De científicas a empresarias: la camada del CONICET que levantó más de US$ 40 millones para fundar startups biotech
Del cáncer a la fertilidad, de los microorganismos de la Puna a los erizos del mar patagónico. Ocho investigadoras formadas en el CONICET convirtieron su ciencia en compañías, traccionaron más de US$ 40 millones de capital y hoy exportan al mundo. Una por una, las historias de una generación que no quiso que el descubrimiento quede guardado en un paper.

Antonella Ambrosini Forbes Staff

Durante años, la carrera de un científico argentino tuvo un solo horizonte posible: investigar, publicar, formar un grupo, conseguir subsidios. Una generación de investigadoras le agregó otro. Dejaron, total o parcialmente, la academia para transformar su ciencia en empresas, y se encontraron con un terreno que no conocían, el del capital de riesgo, con sus propios códigos y urgencias. 

Casi todas dieron el salto entre 2020 y 2021, empujadas por la pausa de la pandemia y por la aparición de fondos que apostaban a la ciencia. Ocho de ellas le contaron a Forbes cómo fue ese cruce.

Según el informe Panorama del Capital Emprendedor Argentino 2026, de ARCAP y EY, la biotecnología fue por segundo año consecutivo el sector con más operaciones del país: concentró el 43,1% de las transacciones de 2025, por encima de fintech, healthtech y agtech. Ya en 2026, el sector acumuló operaciones por US$ 32,7 millones en 31 rondas

De las startups que recibieron inversión en 2025, apenas el 12,5% tiene una CEO mujer, y todas esas mujeres dirigen empresas de biotecnología. Sin una sola excepción.

La contracara es el tamaño de las apuestas. El 87,7% de las rondas argentinas de 2025 fueron de menos de US$ 5 millones, según ARCAP. La biotecnología acumula muchas operaciones y tickets chicos, una combinación que tiene una explicación y que define cómo se financia la ciencia en la Argentina.

La visión de los inversores

Matías Peire fundó GRIDX, un fondo que no espera a que los proyectos aparezcan: los arma. Sale a buscar investigadores al sistema científico, forma con ellos la compañía y pone el capital inicial. Hoy administra unos US$ 41 millones, tiene más de 90 startups en su portfolio y cerca de 190 científicos entre sus fundadores. Es el inversor más activo del segmento en América Latina, y el 75% de sus empresas tiene alguna fundadora mujer

Según Peire, el cuello de botella no es la ciencia sino el pasaje al negocio. Por eso GRIDX casi siempre suma un perfil comercial al equipo fundador. “La curva de aprendizaje de un científico para ser el fronting de esa compañía era demasiado larga como para adaptarse a los tiempos del capital”, explica. Y marca hasta dónde llega el desafío: en la región no hay capital suficiente para lo que estas empresas necesitan. “Tienen que ir al mundo a buscar ese capital”, dice. Ahí aparece una barrera que no es técnica sino de confianza: “¿Por qué voy a invertir en esta ciencia latinoamericana cuando puedo invertir en algo que salió de Harvard, MIT o Stanford?”.

Semion, una de las startups que participan de esta nota. | Foto: Gentileza

Valentina Terranova lo mira desde la vereda del capital. Es managing partner de Draper Cygnus, un fondo que invierte en ciencia en etapas tempranas, con un primer cheque de entre US$ 500.000 y US$ 1 millón y más de 30 compañías activas en cartera. En su último fondo, el 40% está liderado por mujeres. Entra cuando todavía no hay ventas, y por eso mide otras señales. “No compararía sus tickets con los de fintech porque las compañías recorren curvas diferentes. En biotech, los primeros hitos pueden ser una validación científica, una patente, un ensayo exitoso o una alianza”, dice.

Ponerle precio a una empresa que aún no factura es el ejercicio más difícil, y Terranova lo desarma: “Una patente sola no determina el valor. Lo que evaluamos es qué protege, cuán difícil es replicar esa tecnología y qué problema puede resolver mejor que las alternativas existentes”.

