Federico Vacalebre Profesor de la Universidad del CEMA
La inteligencia artificial continúa dominando la lectura del mercado en los Estados Unidos, y lo hace con una intensidad que supera largamente a otros temas que en teoría deberían concentrar la atención, como el precio del petróleo o los conflictos geopolíticos. Sin embargo, algo cambió en la manera en que los inversores procesan ese fenómeno.
Durante los últimos dos años, la pregunta central era cuánta demanda de inteligencia artificial habría, y la respuesta parecía ser siempre la misma, cada vez más. Ahora el foco se desplazó hacia una cuestión más incómoda, que es qué puede salir mal dentro de ese ciclo tecnológico.
Ese giro no es menor. Cuando un mercado deja de preguntarse cuánto crecerá un sector y empieza a preguntarse cuáles son sus vulnerabilidades, es señal de que la fase de euforia sin matices quedó atrás y comienza una etapa más selectiva, en la que ganadores y perdedores pueden separarse con rapidez. El riesgo de la IA, en esa nueva lectura, tiene tres dimensiones bien diferenciadas que conviene analizar por separado.
La primera es la incertidumbre tecnológica. El caso de las memorias resulta especialmente ilustrativo. Cualquier innovación que permita aprovechar mejor la capacidad de cómputo ya existente, o que reduzca la intensidad de memoria necesaria para entrenar y ejecutar los modelos, puede alterar de manera abrupta las expectativas de demanda y golpear a las compañías más expuestas al auge de los chips. Dicho de otro modo, un avance en eficiencia que en cualquier otro contexto sería una buena noticia puede transformarse en una amenaza para las empresas cuyo valor de mercado descansa en el supuesto de una demanda de semiconductores en expansión permanente. Mejoras en la eficiencia, en la arquitectura de los modelos o en el uso de las memorias tienen el potencial de redefinir quiénes son los ganadores y quiénes los perdedores dentro del universo de los semiconductores.
La segunda dimensión es el riesgo regulatorio dentro de los Estados Unidos. Una agenda más dura en materia de privacidad, competencia, seguridad nacional o uso de datos podría agregar una presión considerable sobre el sector. Este riesgo tiene, además, un componente político explícito. Un eventual triunfo demócrata en el escenario electoral estadounidense aumentaría la propensión a regular a las grandes tecnológicas, lo que introduce una variable de incertidumbre que el mercado empieza a incorporar en sus valuaciones. Las compañías que hoy lideran el auge de la inteligencia artificial son, al mismo tiempo, las que más tendrían para perder ante un endurecimiento del marco regulatorio.
La tercera dimensión, y quizás la más estratégica de todas, es Taiwán. Las fábricas de chips avanzados se convirtieron en un activo cuya importancia geopolítica es hoy comparable a la de la energía. En un mundo donde la inteligencia artificial depende de manera crítica de los semiconductores de frontera, la concentración de la producción de esos chips en Taiwán transforma cualquier tensión con China en un riesgo de primer orden, que se proyecta simultáneamente sobre la tecnología, los mercados financieros y la geopolítica global. Es un punto de fragilidad único, en el sentido de que un solo territorio concentra una capacidad productiva de la que depende toda la cadena de valor de la IA.
Esa concentración explica también por qué buena parte de Asia emergente continúa creciendo apoyada en la tecnología, con Taiwán a la cabeza. La economía taiwanesa viene mostrando un dinamismo notable, sostenido precisamente por su rol central en la fabricación de semiconductores, lo que la convierte a la vez en una de las grandes beneficiarias del auge de la IA y en su principal punto de vulnerabilidad. Esa dualidad, la de ser al mismo tiempo el motor y el talón de Aquiles del ciclo tecnológico, es lo que vuelve a Taiwán un factor tan sensible para los mercados.
El cambio de percepción sobre la inteligencia artificial tiene implicancias que van más allá del sector tecnológico.
Cuando un mercado tan grande como el estadounidense concentra buena parte de su dinamismo en un puñado de compañías ligadas a la IA, cualquier revisión brusca de las expectativas sobre ese grupo puede tener efectos amplificados sobre el conjunto de los índices y, por esa vía, sobre el clima financiero global.
Un tropiezo en las valuaciones tecnológicas no se quedaría confinado a Silicon Valley, sino que se propagaría a través de los flujos de capital hacia el resto del mundo, incluidas las economías emergentes.
La conclusión que se desprende es que la inteligencia artificial dejó de ser una apuesta unidireccional para convertirse en un terreno más matizado, donde la innovación puede tanto crear como destruir valor, donde la política puede cambiar las reglas del juego y donde la geografía de la producción introduce un riesgo que ninguna empresa puede controlar por sí sola.
El auge de la IA sigue firme, pero el mercado ya no lo mira con la ingenuidad de sus primeros tiempos. Y esa madurez en la mirada, aunque introduzca más volatilidad, es probablemente una señal de que el ciclo tecnológico está entrando en una etapa más realista.
*Federico Vacalebre es profesor de la Universidad del CEMA.