Más allá de la pantalla: el ecosistema de derechos y supervisión musical que convierte a la ficción en motor financiero
Una película o una serie puede reactivar canciones existentes, crear nuevos éxitos y ampliar el valor de un catálogo. El fenómeno conecta a plataformas, artistas, compositores, sellos y publishers. ¿Cómo se convierte la música audiovisual en un valor que se proyecta más allá de la pantalla?

Una ficción puede dar una nueva dimensión a la vida pública de una canción: al incorporarla a una escena, la pone en contacto con imágenes, personajes y relatos que amplían las asociaciones que arrastra desde su primera circulación y pueden llevarla hacia nuevos oyentes, nuevas lecturas y nuevas formas de escucha. La música también construye aquello que sucede en pantalla: una canción puede cargar una escena de memoria, cambiar la percepción de un personaje y darle a una secuencia un sentido que no estaba contenido en las imágenes por sí solas. Cuando música e imagen se integran, ninguna permanece exactamente en el lugar que ocupaba antes de ese encuentro.

¿Qué música pide una escena? ¿Qué canción puede construir el sentido de una secuencia? ¿Cuándo conviene buscar una pieza existente y cuándo crear una desde cero? Diego Monk, supervisor musical de la serie Moria y de la película Barreda, trabaja en ese territorio y explica cómo se toman esas decisiones. "Entiendo al supervisor musical como un articulador entre la narrativa audiovisual y el universo musical, incluida la industria que lo rodea", describe Monk. "El punto de partida es artístico: comprender qué necesita contar una obra y cómo puede contribuir la música a esa historia. A partir de ahí, trabajamos con directores y productores, y también con compositores, artistas, sellos, editoriales y titulares de derechos para hacer posible esa idea. Cuando participamos desde una etapa temprana, hay tiempo para construir música y narrativa en conjunto. Esas decisiones también pueden abrir nuevas audiencias para una canción, volver a poner en valor un catálogo o dar vida a música original con su propio recorrido".

Los efectos de esa integración pueden aparecer después en los números. CAPIF registró un aumento del 300% en los streams de la playlist oficial de El Eternauta después del estreno de la serie, una selección integrada en buena medida por rock argentino de los años 80. En Mentiras, la serie de Prime Video México, las escuchas de Daniela Romo crecieron un 170% en diez días y "Pobre secretaria" aumentó un 285%; las nuevas versiones grabadas por el elenco sumaron 2,4 millones de streams. En estos casos, canciones que ya tenían una historia encontraron otra al quedar asociadas a una ficción.

Éxitos y ensayos

El fenómeno puede alcanzar dimensiones extraordinarias. "Running Up That Hill", incluida por Kate Bush en su álbum Hounds of Love en 1985, aumentó alrededor de un 8.700% sus reproducciones en streaming después de aparecer en Stranger Things. Treinta y siete años después de su lanzamiento, la canción llegó por primera vez al número uno en Reino Unido. La escena incorporó la canción a un nuevo relato y esa asociación pasó a formar parte de su recorrido.

 "Running Up That Hill", incluida por Kate Bush en su álbum Hounds of Love en 1985, aumentó alrededor de un 8.700% sus reproducciones en streaming después de aparecer en Stranger Things. Crédito: Gentileza Netflix.

La operación también puede empezar desde cero. KPop Demon Hunters, la película animada de Netflix, construyó canciones y artistas dentro de su propio universo y llevó ese repertorio fuera de la pantalla. Cuatro canciones ingresaron simultáneamente al Top 10 del Billboard Hot 100 y "Golden", su principal éxito, alcanzó el número uno; otras tres llegaron al Top 5, un resultado que una banda sonora no conseguía desde Saturday Night Fever, la película de 1978 dirigida por John Badham que consolidó a John Travolta como una estrella cinematográfica en el papel de Tony Manero.

En ese caso, la música no fue un repertorio preexistente que la ficción volvió a poner en circulación. Nació dentro de la obra y encontró allí su primera forma, pero después continuó su recorrido fuera de ella. Una canción puede componerse para resolver una escena y terminar funcionando como una obra con circulación propia; el audiovisual puede ser el lugar donde una música encuentra su origen y, al mismo tiempo, el comienzo de otra vida para esa música.

Ese valor acumulado también aparece en los grandes catálogos. Warner Bros. Discovery (WBD) y Cutting Edge Group, inversor y gestor de derechos musicales para medios audiovisuales, crearon una sociedad conjunta para administrar y monetizar el catálogo de música para cine y televisión del estudio. El acuerdo reúne casi un siglo de derechos de autor y más de 400.000 composiciones y cues musicales, con un portfolio que incluye música de Harry Potter y El Señor de los Anillos, películas de DC Comics y series como Friends y Game of Thrones.

Cuatro canciones de K-Pop Demon Hunters ingresaron simultáneamente al Top 10 del Billboard Hot 100 y "Golden", su principal éxito, alcanzó el número uno. Crédito: Gentileza Netflix.