Microgénesis: leer la fertilidad donde los estudios comunes no ven nada

Gabriela Gutiérrez, fundadora y CEO de Microgénesis. | Foto: Diego Martínez

Microgénesis nació de una pregunta que Gabriela Gutiérrez se hacía como investigadora: qué factores del cuerpo de una mujer interfieren con su fertilidad cuando los estudios convencionales no encuentran una explicación. La empresa desarrolló una metodología que cruza antecedentes, síntomas y biomarcadores metabólicos, inflamatorios y de la microbiota para detectar esos perfiles y orientar el tratamiento. 

Hoy, tras años de investigación y validación, entró en una etapa de atención directa a pacientes, con herramientas digitales y una red internacional de profesionales.

La decisión de dejar el laboratorio fue una acumulación de evidencia y de frustración. “Ahí entendí que, si quería que la investigación tuviera impacto real, no alcanzaba con publicar”, cuenta. La compañía levantó más de US$ 4 millones de inversores privados de la Argentina, Estados Unidos y Asia, en particular de China y Singapur.

Su primer pitch le dejó la lección que resume el salto de todas. “La primera vez fui a explicar ciencia. Rápidamente comprendí que estaba hablando en un idioma diferente”, recuerda. La conclusión la firmaría cualquiera de las ocho: “Una buena tecnología no compensa por sí sola un modelo de negocio débil. La ciencia es indispensable, pero no alcanza”.

Oncoliq: detectar el cáncer temprano con una muestra de sangre

Marina Simian, cofundadora y CEO de Oncoliq. | Foto: Julieta Colazo

Oncoliq busca detectar cáncer de manera temprana midiendo micro ARN en sangre, unas moléculas que cambian su patrón cuando un órgano empieza a enfermar. La apuesta es llegar a los tipos de cáncer que hoy no tienen tamizaje, de forma descentralizada y de bajo costo, para que una mujer del interior tenga el mismo acceso que una de una gran ciudadEl test cuesta hoy alrededor de US$ 70, el laboratorio propio en pleno centro porteño ya está automatizado con robots y el primer producto, Oncoliq Mama, recién sale al mercado a fin de año.

Marina Simian pasó más de veinte años como investigadora del CONICET antes de animarse, junto a su cofundadora Adriana De Siervi, en 2021. “Esto es muy absorbente. Es más que la ciencia esto”, dice. La empresa levantó un poco más de US$ 4,2 millones y prepara su Serie A. México asoma como segundo mercado.

Se sabe una emprendedora tardía y lo dice con gracia: “Somos casi como viejas para ser emprendedoras, porque tenemos más de 50”. Pero reivindica esa trayectoria como una ventaja: “No hay que subestimar lo que puede dar un doctorado y un posdoctorado”. De la ciencia se lleva una enseñanza que el negocio le exige todo el tiempo: “No hay que tener miedo a pivotear”. 

OncoPrecision: microavatares del tumor para diseñar la terapia justa

Candelaria Llorens, Candelaria Llorens, cofundadora y Head of Operations de OncoPrecision. | Foto: Gentileza

OncoPrecision fabrica microavatares de tumores reales, modelos vivos del cáncer de cada paciente, y con inteligencia artificial estudia por qué ciertas células no responden a los tratamientos. Con esa información diseña anticuerpos capaces de sortear esas resistencias. Salió del laboratorio de letalidad sintética de la Universidad Nacional de Córdoba, de un grupo de ex investigadores del CONICET, pasó por los programas de GRIDX e IndieBio y hoy tiene su terapia más avanzada, ONC001, cerca de los estudios clínicos.

Reunió unos US$ 11 millones de capital, de fondos como GRIDX, SOSV y AIR Capital, más New York Ventures del Estado de Nueva York. La empresa divide su operación entre Córdoba y esa ciudad. “No hubo un día épico en el que dijéramos: vamos a fundar una empresa”, cuenta Candelaria Llorens sobre una decisión que maduró durante años, con una pregunta que no la soltaba: cómo hacer para que la ciencia llegara a los pacientes.

