Federico Vacalebre Profesor de la Universidad del CEMA
Asistimos a una mutación profunda del orden económico internacional, cuya magnitud recién comienza a dimensionarse. Durante casi tres décadas, la globalización se organizó en torno a un sistema multilateral basado en reglas, la interdependencia entre las naciones y la búsqueda de eficiencia a través de cadenas de valor distribuidas por todo el planeta. Ese paradigma quedó atrás.
En su lugar emergió un esquema dominado por la seguridad estratégica, el poder económico y las esferas de influencia, en el que la resiliencia, la proximidad geográfica y la confiabilidad de los socios comerciales desplazaron a la lógica del abastecimiento justo a tiempo. La ventaja comparativa, que la teoría clásica concebía como un dato heredado de la dotación de factores, volvió a entenderse como un atributo que puede construirse deliberadamente mediante políticas industriales, subsidios, aranceles y protección de sectores considerados críticos.
Ese viraje marca el tránsito de una globalización cimentada en la eficiencia hacia otra gobernada por la geoeconomía, entendida como la utilización de instrumentos económicos con fines de poder. El comercio, la tecnología, la energía, las finanzas y las cadenas de suministro dejaron de ser meros vehículos de intercambio para convertirse en herramientas de una competencia estratégica entre Estados. Los aranceles, los controles a la exportación de semiconductores, las sanciones financieras, la disputa por el acceso a los minerales críticos y la relocalización de la producción son las manifestaciones concretas de esa pugna.
La administración de Donald Trump aceleró el proceso al debilitar las instituciones multilaterales y erigir a Estados Unidos en el principal impulsor de una lógica abiertamente neomercantilista, orientada a contener el ascenso industrial y tecnológico de China. Europa y otras economías respondieron, a su vez, reforzando la protección de sus industrias y su autonomía estratégica.
Para comprender el momento actual conviene remontarse al primer “China Shock”, que se inició con la incorporación del país asiático a la Organización Mundial del Comercio en 2001. La conjunción de una mano de obra abundante y barata, un tipo de cambio deliberadamente competitivo y una política industrial agresiva transformó a China en la principal potencia manufacturera del planeta.
El fenómeno tuvo una doble cara. Por un lado, sus exportaciones abarataron los bienes de consumo en beneficio de los compradores de todo el mundo. Por el otro, provocaron el cierre de fábricas, una pérdida persistente de empleo industrial y el deterioro de numerosas regiones manufactureras en Estados Unidos y Europa, un malestar que alimentó el rechazo a la globalización y que contribuyó, no por casualidad, al triunfo electoral de Trump en 2016.
Aquí se verifica una paradoja histórica que merece subrayarse. La respuesta proteccionista con que Trump enfrentó aquel primer shock terminó incubando el segundo. Al toparse con crecientes barreras para colocar sus productos en el mercado estadounidense, y con una demanda interna debilitada, China redirigió su descomunal capacidad industrial hacia el resto del mundo. Tras el estallido de su crisis inmobiliaria, además, redobló la apuesta por la manufactura avanzada y por los sectores tecnológicos de mayor valor estratégico. El resultado es un excedente industrial sin parangón en la historia económica moderna.
Las cifras que ilustran ese excedente resultan difíciles de exagerar. El superávit manufacturero chino equivale hoy a alrededor del 2% del producto mundial, el doble del máximo que alcanzó Japón antes del Acuerdo Plaza de 1985 y del que registró el conjunto de Asia antes de la crisis financiera global. China ya concentra cerca del 30% del valor agregado manufacturero del planeta, y las proyecciones de las Naciones Unidas estiman que esa participación podría aproximarse al 45% hacia 2030. En términos de flujos, las exportaciones totales del país superan los cuatro billones de dólares, con un superávit externo del orden de los 643.000 millones y una cuenta corriente que asciende al 3,3% de su producto.
El historiador económico Adam Tooze acuñó para este fenómeno una expresión particularmente elocuente, la de una “violencia mercantilista entre economías mercantilistas”, en alusión a que el excedente industrial chino avanza cada vez más sobre otras economías que también son superavitarias, y muy especialmente sobre Europa. Alemania emerge como la principal perjudicada, por una razón estructural, y es que su matriz exportadora es la que mayor superposición presenta con la china. Su producción industrial se contrajo alrededor del 15% en los últimos siete años.
El caso de la industria automotriz condensa la magnitud del vuelco con una nitidez casi didáctica. China pasó de importar y exportar en torno a un millón de vehículos en 2021 a importar apenas cuatrocientos mil y exportar cerca de diez millones en la actualidad, una transformación de escala colosal ocurrida en apenas un lustro.
Frente a este desequilibrio, economistas como Brad Setser y Martin Wolf sostienen que la corrección ordenada exigiría una apreciación del yuan cercana al 30%, que devolvería competitividad relativa al resto del mundo. Sin embargo, ese escenario luce altamente improbable, por cuanto contradice el núcleo mismo de la estrategia china.
En consecuencia, la respuesta más plausible de Estados Unidos y Europa será reforzar y coordinar sus barreras comerciales para inducir por otras vías ese ajuste que el mercado cambiario no producirá espontáneamente. De no mediar esa reacción, el extraordinario superávit manufacturero chino continuará desplazando producción, inversión y empleo industrial en las economías rivales, profundizando aún más el giro neomercantilista de la economía mundial.
La consecuencia de fondo excede largamente el terreno comercial. Lo que está en juego es la arquitectura misma sobre la que se organizó la economía global durante una generación. El sistema de reglas multilaterales, que ofrecía a las naciones de menor porte un marco previsible dentro del cual insertarse, cede terreno frente a una lógica de bloques, represalias y negociaciones bilaterales donde prima el poder relativo.
Para los países emergentes, y la Argentina no es una excepción, ese cambio de reglas redefine por completo el tablero. La pregunta ya no es únicamente cómo competir en un mercado abierto, sino cómo posicionarse en un mundo donde el comercio volvió a ser, ante todo, un instrumento de poder. Comprender esa transformación estructural es la condición previa para diseñar cualquier estrategia de inserción internacional que aspire a ser realista.
*Federico Pablo Vacalebre es profesor de la Universidad del CEMA.