El Niño llega con fuerza: por qué este fenómeno puede sacudir la economía argentina como pocos eventos
La comunidad científica advierte que podría tratarse de uno de los episodios más potentes de los que se tenga registro. Podría alcanzar la categoría de "muy fuerte" a partir de octubre y extenderse hasta el otoño de 2027. Temporales severos, crecidas de ríos e inundaciones, entre sus posibles efectos. Pero también podría mejorar las condiciones productivas del sector agropecuario. ¿Por qué ocurre y que dicen los especialistas?

Mauricio Saldivar Meteorólogo

El Pacífico ecuatorial volvió a encenderse y esta vez lo hace con fuerza. La Administración Oceánica y Atmosférica de los Estados Unidos (NOAA), mantiene una advertencia formal de El Niño y calcula un 97% de probabilidad de que las condiciones se sostengan hasta el otoño de 2027, con un 81% de chances de que alcance categoría "muy fuerte" entre octubre y diciembre. 

El índice Niño 3.4 (el termómetro que vigilan los especialistas) ya trepó a +1,2 °C y los modelos proyectan que supere los +2 °C en el pico. Ese umbral tiene nombre propio: Súper Niño, y para Argentina no es un dato meteorológico más.

El Niño. Créditos: NASA/JPL-Caltech

Conviene empezar por lo básico, porque el nombre engaña. El Niño no es una tormenta ni una temporada de lluvias: es la fase cálida del ENOS, el gran péndulo climático del planeta que alterna entre aguas cálidas y frías cada dos a siete años. Cuando el Pacífico central y oriental se calienta durante meses, la atmósfera reacciona en cadena y redibuja el clima del planeta. El sudeste de Sudamérica está entre las regiones extratropicales más sensibles: en más del 80% de los episodios, El Niño trae acá lluvias por encima de lo normal.

Un fenómeno con memoria

La Argentina tiene un archivo abultado —y doloroso— de lo que este patrón es capaz de hacer. Los tres grandes Niños de las últimas décadas (1982-83, 1997-98 y 2015-16) dejaron la misma firma: crecidas en la cuenca del Plata, anegamientos en la Mesopotamia y el Litoral, con ciudades de las provincias de Corrientes y Entre Ríos peleándole al agua. 

El de 1997-98 provocó inundaciones en Argentina, Uruguay, Paraguay y el sur de Brasil, y a escala global la FAO contabilizó desastres hídricos (sequías e inundaciones en 41 países), además de la destrucción de cerca del 16% de los arrecifes de coral del mundo. No es un fantasma lejano: es un guion que ya conocemos de memoria.

El mismo fenómeno tiene una segunda cara, y explica por qué el campo mira el cielo con alivio y nervios a la vez. Las lluvias recargan napas y perfiles de suelo castigados por años secos, y suelen mejorar los rindes de soja, maíz y trigo justo cuando el país necesita dólares. 

El problema aparece cuando el agua sobra: lotes anegados, caminos rurales intransitables, cosechas demoradas y enfermedades en los cultivos. En el noroeste y la zona cordillerana de Argentina el efecto se invierte, al igual que en otras regiones como el nordeste de Brasil, el sudeste asíático, Centroamérica y Australia: allí la sequía puede ser calamitosa. Un mismo evento reparte suerte despareja según la latitud.

Por qué el bolsillo argentino está tan expuesto

Alcanza con mirar el reverso reciente. La sequía de la triple Niña 2022-23, la peor en más de sesenta años, le costó a la economía cerca de US$ 20.000 millones, unos tres puntos del PBI. Solo en soja, trigo y maíz los productores perdieron más de 14.000 millones. Ese es el tamaño real de la palanca climática en un país donde esos tres cultivos explican el 43% de las exportaciones. Cuando el clima se mueve, la macroeconomía tiembla. Es tan así que los eventos La Niña suelen explicar las mayores crisis económicas de Argentina.

Un buen El Niño podría ser la otra cara de esa moneda: una cosecha gruesa robusta que apuntale exportaciones, reservas y recaudación. Pero es sabido que buena parte de los activos rurales e industriales está subasegurada frente al riesgo climático, y los caminos rurales argentinos tienen la curiosa capacidad de desaparecer cada vez que deben cumplir con su función más importante: permitir transitar bajo lluvia. 

A la vez, la infraestructura crítica queda en la mira: las cuencas del Paraná, el Uruguay y el Paraguay pueden entrar en crecida durante el verano, con el Delta y las localidades costeras expuestas a anegamientos y sudestadas, y muchas veces con problemas en los servicios de agua y saneamiento. 

Temperatura Superficial del Mar (4 AGO), fuente: NOAA

Algo similar sucedió en El Niño de 1982-83, donde quien escribe pudo ver cómo se dinamitaban tramos y aliviadores de la Ruta Nacional 168 para permitir el escurrimiento del agua y evitar un colapso mayor de la traza vial y los puentes… y aún así no se pudo evitar el colapso del Puente Colgante de Santa Fe.