Su definición del oficio es de las más filosas de la nota. “Un buen hallazgo científico, por sí solo, no alcanza: si no se puede ejecutar, se queda en un paper”. Y una aclaración que ordena el ánimo de toda la generación: “No pienso que emprender signifique dejar de hacer ciencia. Emprendimos porque queríamos que la ciencia pudiera llegar más lejos”.

Erisea: los erizos de mar patagónicos convertidos en suplementos

Tamara Rubilar, fundadora y CEO de Erisea. | Foto: Gentileza

Detrás de la marca ProMarine hay más de veinte años de investigación sobre las huevas de los erizos de mar. Tamara Rubilar convirtió ese conocimiento en suplementos para un envejecimiento saludable, con licencia exclusiva del CONICET. Su empresa, Erisea, fue la primera de base tecnológica de la Patagonia en obtener ese tipo de licencia, y ya concretó su primera exportación a Estados Unidos.

Emprender desde Puerto Madryn tiene un costo concreto: Rubilar pasa cerca de quince días por mes fuera de su casa. Pero, dice, demuestra que “la innovación no tiene por qué concentrarse solo en el centro del país”. La empresa recibió cerca de US$ 5 millones desde su creación, de inversores del sector pesquero, y su equipo es mayoritariamente de mujeres, algo que atribuye a las oportunidades y no a las cuotas.

El obstáculo más burocrático, coinciden varias, es la propiedad intelectual. En el CONICET evalúan por papers publicados, y decidir no publicar para poder patentar “genera un vértigo terrible para los investigadores”, dice. Rubilar sigue siendo investigadora del organismo, con becarios y proyectos activos.

Puna Bio: microbios de los salares para que crezca lo que no crecía

María Eugenia Farías, cofundadora y CRO, y Elisa Bertini, cofundadora y CSO. | Foto: Gentileza

Puna Bio usa extremófilos, microorganismos que sobreviven en los salares de la Puna a más de 4.000 metros, donde la radiación y una salinidad ocho veces mayor a la del mar llevan la vida al límite. Traducidos a la agricultura, esos “atletas de elite” mejoran los rendimientos entre un 10% y un 15% y permiten producir en suelos degradados. Detrás hay más de 25 años de ciencia del CONICET y de Tucumán, y un paso por IndieBio, la aceleradora de startups científicas de Silicon Valley.

El salto tuvo un momento exacto. “El clic mental ocurrió un día que cruzábamos las salinas de Santiago del Estero”, recuerdan Elisa Bertini y María Eugenia Farías. Al ver tierra degradada y familias sin poder producir, conectaron las puntas: “¿Y si llevamos la fuerza de los extremófilos de la Puna a estas tierras para devolverles la productividad?”. La compañía ya lanzó tres productos, opera en Brasil, Estados Unidos y Paraguay y levantó más de US$ 10 millones, con una ronda en 2025 liderada por la multinacional Corteva y participación de la Fundación Gates.

La ambición es explícita y da la medida del potencial que ven las fundadoras. “Argentina tiene el potencial de generar al menos 100 Puna Bios”, dicen desde la empresa. Para eso, piden reglas más claras para que la ciencia pública pueda licenciarse sin trabas.

Bioeutectics: reemplazar los solventes contaminantes de media industria

María Fernanda Silva, cofundadora y CSO de Bioeutectics, junto con su equipo. | Foto: Gentileza

Bioeutectics desarrolla solventes naturales que reemplazan a los petroquímicos usados para extraer, disolver o estabilizar ingredientes en cosmética, alimentos, agro y materiales. Combina componentes de origen natural, a veces hasta trece, para crear líquidos con propiedades muy precisas, más limpios que los tradicionales. La oportunidad es enorme porque, como dice la empresa, los solventes están en casi todas las industrias.

María Fernanda Silva llegó a investigadora superior del CONICET y dirigió un instituto en Mendoza antes de dar el salto. Lo hizo, según cuenta, a una edad cercana a la jubilación. El interés de una multinacional como Procter & Gamble por su química verde fue la señal. Seleccionada primero por GRIDX y luego por IndieBio, la compañía acumula más de US$ 4,8 millones entre capital privado y programas de aceleración, mantiene su laboratorio en Mendoza, sumó una sede en Tulsa y está en medio de una Serie A.

