Federico Spitznagel Managing Director Feedback Spread
Las empresas llevan años invirtiendo en tecnología para ganar eficiencia. Automatizan procesos, incorporan inteligencia artificial, analizan datos y buscan acelerar la toma de decisiones. Sin embargo, existe una paradoja: mientras las organizaciones se vuelven más rápidas y sofisticadas para operar en condiciones normales, muchas no logran responder con la misma velocidad y precisión cuando esas condiciones se alteran.
Ese es uno de los grandes desafíos de la gestión empresaria actual. Una crisis no solo interrumpe una operación. También modifica el contexto en el que una compañía está acostumbrada a decidir.
La información deja de ser completa. Los tiempos se acortan. Aparecen actores inesperados. Las redes sociales amplifican cada movimiento y convierten una respuesta, una omisión o un mensaje ambiguo en un hecho con potencial de escalar en minutos. Las áreas deben coordinarse con urgencia, mientras la dirección tiene que tomar decisiones aun sin contar con todos los datos disponibles.
En ese contexto, la pregunta ya no debería ser únicamente si una compañía tiene un protocolo de crisis o si sus responsables conocen los procedimientos. La cuestión de fondo es otra: ¿están realmente entrenados los equipos para reaccionar cuando lo planificado no alcanza?
El límite de los protocolos
Durante años, la preparación ante crisis se concentró en definir responsabilidades, diseñar circuitos de aprobación, establecer mensajes y elaborar manuales de actuación. Todo eso sigue siendo necesario. Pero tiene una limitación evidente: parte de escenarios que pueden anticiparse.
El problema surge cuando la realidad se desvía del guión. Cuando una decisión genera una reacción inesperada, aparece información nueva mientras se prepara una respuesta o el mensaje concebido para contener una situación termina amplificándola. También ocurre cuando dos áreas deben decidir al mismo tiempo sobre cuestiones que afectan tanto al negocio como a la reputación de la organización.
Son situaciones que no se resuelven simplemente leyendo un protocolo. Se entrenan.
La capacidad de decidir bajo presión puede desarrollarse, observarse y medirse. Y esa premisa está transformando la manera en que las empresas deberían pensar sus simulacros.
Un simulacro no debería ser una representación estática de algo que podría suceder. Debería ser una instancia que permita poner a prueba el funcionamiento real de una organización cuando la incertidumbre crece, los datos se multiplican y el tiempo para evaluar alternativas desaparece.
La clave no es comprobar si todos recuerdan su rol en una hoja de ruta. Es observar qué ocurre cuando esa hoja de ruta resulta insuficiente.
La inteligencia artificial como entorno de entrenamiento
La expansión de las herramientas de inteligencia artificial abre una nueva posibilidad para este tipo de preparación. Con una guía experta, permite construir entornos de entrenamiento más dinámicos, en los que un escenario no necesariamente tiene un único recorrido.
Las variables pueden modificarse según las decisiones de los participantes. Pueden aparecer nuevas versiones en redes sociales, filtraciones de información, reclamos de clientes, llamados de periodistas, cambios regulatorios o problemas operativos que obliguen a redefinir una respuesta en tiempo real. El equipo debe reaccionar frente a situaciones que evolucionan a medida que transcurren los minutos y se acumulan los acontecimientos propios de una crisis.
La tecnología no está diseñada para reemplazar a los equipos de crisis ni para tomar decisiones en nombre de una empresa. Su aporte puede ser otro: poner a prueba a las personas frente a escenarios que antes resultaban muy difíciles de recrear.
Un entrenamiento de este tipo permite detectar qué información prioriza una organización cuando tiene demasiados datos; quién asume el liderazgo cuando faltan certezas; dónde se demoran las aprobaciones; cómo se articulan las áreas legales, operativas, comerciales y de comunicación; y qué tan rápido puede construirse una respuesta cuando el contexto cambia.
Ese aprendizaje tiene un valor que excede ampliamente al ejercicio.
Lo que revela una simulación
Una simulación bien diseñada puede mostrar algo que ningún protocolo revela por sí solo: cómo se comporta una organización bajo presión.
A partir de esa evidencia, es posible tomar decisiones concretas. Revisar roles, simplificar circuitos, actualizar protocolos, preparar mejor a los voceros, definir umbrales de escalamiento y corregir puntos de coordinación que, en condiciones normales, suelen permanecer invisibles.
La gestión de crisis no consiste en imaginar cada incidente posible. Ninguna empresa puede prever con precisión todos los escenarios que podrían afectarla. El objetivo es desarrollar una capacidad institucional para pensar, coordinar y decidir cuando el escenario previsto deja de existir.
La inteligencia artificial está modificando la circulación de la información, acelerando la creación de contenidos y ampliando la superficie de riesgo de las organizaciones. Pero su impacto no debería reducirse a la pregunta sobre qué puede hacer una máquina.
También obliga a preguntarse qué tan preparados están quienes deben decidir frente a lo que una máquina, o la realidad, puede desencadenar.
Una crisis mal gestionada puede derivar en pérdida de confianza, daño reputacional, impactos sobre clientes, empleados, inversores y otros grupos de interés y, en algunos casos, consecuencias directas sobre la continuidad del negocio. Por eso, entrenar no debería considerarse un gasto destinado a cubrir un evento improbable. Debería ser entendido como una inversión en capacidad de respuesta.
La verdadera preparación no consiste en tener respuestas para todo. Consiste en haber entrenado lo suficiente como para poder encontrarlas cuando todavía no existen.