¿Por qué el mundo le teme tanto a Uber y Netflix?

19 de Noviembre de 2016 - Francisco Barreiro

 


Son líderes de sus mercados, pero ahora enfrentan a adversarios comunes que buscan derribarlos. Una de las mejores formas de evaluar a una empresa quizás sea por la cantidad de enemigos que hace.

Bajo ese criterio, Uber y Netflix entraron rápidamente en territorio desconocido: cada uno lidia actualmente con una alianza global en su contra. Esa es la nueva forma de hacer negocios en esta era de competencia tecnológica verdaderamente global.

Uber y Netflix son gorilas de 400 kilos que deben enfrentarse a un ejército de monos dispuestos a derribarlos. Las valuaciones de los gigantes digitales son de US$ 62.000 millones y US$ 45.000 millones respectivamente.

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Tomemos a Uber

El gigante de los viajes privados publica aumentos de ganancias gigantescas año tras año y ha levantado US$ 8.000 millones para competir en todo el mundo. Uber ha superó a su rival Lyft en Estados Unidos (y a muchos de sus oponentes en el extranjero), y los inversionistas subsidiaron su pérdida de dinero tras la promesa de crecimiento.

Eso obligó a las pequeñas startups de movilidad a asociarse con su competencia internacional: Lyft con la china Didi kuaidi, Ola de la India, y GrabTaxi de Singapur.

En diciembre, las cuatro compañías anunciaron una alianza tecnológica que unirá sus respectivas aplicaciones. La alianza combina las cuentas de alrededor de US$ 6.000 millones en financiamiento, lo que las vuelve un digno rival para Uber, aunque ninguna pueda competir por sí sola contra ella.

Netflix

Netflix está recibiendo un trato similar mientras se expande rápidamente a los mercados internacionales. A principios de este mes, la empresa fundada por Reed Hastings llegó a más 130 nuevos mercados (incluyendo Rusia y la India).

El mes pasado, la compañía publicó sus ganancias del cuarto trimestre, mucho mejores de lo esperado, y su base de usuarios llegó a casi 75 millones a finales de 2015.

El éxito de Netflix la ayuda a dedicar más recursos que sus competidores. En 2016, espera gastar más de US$ 6.000 millones en programación de video, alrededor de US$ 1.000 millones en marketing y unos US$ 800 millones en tecnología y desarrollo.

Netflix, como Uber, se convirtió en el jugador más grande en su espacio, y usa esa posición privilegiada para aprovechar su ventaja. El director de FX Network, John Landgraf, se quejó en The New York Times por la pérdida frente a “niveles sorprendentes de dinero y compromiso” ante Netflix en su concurso por las series Master of None y The Crown.

Comparó la competencia con el béisbol: “Quiero decir que, básicamente, competimos contra nóminas que son como los de los Oakland Athletics (equipo pequeño de béisbol) frente a la de los New York Yankees, que son tres o cuatro veces la nuestra”, dijo.

Las alianzas

The Wall Street Journal reporta que los rivales extranjeros de Netflix se unieron, al igual que Lyft y sus amigos. Televisoras y compañías de streaming de Francia a Nueva Zelanda, Noruega a Australia, y Canadá a Filipinas, están formando alianzas de licitación para comprar los derechos locales de programas de televisión.

Por ejemplo, Foxtel de Australia le ganó a Netflix los derechos locales para Fear the Walking Dead al enlazar el servicio de streaming de Presto y el canal estadounidense FX.

El WSJ publicó: “Peter Bithos, CEO del servicio de streaming asiático HOOQ, dijo que se necesitan asociaciones pan-regionales más grandes para poder hacer frente a Netflix, y predijo que se formarán dentro de los siguientes seis meses. De cara al futuro, si no se puede negociar derechos globales, estaremos en seria desventaja”, afirmó.

Ésta es la nueva realidad de la competencia tecnológica: servicios de software como Netflix y Uber pueden operar en todo el mundo sin demasiados obstáculos, excepto en algunos mercados muy particulares, como China, donde Netflix sigue sin funcionar y Uber continúa siendo un perdedor feroz.

Pero estas empresas no sólo pueden expandirse a todas partes: además, su tamaño les da una ventaja fundamental (principalmente dinero) sobre los competidores más pequeños que operan en un solo país.

Uber en Argentina

En Argentina, Uber cosechó amores y odios entre futuros usuarios y su principal competencia: el servicio de taxi, que, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, tiene más de 40 mil licencias y hay una fuerte organización gremial con cuatro cámaras patronales.

Desde el Sindicato de Peones de Taxi, afirmaron que Uber propone desregular el transporte. “Buenos Aires es una de las ciudades con el transporte más regulado del mundo”, apuntan, y no están de acuerdo porque, según el sindicato, se trata de competencia desleal.

“Estamos hablando de una empresa totalmente ilegal que pareciera que le toma el pelo al Gobierno, a la Justicia, al Poder Legislativo y a los taxistas”, dijo Claudio Palmeyro, integrante de la comisión directiva a cargo de Omar Viviani, un líder con mucha presencia en la Confederación General del Trabajo (CGT).

Sin embargo, en seis meses desde su llegada a la Argentina, Uber en Buenos Aires cuenta con 30 mil usuarios y más de 1.000 choferes registrados que ofrecen el servicio en la ciudad a través de sus autos particulares. Además, siempre según los datos oficiales de la empresa, hasta junio de 2016 se registraron 550 mil descargas de la aplicación.

A futuro

Las perspectivas para ambas compañías se derivan de la teoría de que, si su ventaja de escala continúa creciendo, finalmente podrían convertirse en monopolios mundiales. Donde quiera que estés en el mundo, Netflix será tu servicio de streaming y Uber será tu servicio de taxi.

Pero aún hay muchos obstáculos para que esa visión se concrete: Uber debe probar finalmente que puede poner fin a su despilfarro y generar alguna utilidad. El caso de Netflix es similar, ya que opera con bajos márgenes mientras gasta en grande, y todavía tiene que hacer frente a sus competidores acaudalados, como HBO y Amazon, sin mencionar a los proveedores de cable.

Y por si eso fuera poco, cada vez hay más alianzas globales anti Uber y Netflix, lo que podría ser un último esfuerzo para defenderse de lo inevitable.


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