La escala del proyecto ya invierte el mapa habitual del talento: en sus laboratorios recibe pasantes de universidades como New York University y Cornell. Su experiencia condensa el aprendizaje más repetido entre estas fundadoras. “Una tecnología brillante no se vende sola. Hay que explicar con claridad qué problema resuelve y cómo puede llevarse a escala”, dice. Para ella, emprender no significó dejar de ser científica, sino “aprender a llevar la ciencia mucho más lejos”.

Semion: que la propia planta se defienda de las plagas

Victoria Coll Aráoz, cofundadora y CSO de Semion. | Foto: Gentileza

Semion desarrolla soluciones que activan las defensas naturales de las plantas. En lugar de atacar a la plaga, hace que el propio cultivo resista mejor sin perder rendimiento. Su tecnología, probada primero en maíz, se volvió urgente con la crisis de la chicharrita de la campaña 2023-2024. En sus primeros ensayos aumentó un 30% el rendimiento en lotes afectados, y ya lleva 23 ensayos a campo, desde Paraguay hasta Córdoba. Pasó por GRIDX y por IndieBio, en Nueva York.

Victoria Coll Aráoz venía de trece años de trabajo con ese insecto cuando dejó el CONICET, en 2023. El desencadenante fue burocrático: para constituir su empresa dentro del esquema del organismo, le pidieron ceder el usufructo del 50% de sus acciones a cambio del uso de la marca. “Ahí dije: gracias, pero me bajo”, recuerda. La compañía levantó alrededor de US$ 1 millón de capital privado, más fondos no reembolsables, y hoy dirige a su equipo argentino desde Houston.

Su caso ilumina un costo que las startups científicas argentinas cargan de arranque. “Como acá casi no existen fondos públicos para financiar startups científicas, terminamos levantando mucho capital dilutivo desde etapas muy tempranas”, explica. “Los fundadores llegamos mucho más diluidos que startups similares de otros países”.

Seis consejos para la próxima científica que dude en dar el salto

  • No te cases con la solución

Lucía Curti, genetista que cofundó CASPR Biotech, la startup comprada por Amazon en 2020, y hoy asesora a empresas del sector, lo pone así: “Es como si estuvieras desarrollando un martillo y de repente ves que todo tiene pinta de clavo”. Antes de enamorarse de la tecnología, dice, hay que entender qué problema real resuelve y quién pagaría por él.

  • Cuidado con la palabra “potencial”

Para Curti, ahí se esconde el malentendido más común entre ciencia y negocio: “Un científico habla en potencial porque no tiene aún la evidencia reproducible. Un perfil de negocios lo usa como una promesa. Mismo término, expectativas completamente distintas”.

  • No esperes a sentirte lista

Es la deformación profesional del investigador, entrenado para reducir la incertidumbre antes de actuar. “Que no espere sentirse completamente preparada”, dice Gabriela Gutiérrez. “Emprender exige aprender a avanzar mientras todavía existen preguntas abiertas”.

  • Elegí bien con quién te asociás

En biotech, coinciden varias, el equipo pesa tanto como la ciencia. Rodearse de perfiles distintos, de gente que maneje lo que una no domina, es lo que permite pensar diferente y no quedar sola frente a cada decisión.

  • No todo descubrimiento tiene que ser una empresa

Tamara Rubilar suma una advertencia honesta: hay conocimiento que puede transferirse de otras formas y generar valor sin fundar una compañía. La clave es que no se quede guardado.

  • La resiliencia científica es una ventaja

Los años de laboratorio entrenan para algo que el mundo emprendedor exige todo el tiempo: convivir con que un experimento, o un negocio, no dé lo esperado. "No hay que subestimar lo que puede dar un doctorado", dice Simian. Toda una carrera formulando hipótesis, fallando y volviendo a empezar termina siendo, sin que nadie lo planeara, el mejor entrenamiento para emprender.