Las compañías buscarán ampliar la distribución y los ingresos asociados a esos derechos, mientras Warner Bros. Discovery conservará el control creativo y operativo. Cutting Edge aportará capital y participará en la gestión del negocio, y DWS Group, la firma alemana de gestión de activos, se sumará como inversor y sponsor de la operación. El catálogo reúne así músicas vinculadas durante décadas a imágenes, personajes y relatos que todavía pueden generar nuevas formas de explotación.

Las compañías definieron el acuerdo como una de las mayores operaciones de derechos musicales realizadas hasta ahora por su valor. Cutting Edge Group, fundada en 2006, cuenta con un portfolio de más de 2.000 títulos de bandas sonoras y en 2025 completó una refinanciación de deuda por US$ 500 millones. Para entender qué se está negociando detrás de esos catálogos hay que detenerse en una distinción central: una canción contiene más de un derecho.

Por un lado está la obra: la letra y la composición, cuyos derechos pertenecen a los autores y compositores y suelen ser administrados por una editorial o publisher. Por otro, está el fonograma o máster, una grabación determinada de esa obra, que suele pertenecer al artista, al productor fonográfico o al sello.

La diferencia se vuelve decisiva cuando una canción entra en una producción audiovisual. Si una serie utiliza una grabación existente, necesita autorización sobre la obra para sincronizarla con las imágenes y, además, una licencia sobre el máster que contiene esa grabación. Son dos derechos distintos y pueden pertenecer a titulares diferentes.

Cuando la producción genera una versión nueva, la autorización sobre la obra sigue siendo necesaria, pero el nuevo fonograma puede convertirse en un activo propio según las condiciones del contrato. La misma composición puede tener así recorridos diferentes: puede aparecer en su grabación original, ser reinterpretada por otros artistas o dar origen a una nueva versión creada específicamente para la ficción.

En Estados Unidos, los ingresos del music publishing alcanzaron los US$ 7.300 millones en 2025, según la National Music Publishers’ Association (NMPA). Crédito: Pixabay.

Ahí la supervisión musical adquiere una dimensión que excede la selección de canciones. La decisión narrativa tiene que encontrar una forma posible dentro de una red de derechos, contratos, presupuestos y titulares diferentes. El supervisor debe articular esa idea con compositores, artistas, sellos, editoriales y propietarios de másters, sin perder de vista aquello que originó la búsqueda: qué ocurre en la escena cuando la música y la imagen se encuentran.

De música grabada

La diferencia entre obra y máster permite dimensionar también el peso económico de ese trabajo. En Estados Unidos, los ingresos del music publishing alcanzaron los US$ 7.300 millones en 2025, según la National Music Publishers’ Association (NMPA), con un crecimiento del 3,7% frente al año anterior. La música grabada llegó a US$ 11.500 millones en ingresos mayoristas, según la Recording Industry Association of America (RIAA).

Dentro del music publishing, las regalías por ejecución representaron el 52% de los ingresos estadounidenses en 2025. La sincronización aportó el 24%: allí aparecen los pagos derivados de utilizar una composición en una película, una serie, una publicidad, un videojuego u otra producción audiovisual. Las regalías mecánicas representaron el 19% y el 5% restante correspondió a otras fuentes. Ese 24% corresponde al dinero generado por los derechos sobre la obra musical. Cuando una producción utiliza además una grabación existente, la operación puede generar un segundo ingreso por la licencia del máster, que pertenece al negocio fonográfico. Una misma decisión narrativa puede poner en movimiento, entonces, dos circuitos de derechos diferentes.

Crédito: Pixabay.

La complejidad no termina en la sincronización. La National Music Publishers’ Association cuestiona el sistema de "bundles" aplicado por Spotify y Amazon, un modelo que agrupa distintos servicios dentro de una misma suscripción. En Spotify, la discusión surgió con la incorporación de audiolibros a determinados planes Premium. La Mechanical Licensing Collective demandó a la plataforma en mayo de 2024 por el pago de regalías mecánicas en un reclamo vinculado con esa clasificación.

La disputa muestra hasta qué punto la circulación de una obra depende de reglas que pueden ser tan determinantes como la decisión artística que la llevó hasta allí. Para que una canción pueda formar parte de una escena no alcanza con encontrar el tema adecuado: hay que identificar sus derechos, negociar sus usos y hacer coincidir la intención narrativa con las condiciones que permiten concretarla.

En ese punto aparece con mayor claridad el valor de la supervisión musical. La tarea comienza mucho antes de que una canción suene en pantalla: consiste en interpretar qué necesita contar una obra, encontrar la música capaz de construirlo y hacer que esa elección pueda atravesar el entramado de compositores, artistas, sellos, editoriales, titulares y licencias. Cuando música e imagen finalmente se integran, el resultado puede modificar la escena y también el recorrido posterior de la música que la construyó.