Cómo lograr que el mundo compre más talento argentino

Leandro Mora Alfonsín Director Ejecutivo de Argencon

La discusión pública argentina suele mostrar una tendencia a interpretar todo, incluso las relaciones internacionales, como si se tratara de un partido de fútbol. En clave de grieta, nos desgastamos debatiendo si el país debe alinearse con Estados Unidos o China, fortalecer el Mercosur o fragmentarlo, o avanzar en acuerdos con la Unión Europea u otros bloques, como si hubiera que elegir una camiseta. Sin embargo, quienes trabajamos en la economía real sabemos que el desarrollo no entiende de banderas ni de alineamientos excluyentes. Se forja a partir de apertura inteligente, previsibilidad y una estrategia sostenida en el tiempo que permita aumentar la producción de bienes y servicios, generar empleo y desarrollar capacidades.

En la economía del conocimiento, la demanda global es infinita y alcanza los USD 4 billones. A diferencia de otras industrias, no está limitada por la capacidad productiva ni por la geografía. Una solución tecnológica desarrollada en Tandil puede escalar simultáneamente en distintos destinos, mientras que un equipo radicado en Tucumán puede integrarse a operaciones en otras partes del mundo sin necesidad de relocalizarse. En este contexto, la oportunidad de crecimiento no está restringida por la demanda, sino por nuestra capacidad para capturar una porción cada vez mayor de ese mercado.

Hoy la Argentina exporta más de USD 10.000 millones en servicios basados en el conocimiento, un sector que ya se consolidó como el tercer complejo exportador del país. Sin embargo, ese desempeño convive con una brecha significativa entre el potencial existente y la escala alcanzada hasta el momento.

Y ahí la discusión cambia de eje.  El desafío no pasa por definir con quién nos sentamos a la mesa, sino bajo qué condiciones competimos. Cuando una empresa evalúa dónde instalar un centro de servicios globales o cuando un fondo de capital de riesgo analiza financiar una startup biotecnológica en Santa Fe, lo que está en juego es nuestra competitividad. En esa evaluación no solo cuentan variables tradicionales como la calidad del talento o los costos relativos. También pesan la reputación del país, la confianza que genera y la calidad de las conexiones que es capaz de construir y sostener.

La credibilidad tiene múltiples dimensiones. Implica la certeza de que los marcos regulatorios tendrán continuidad, que la propiedad intelectual estará protegida y que las reglas de juego no cambiarán a mitad de camino. Si bien la primera y fundamental condición para la consolidación de cualquier inversión es la rentabilidad, la permanencia de las operaciones en el tiempo —aquellas que generan empleo, fortalecen ecosistemas productivos y desarrollan capacidades profesionales y tecnológicas— requiere algo más: un entorno confiable. 

En una industria cuyos principales activos son intangibles, la confianza se convierte en un factor determinante. Sin ella, incluso frente a un escenario de demanda prácticamente ilimitada, las posibilidades tienden a desplazarse hacia entornos más previsibles. Por eso, afianzar reputación no es un complemento del desarrollo, es una condición necesaria.