“Todo no se puede”: la reingeniería que necesita el sistema de salud argentino para ser sostenible
En el Forbes Health in Action Summit, Marcelo Marchetti, vicepresidente del Hospital Italiano, y Mariana Sciarretta, directora comercial y de Relaciones Institucionales del Hospital Británico, explicaron por qué el sistema necesita reglas, planificación y consensos para pasar de la emergencia permanente a un modelo viable a largo plazo.

“Todo no se puede”. La frase de Mariana Sciarretta, directora Comercial y de Relaciones Institucionales del Hospital Británico y miembro de la Dirección General, sintetizó uno de los debates más urgentes del sistema de salud argentino: cómo garantizar acceso, calidad e innovación en un contexto de recursos finitos, costos crecientes y una estructura fragmentada que arrastra ineficiencias históricas.

El planteo apareció durante el panel “La reingeniería del sistema de salud: sostenibilidad en la era del IPC”, realizado en el Forbes Health in Action Summit, donde participaron Marcelo Marchetti, vicepresidente del Hospital Italiano, y Mariana Sciarretta, directora comercial y de Relaciones Institucionales del Hospital Británico y miembro de la Dirección General.

La conversación, moderada por Florencia Radici, editora de Forbes Argentina, partió de una tensión central: la innovación médica mejora la calidad y la expectativa de vida, pero también encarece el sistema. Medicamentos de alto costo, nuevas tecnologías, equipamiento, insumos importados, infraestructura compleja y una demanda creciente de prestaciones obligan a prestadores, financiadores y reguladores a revisar cómo se asignan los recursos.

Marchetti lo planteó desde el inicio con una advertencia. “La innovación implica, una buena parte de las veces, mejorar la calidad de vida o la cantidad de vida, y eso es lo que buscamos”, afirmó. Pero enseguida marcó el límite: “Esto no significa que todo lo nuevo es mejor ni que todo lo nuevo es posible en todos los países por igual”.

Para el vicepresidente del Hospital Italiano, el debate no puede darse sin mirar la restricción presupuestaria. Según explicó, Argentina destina muchos menos recursos por habitante que países con los que muchas veces se la compara en términos de cobertura o aspiraciones sanitarias.

“Argentina tiene cuatro veces y media menos recursos que España y 15 veces menos recursos que Estados Unidos para destinar a salud”, sostuvo. La consecuencia, agregó, es evidente: “Tenemos que ser muy inteligentes en el uso de los recursos”.

Marcelo Marchetti, vicepresidente del Hospital Italiano (Foto: Julieta Colazo)

Esa inteligencia en la asignación aparece como una necesidad estructural. No se trata solo de gastar menos, sino de gastar mejor. Para Marchetti, el país tiene margen para mejorar eficiencia, ordenar prestaciones y definir prioridades. Pero también advirtió que ninguna reforma será sencilla si no existe un acuerdo social sobre los límites del sistema.

Sciarretta coincidió en ese punto. Para la representante del Hospital Británico, la innovación es una de las principales razones por las que la expectativa de vida aumentó de manera sostenida. “La expectativa de vida era de 35 años hace 160 años y hoy estamos en 77 años de vida”, señaló. “Eso es por la innovación”.

Sin embargo, esa mejora histórica convive con una restricción básica: los recursos no son infinitos. “Lo que utilizás acá se saca de acá. El dinero es finito, con lo cual son importantes las reglas”, afirmó. Y completó: “Probablemente tengamos que trabajar a nivel cultural en Argentina hasta dónde se puede y hasta dónde no”.

La discusión atraviesa una industria que representa cerca del 10% del PBI argentino. Pero Marchetti cuestionó que ese porcentaje, tomado de manera aislada, alcance para dimensionar el problema. “El 10% de poco es poco, y el 10% de mucho es mucho”, sostuvo.

Según su análisis, lo relevante no es solo cuánto representa la salud dentro de la economía, sino cuántos dólares por habitante se destinan realmente al sistema. “¿Cuánta plata hablamos? ¿1.000 a 1.100 dólares por habitante por año? España, 4.500. Estados Unidos, 17.000”, comparó.

El problema, explicó, es que muchos insumos, medicamentos, equipos, tecnología e infraestructura tienen precios internacionalizados. Aunque los salarios médicos puedan ser más bajos en Argentina que en países desarrollados, gran parte del gasto sanitario depende de componentes cuyo valor se define globalmente.

Mariana Sciarretta, directora Comercial y de Relaciones Institucionales del Hospital Británico y miembro de la Dirección General (Foto: Julieta Colazo)

“De lo que se gasta en salud, gran parte no son los médicos ni el recurso humano. El 80% son insumos, infraestructura, equipamiento, logística y medicamentos nuevos”, detalló.

En ese contexto, la pregunta central es cómo sostener calidad con menos recursos. Para Marchetti, Argentina debe aspirar a administrar mejor los fondos disponibles. “Tenemos que ser al menos mejores en cómo administrar y utilizar esos mismos recursos”, afirmó.

Sciarretta llevó esa discusión al funcionamiento cotidiano de las instituciones. Según explicó, las limitaciones de financiamiento impactan hacia adentro de los hospitales y clínicas, incluso en cuestiones que los pacientes perciben directamente, como la disponibilidad de turnos o el acceso a determinada tecnología.

“Cuando comparamos nuestras instituciones con instituciones del resto de América Latina, ni siquiera yendo a Europa, tenemos un atraso tecnológico”, señaló. Y agregó: “Cuando la gente se queja de que no tiene turno o de que tardan en darle un turno, eso se paga hacia adentro”.

