalmente diferente a la de generaciones anteriores. La irrupción de la inteligencia artificial agrega ahora una transformación todavía más profunda, porque modifica la relación entre las personas, el conocimiento y las respuestas.

Esto no significa que el cambio de época pueda convertirse en una excusa para explicar los malos resultados. Que un adolescente tenga nuevos hábitos de consumo de información no hace menos importante que pueda comprender lo que lee, resolver un problema matemático o interpretar correctamente una información.

El desafío consiste, precisamente, en evitar dos posiciones extremas. Una es pretender que la escuela puede mantenerse exactamente igual frente a un mundo que cambió. La otra es asumir que, como cambiaron los estudiantes y aparecieron nuevas tecnologías, las capacidades tradicionales dejaron de ser importantes.

Ocurre exactamente lo contrario. Cuanto mayor es la cantidad de información disponible, más importante se vuelve la capacidad para comprenderla, analizarla y determinar qué información merece ser considerada confiable.

La inteligencia artificial cambia el valor del conocimiento

La expansión de la inteligencia artificial obliga a revisar todavía más profundamente esta cuestión. Si una herramienta puede resumir un documento, redactar un informe, resolver una ecuación o responder una pregunta en segundos, el valor diferencial de las personas no desaparece, pero cambia de lugar.

Ya no alcanza con acceder a información. Es necesario saber qué preguntar, cómo formular un problema, cómo evaluar una respuesta y cómo detectar un error. También resulta indispensable comprender el contexto y decidir cuándo una respuesta aparentemente correcta no resulta adecuada para la situación concreta.

La IA puede aumentar enormemente la cantidad de información que procesamos sin aumentar nuestra capacidad para interpretarla. Puede ofrecer respuestas más rápidamente sin mejorar necesariamente las preguntas y puede acelerar una decisión sin garantizar que esa decisión sea correcta.

Esta paradoja resulta especialmente relevante para la educación. En un mundo en el que obtener una respuesta es cada vez más sencillo, la capacidad para comprender, cuestionar y utilizar esa respuesta se vuelve más valiosa, no menos.

Por eso, el debate educativo ya no debería plantearse como una competencia entre capacidades humanas y capacidades tecnológicas. El verdadero desafío está en desarrollar personas capaces de utilizar las nuevas herramientas sin delegar en ellas aquello que requiere criterio, razonamiento y comprensión.

La desigualdad también forma parte del problema

Los resultados de PISA también obligan a mirar las diferencias de origen. La escuela puede ser uno de los instrumentos más poderosos para reducir las desigualdades de una sociedad, pero resulta difícil exigirle que compense por sí sola todas las desigualdades que se producen fuera de ella.

Un estudiante no llega al aula solamente con determinados conocimientos. Llega también con una historia familiar, condiciones materiales, hábitos, oportunidades culturales y un entorno social que pueden facilitar o dificultar su aprendizaje.

La escuela que debe ocuparse de problemas alimentarios, situaciones familiares críticas, violencia o trayectorias escolares extremadamente frágiles no dispone de las mismas condiciones que una institución en la que esas necesidades básicas están resueltas. El aprendizaje puede seguir siendo el objetivo, pero las condiciones para alcanzarlo son diferentes.

Esto no significa resignar expectativas. Todos los estudiantes tienen derecho a acceder a aprendizajes exigentes y significativos. Pero reconocer que las condiciones de partida son diferentes implica aceptar que garantizar igualdad de oportunidades no necesariamente significa ofrecer exactamente lo mismo a todos.

La buena enseñanza puede modificar una trayectoria individual y una escuela puede hacer una diferencia decisiva. El desafío de las políticas educativas consiste en lograr que esa capacidad de transformación no dependa exclusivamente de casos excepcionales, sino que pueda convertirse en una característica del sistema.

Pruebas PISA como fotografía del país que viene

Hay una última dimensión que debería ocupar un lugar central en la lectura de estos resultados. Los estudiantes evaluados por PISA tienen alrededor de 15 años y dentro de poco tiempo serán parte activa del mercado laboral, de las universidades, de las empresas y de las instituciones del país. También serán quienes tomen decisiones, creen empresas, produzcan conocimiento, consuman información y participen de la vida democrática.

Por eso, los resultados de PISA no hablan solamente de adolescentes que resolvieron una prueba internacional. También permiten observar, con todas las limitaciones que tiene cualquier evaluación estandarizada, algunas de las capacidades con las que contará la sociedad argentina en los próximos años.

La cuestión adquiere una dimensión todavía mayor frente a la transformación tecnológica. El mercado laboral que recibirán esos jóvenes será diferente del que conocieron sus padres. La inteligencia artificial y la automatización modificarán tareas, profesiones y modelos de organización, mientras que algunas capacidades cognitivas y sociales adquirirán un valor creciente.

En ese escenario, comprender un texto, razonar, resolver problemas, evaluar información, formular buenas preguntas y aprender de manera autónoma no son habilidades del pasado. Son, probablemente, algunas de las herramientas más importantes para desenvolverse en el futuro.

La pregunta que dejan los resultados

Por eso, sería insuficiente interpretar PISA 2025 únicamente como un nuevo capítulo de la discusión sobre si la educación argentina está bien o mal. Los números son importantes y muestran un problema concreto de aprendizaje, pero el verdadero desafío consiste en determinar qué hacemos con esa información.

La pregunta no debería ser solamente cuántos estudiantes están dentro de la escuela ni cuántos años permanecen en ella. Tampoco alcanza con saber cuántos contenidos fueron dictados o cuántas actividades fueron completadas.

La discusión más profunda es qué aprendizajes necesitamos garantizar, cómo estamos consiguiendo producirlos y si nuestras formas de enseñar y evaluar permiten saber realmente qué capacidades desarrollaron los estudiantes.

PISA deja, en ese sentido, una advertencia que excede ampliamente al sistema educativo. La Argentina no está definiendo solamente cómo será su escuela durante los próximos años. Está definiendo también qué capacidades tendrán sus ciudadanos para desenvolverse en una economía y una sociedad atravesadas por la tecnología.

La tecnología puede ampliar lo que una persona es capaz de hacer, pero no elimina la necesidad de comprender, pensar, evaluar y decidir. En un mundo en el que las máquinas pueden producir respuestas cada vez mejores, el verdadero diferencial estará cada vez más en la capacidad humana para determinar qué preguntas vale la pena hacer y qué vale la pena hacer con las respuestas.

* Eugenia Cossini es especialista en educación