¿Estamos mejor preparados que en 1998?

En algunos aspectos, sí. El Servicio Meteorológico Nacional opera hoy un sistema de alertas anticipadas con un tiempo de preaviso impensado hace veinticinco años, y Nación y provincias ya coordinan respuestas ante inundaciones. Es que la lección aprendida indica que la diferencia entre sufrir pérdidas o capitalizar la oportunidad depende de las decisiones preventivas que se tomen a tiempo. 

Pero la otra cara de la realidad es incómoda: protocolos que se activan sin un financiamiento claro, organismos públicos debilitados —el Servicio Meteorológico Nacional opera con recursos humanos y presupuestarios limitados y dispone de apenas unas 120 estaciones meteorológicas, cuando serían necesarias al menos 1.100 para cubrir mínimamente las necesidades de observación de un país que ocupa el octavo lugar del mundo por superficie— y menos del 1 % de los municipios cuenta con sistemas de alerta temprana multiamenaza, de extremo a extremo y centrados en las personas. Recibir una alerta no es lo mismo que estar realmente protegido.

La deuda pendiente: alerta temprana de punta a punta, en la ciudad y en el campo

Y acá aparece el corazón del asunto. La Ley 27.287 de creación del Sistema Nacional para la Gestión Integral del Riesgo y la Protección Civil (SINAGIR) de 2016, es clara: la gestión del riesgo local es responsabilidad de los municipios, que conocen sus barrios bajos, cuencas y caminos rurales. Lo que falta no son más avisos sueltos, sino Sistemas de Alerta Temprana locales de punta a punta (end-to-end): una cadena integral que detecta la amenaza, procesa los datos, dispara la alerta masiva y activa la respuesta y acciones comunitarias para salvar vidas. 

Ese engranaje se sostiene sobre cuatro pilares que deben funcionar en sincronía: el conocimiento del riesgo, con mapas de vulnerabilidad e historia de amenazas; el monitoreo y la detección, con sensores, radares, satélites y modelos que lean las variables en tiempo real; la difusión y la comunicación, con canales masivos que lleguen sin demoras y enseñen qué hacer; y la preparación y la respuesta, con planes, capacitación y protocolos para actuar apenas suena la alarma.

Recent images from the Sentinel-6 Michael Freilich satellite Créditos: NASA/JPL-Caltech

Ese esquema es válido tanto para la ciudad como para el campo, porque el riesgo no se detiene en el límite del ejido urbano. En los centros urbanos, un buen SAT evita que un temporal se vuelva tragedia en los barrios bajos; en el ámbito rural, permite anticipar el anegamiento de lotes, ordenar la evacuación de la hacienda, resguardar maquinaria y ajustar los calendarios de siembra y cosecha antes de que el agua decida por el productor.

Hay una razón poderosa para no atar esa red al evento El Niño de turno. Las inundaciones urbanas más letales de la historia argentina no ocurrieron durante grandes eventos El Niño, sino en años de La Niña o neutros: en la ciudad de Buenos Aires en 1985, 2010 y 2013; la inundación de La Plata en 2013; la de la ciudad de Santa Fe en 2003; y la reciente catástrofe de Bahía Blanca en 2025, todas ocurrieron sin ese forzante. 

Inundación en Bahía Blanca de 2025 (FOTO: Archivo)

La próxima tragedia hídrica puede no avisar con la etiqueta de un Súper Niño. Por eso un SAT municipal o provincial, permanente y multiamenaza, capaz de responder también a otros eventos hidrometeorológicos, geológicos, tecnológicos o ambientales, no es un lujo técnico: es la diferencia entre un aviso que se pierde y una comunidad que reacciona a tiempo.

Las incertidumbres que los especialistas no esconden

Ningún pronóstico serio firma un mapa cerrado a esta altura: persisten dudas sobre la intensidad máxima y el momento exacto del máximo, y hay un detalle fino: la intensidad global del evento no se traduce automáticamente en una cantidad precisa de lluvia para cada ciudad. El Niño inclina la cancha, pero no dicta el resultado partido por partido. Además, el fenómeno se monta sobre océanos que ya baten récords de temperatura, una combinación capaz de potenciar olas de calor, lluvias torrenciales y tormentas severas más allá de lo que dictaría el ENOS por sí solo.

Por eso la conclusión de fondo excede al episodio que hoy nos ocupa: no debemos esperar a El Niño para prepararnos. La resiliencia se construye en los años tranquilos, no en la víspera del desastre, porque cuando el fenómeno se instala ya es tarde para pensar el sistema y solo queda encomendarse a él. La pregunta ya no es si El Niño llega (de eso no hay dudas), sino si vamos a usar este aviso para construir, de una vez, la red que nos proteja del próximo, tenga el nombre que tenga.

* Mauricio Norman Saldívar es meteorólogo en Meteored y especialista en gestión del riesgo de desastres y resiliencia urbana.