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Editorial

Ciencia ATR: el vértigo de la evidencia en los tiempos de pandemia

Matías Loewy Forbes Staff

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10 Abril de 2020 10.52

De las estrategias de contención a los beneficios del barbijo y la duración de la cuarentena, el acelerado conocimiento de una enfermedad y de un patógeno que se ignoraban hace 100 días obliga a replantear, todo el tiempo, “dogmas”, proyecciones y medidas. Y con una velocidad sin precedentes.

La evidencia de la ciencia permite tomar las mejores decisiones informadas y proporciona las bases para construir nuevo conocimiento y derivar aplicaciones. Pero, como se sabe, cualquier afirmación o teoría científica puede ser desafiada, revisada y destronada por la aparición de otros datos, dando lugar a una nueva evidencia. Eso desalienta a quienes preferirían un mundo de certezas congeladas o dogmas inapelables, pero no a los propios científicos. El astrofísico Mario Livio cuenta que, en una de sus últimas notas manuscritas, Einstein se consoló con la frase de un dramaturgo alemán del siglo XVIII (Gotthold Ephraim Lessing): “Aspirar a la verdad es más valioso que la seguridad de poseerla”.

El propio curso de la investigación científica no es una marcha recta triunfante hacia la verdad, sino que “se parece más a las tramas tortuosas, laberínticas y jalonadas de continuos fracasos que urde la novelista P.D. James que a los argumentos nítidos y relativamente lineales del Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle”, sintetiza Miguel de Asúa, un historiador de la ciencia del CONICET, en el libro “La investigación en ciencias experimentales”. “Caminar sobre algo que no es estable, eso es la ciencia. Y es una de sus características más hermosas”, dice a FORBES Federico Prada, doctor en ciencias biológicas y director de las carreras de Biotecnología y Bioinformática en la UADE. 

 

Una pandemia como la de COVID-19, originada por un virus cuya existencia se ignoraba 100 días atrás y con una capacidad de diseminación tan explosiva que logró paralizar al mundo y concentrar la atención global, aceleró y amplificó el horizonte dinámico y cambiante del conocimiento de la ciencia. Y sus estrategias para limitar, aunque no eliminar, la incertidumbre, en un contexto que presiona por respuestas oportunas y efectivas. Todo a la vista de todos, y con una velocidad sin precedentes. “La ciencia es de cambiar y demoler conceptos previos”, reflexiona Prada, quien hizo investigación durante más de 10 años en laboratorios de la Fundación Instituto Leloir y en el Hospital Garrahan. “Pero estamos viendo esos cambios exacerbados por el contexto”. 

 

Ante la irrupción del nuevo coronavirus, una de las reacciones más visibles y encomiables de la comunidad científica y médica (primero de China y luego del resto del mundo) fue abocarse al tema y publicar con celeridad en revistas especializadas o journals, como se conocen. El Observatorio Iberoamericano de Ciencia, Tecnología y Sociedad documentó en un informe del 20 de marzo (https://oei.org.ar/wp-content/uploads/2020/03/coyuntura08.pdf) que los trabajos sobre el tema recogidos en PubMed, la mayor base de datos mundial de información científica confiable sobre salud, cruzaron la barrera de los mil en apenas dos meses. Y con ejes que abarcaban desde la identificación del nuevo patógeno y su tratamiento hasta su diseminación y los desafíos para los sistemas de salud. Un par de semanas después, la cifra ya supera los 3.000. A eso se le suman más de mil manuscritos en los llamados servidores de preimpresión, sin revisión por pares expertos antes de su publicación. 

 

“Es algo alucinante”, confía Prada. “Un trabajo llega a Science o Nature [las revistas científicas más respetadas] y a los cinco días está aceptado y cinco días después, publicado. En los tiempos habituales, recién al mes, con suerte, llega la contestación, a veces con sugerencias del revisor que obligan a nuevos experimentos y posponer la nueva entrega seis meses o un año”. 

 

Por supuesto, eso ha tenido múltiples efectos positivos. En tiempo récord, sin ir más lejos, se han planificado o puesto en marcha al menos 388 estudios clínicos para probar nuevos tratamientos, según los registros de Clinicaltrials.gov, y hay no menos de 267 terapias en desarrollo; o se ha logrado transformar resultados de investigación básica, como puede ser el aislamiento de una proteína, en un método diagnóstico listo para su validación exprés en el curso de pocas semanas. “A medida que se descubre, se transfiere”, resume Prada. También se han armado redes de colaboración en los cinco continentes y casi no hay campo que quede afuera de poder aportar o explorar alguna dimensión. Ciencia ATR, dirían los centennials 

 

Pero, como bien saben los peritos en accidentología, la velocidad también tiene sus riesgos. Los periodistas científicos Adam Marcus e Ivan Oransky, cofundadores del sitio “Retraction Watch”, advirtieron en Wired que la premura por publicar afecta la confiabilidad de los trabajos producidos y aumenta la probabilidad de que más tarde resulten tener errores. “El COVID-19 es un tren expreso, mientras que la ciencia rigurosa es un tren local”, escribieron. Y recomendaron que, “hasta que ese tren local llegue a destino”, cada investigación llevará la siguiente advertencia: “Hay alguna evidencia de esto ahora. Podría estar al menos parcialmente equivocada”.

 

Eso no implica despreciar la evidencia: se necesita más que nunca. Pero cuando las autoridades basan en la ciencia sus medidas sobre la contención o mitigación de la pandemia, ya sea sobre restricciones al ingreso de pasajeros del exterior, el distanciamiento social, el uso o no de los barbijos y el momento para empezar a flexibilizar las cuarentenas, también deben ser conscientes de que su mayor fortaleza es no atrincherarse alrededor de sus postulados: sus hallazgos pueden ser revisados, y más aún cuando se publica tanto y tan rápido; los modelos son aproximaciones; y las pandemias son escenarios que extreman las incertidumbres. La ciencia es la mejor guía que tenemos, aunque eventualmente haya que recalcular un camino. 

 

Esta pandemia “muestra el carácter ambivalente de la ciencia”, dice a FORBES De Asúa, quien también es docente de metodología de la investigación. “Por un lado, se la percibe como la autoridad intelectual que nos salva. Por otro, se visibilizan sus dinámicas internas y queda expuesto el conocimiento como algo provisional”. Una lección de epistemología que millones de personas en un mundo paralizado hubieran preferido no tener que tomar.