El panel también abordó una de las palabras más repetidas cuando se analiza el sistema argentino: fragmentación. Para Marchetti, el término muchas veces suaviza una realidad mucho más desordenada. “Fragmentación significa despelote”, dijo.

La explicación es clara. Del lado del financiamiento conviven el Estado nacional, provincias, municipios, obras sociales, prepagas, prestadores privados y pagos de bolsillo. Del lado de la prestación ocurre algo similar: hospitales nacionales, provinciales, municipales, instituciones privadas, centros universitarios, clínicas y sanatorios. Cada actor defiende intereses legítimos, pero el resultado es un sistema poco articulado y con altos niveles de ineficiencia.

“Todo eso hace que haya un nivel de ineficiencia que no es que no nos podemos permitir: es basura que deberíamos sacar”, afirmó Marchetti.

El problema, reconoció, es que una reforma profunda requiere consensos difíciles. “Las grandes reformas requieren grandes consensos para hacer grandes cambios, con dolores que habrá que bancar alguna vez”, planteó.

Uno de los puntos más sensibles fue el Programa Médico Obligatorio (PMO). Para ambos panelistas, la discusión sobre la canasta de prestaciones es ineludible. Marchetti fue especialmente crítico con la tendencia a incorporar cada vez más prestaciones sin definir con claridad cómo se financian.

“La demagogia nos mata”, dijo. “Queremos poner en una regulación que incluya todo lo que se hace por 13.000 dólares en Estados Unidos y no se hace por 4.000 en Europa. Nuestra regulación es más abarcativa que la de países como Inglaterra, España o Italia”.

El problema, según sostuvo, es que Argentina intenta cubrir más prestaciones con muchos menos recursos. “Queremos hacer más con cuatro veces menos. Hay que transmitirle a la sociedad: tenemos 1.000, no podemos hacer lo mismo que por 4.000”, afirmó.

Sciarretta también apuntó al PMO y a la necesidad de establecer límites. “El PMO es claramente una canasta que ni siquiera se toma como esa canasta. En realidad, esa canasta se toma como el piso”, señaló. Y advirtió: “Es imposible que no haya techo en financiamiento”.

La evaluación de tecnologías sanitarias apareció entonces como una herramienta clave. Para Marchetti, el país necesita definir de manera previa, técnica y transparente qué intervenciones se financian, bajo qué condiciones y con qué impacto esperado.

(Foto: Julieta Colazo)

“Si querés, decís: este medicamento significa tantos años potenciales de vida ganados con determinada calidad. Y eso te aporta un número”, explicó. El problema, reconoció, es que ese tipo de discusiones son duras porque obligan a traducir decisiones médicas en criterios de asignación de recursos.

Pero, para el médico, es mejor hacerlo antes de que aparezca el caso individual. “Lo tenés que hacer antes, no con el caso adelante”, sostuvo.

La tensión entre derecho a la salud y sostenibilidad financiera fue otro de los ejes centrales. Sciarretta defendió el carácter universal del derecho, pero insistió en que debe discutirse cómo se garantiza. “La salud es un derecho. Lo es. El tema es hasta dónde podés brindar ese derecho”, afirmó.

Y planteó uno de los dilemas más difíciles: cuando se asigna una gran cantidad de recursos a un caso extremadamente excepcional, ese dinero deja de estar disponible para programas de prevención o tratamientos cotidianos para muchas otras personas. “Cuando utilizás el dinero para una sola persona de un caso raro, estás sacándole a 100 personas que tenés que hacer prevención y tratar todos los días”, explicó.

En ese punto, ambos coincidieron en la necesidad de pasar de una lógica reactiva a una lógica planificada. La prevención, la atención primaria, el médico de cabecera y los circuitos adecuados de derivación aparecen como herramientas esenciales para ordenar el sistema.

Sciarretta señaló que también hace falta educación sanitaria. “El acceso a la salud debiera ser a través de especialistas que después te deriven, y no que si me duele el pecho voy directo al cardiólogo o al cirujano cardiovascular”, ejemplificó.

Otro tema crítico fue la desigualdad territorial. Marchetti y Sciarretta coincidieron en que el lugar donde vive una persona condiciona profundamente el tipo de atención que recibe.

“Hoy, como está el sistema de salud, el código postal determina cómo va a ser tu vida desde el punto de vista de salud”, afirmó Sciarretta.

Marchetti agregó que la diferencia entre la Ciudad de Buenos Aires, el conurbano y otras regiones del país es enorme en términos de equipamiento, infraestructura y acceso. Para él, esa desigualdad muestra que el debate no puede limitarse a cuánto se gasta, sino también a cómo se organiza la capacidad instalada.

Como ejemplo, mencionó el uso parcial de hospitales e infraestructura pública. “¿Ustedes tienen idea de lo que significa tener un hospital, quirófanos, equipos, infraestructura, y usarlos solo de mañana?”, preguntó. Para graficarlo, comparó esa situación con montar una fábrica y hacerla funcionar solo unas pocas horas al día.

La calidad, sin embargo, no aparece como una variable negociable para instituciones como el Hospital Italiano y el Hospital Británico. Sciarretta recordó que ambas son asociaciones civiles sin fines de lucro, dedicadas a la alta complejidad, la docencia y la investigación.

“Para nosotros el norte es la calidad. No podemos dejar la calidad de lado porque es nuestra esencia, nuestro ADN”, afirmó. También destacó que la innovación forma parte de esa identidad: “Queremos ser centros de referencia para todos los pacientes que se atienden en Argentina”.