Mecenas digital

3 de Julio de 2018 - Kathleen Chaykowski

 


Ser patrocinador no es solo cosa de ricos. ¿Podrá Patreon, la firma de crowdfunding, rescatar a los artistas de los sueldos ínfimos que ganan en la red?

Son las 22 horas de un domingo en el aeropuerto Burbank de California. Jack Conte, simpático y barbudo, integrante del dúo Pomplamoose, se recuesta en su silla con la capucha puesta, tratando de descansar. Conte, de 33 años, pasó la mayor parte del fin de semana en Los Ángeles, ensayando con su banda de funk Scary Pockets. Pero es hora de volver a San Francisco para un ensayo completamente distinto: su trabajo como director de Patreon, un sitio en el que los usuarios pagan suscripciones para apoyar a sus creadores favoritos, desde pintores a podcasters, cantantes, bailarines, escritores y fotógrafos, entre otros.

La escena captura perfectamente lo que Conte llama, en chiste, su “crisis de identidad”: ser el CEO y fundador de una startup de 100 personas –valuada en unos US$ 400 millones en septiembre– sin abandonar su pasión por la música, que de hecho es lo que lo llevó a fundar Patreon. “Los creadores necesitan que seamos un equipo aceitado”, dice Conte durante una entrevista en sus oficinas en San Francisco. “Eso para mí es lo más importante del mundo, así que tengo menos tiempo para la música”.

Su dedicación se basa en el convencimiento de que Patreon puede evitar que los creadores tengan que mantenerse con publicidad digital –algo imposible para casi todos– o recurrir a campañas individuales en sitios como Kickstarter o Indiegogo. La apuesta de la empresa es contraintuitiva: cree que los fans estarán dispuestos y hasta deseosos de pagar suscripciones mensuales por contenido que podrían recibir gratis, siempre y cuando el pago sea fácil de hacer y ayude a los artistas. Hay motivos para creer que Conte tiene razón. Más de un millón de usuarios están financiando a unos 50.000 artistas, asegurándoles un cheque mensual. “En Kickstarter e Indiegogo, tienen que empezar de cero cada vez”, dice Danny Rimer, socio en Index Ventures, inversor de Patreon y miembro de su directorio. “Es la misma razón por la cual las empresas de software pasaron de las licencias a las suscripciones: un ingreso fio y mejor servicio para sus clientes”.

Desde que Conte lanzó Patreon hace cuatro años junto a su compañero de cuarto en Stanford, Sam Yam, que es CTO, la compañía repartió más de US$ 250 millones a sus artistas. De ellos, US$ 150 millones en 2017. Patreon funciona en base a un simple sistema de compromisos y a la línea directa que abre entre artistas y seguidores o “patronos”, que tienen acceso a contenido extra, como sesiones de P&R en vivo, chats exclusivos con los artistas y varios detrás de escena que estos no comparten en Instagram o Facebook. Además, ser altruista hace que la gente se sienta bien. Conte no necesitó modificar la naturaleza humana para que Patreon funcionara; solo tuvo que facilitar el intercambio entre el artista y el fan.

Aunque Patreon no está solo en la categoría (Kickstarter se metió en la competencia con Drip), es la empresa más grande y está creciendo do más rápido que nunca. La cantidad de patronos y la donación promedio se duplican año a año. Además, utiliza los más de US$ 100 millones que recaudó de sus inversores (Thrive Capital y Freestyle Capital, de Joshua Kushner, entre otros) para duplicar la cantidad de empleados.

En un punto, Patreon desafía la lógica. El usuario paga US$ 12 mensuales –más de lo que sale una suscripción básica a Spotify o Netflix– que dan acceso a un enorme catálogo de música y video, y algunos usuarios pagan por proyecto. Hay artistas que ganan más de US$ 30.000 al mes, como el grupo de críticos de cine Blind Wave o el cantante a capela Peter Hollens, que en 2017 ganó US$ 400.000 gracias al sitio.

Desde el comienzo, Patreon se lleva el 5% de cada donación. Es la misma tajada que se llevan Kickstarter e Indiegogo, pero mucho menos que otros programas de reparto de ganancias, como los de YouTube y iTunes, que se quedan con el 45% y el 30% respectivamente. “La misión es dar a los creadores tanta plata como sea posible”, dice Conte. El año pasado, las comisiones generaron ganancias por unos US$ 8 millones.

Los fans se anotan en “franjas” que, en general, van de US$ 1 a US$ 10 (aunque algunos pagan mucho más), para tener acceso a los extras que ofrece el artista. Cynthia Lin, que toca el ukelele y ofrece conciertos en vivo, recibe la mitad de su sueldo de Patreon. En el último año, su número de seguidores pasó de 400 a 1.400. A partir de chats y videos en los que muestra sus dibujos, la ilustradora chilena Fran Meneses recibe más de US$ 4.000 por mes, sumado a lo que gana con sus ventas en Etsy y a través de Instagram.

Los creadores se registran en Patreon gratis y sin ninguna cláusula de exclusividad. El sitio les da instrucciones sobre cómo usarlo de la manera más efectiva. También les provee herramientas administrativas, como estadísticas y gestión de mails para ayudarlos a lanzar campañas de autopromoción. Por ahora, el target son artistas que ya tienen sus fans pero que no son muy conocidos. A largo plazo, Conte espera poder sumar nombres más conocidos y de mostrar así que la tecnología puede compensar la merma financiera que hace tiempo sufren los artistas a causa de Internet.

Aunque la ética de “el artista tiene prioridad” puede ser lucrativa para algunos, es algo que tiene sus dificultades, sobre todo en un mundo en el que los modelos de negocios digitales cambian rápido. “Tienen que diversificar sus ingresos lo más posible para no correr el riesgo de quedar en el aire”, dice Laura Chernikoff directora ejecutiva de Internet Creators Guild.

Para Conte esa misión es algo personal. Criado en Marin County, una localidad hippie-chic al norte de San Francisco, se dedica a la música desde los seis años, cuando su padre le enseñó la escala de blues. Estaba estudiando música y composición en Stanford cuando empezó a hacer videos para YouTube con su novia, Nataly Knutsenm, en 2007. Se casaron en 2016. En 2013 vació su cuenta, reventó dos tarjetas de crédito y pasó tres meses haciendo un video de música electrónica con robots y una réplica de la cabina de una nave de La guerra de las galaxias. Sus fans se volvieron locos, y el video en YouTube tuvo más de un millón de visitas en el primer año. Sin embargo, en el primer mes Conte solo recibió US$ 54 de ganancias por publicidad. Al día de hoy, solo ganó unos US$ 1.000. Sin contar el tiempo y el dinero invertido: solo el video demandó US$ 10.000. “Toqué fondo”, dice. Sabía que había hecho algo valioso pero que nunca recibiría dinero a cambio. “Esa discrepancia me llevó directamente a crear Patreon”.

Conte le comentó su idea a Yam, que a los pocos meses ya había programado el sitio. Lo lanzaron en mayo de 2013, y en unos minutos ya tenían más de 100 fans ofreciendo US$ 700 por mes para financiar la música de Conte. Hoy Conte evalúa varias oportunidades para expandirse. La primera es cruzar el océano: el sitio está en inglés y solo acepta dólares estadounidenses, pero el 40% de los mecenas viven fuera de Estados Unidos. A largo plazo, Conte imagina experiencias más profundas, como conciertos de realidad virtual. Y proyectando aún más lejos en el tiempo, cree que quizás pueda convertir a Patreon en un proveedor de pequeños servicios, como la venta de entradas y merchandising, y así ayudar a que artistas hagan de su pasión una profesión. “Los artistas no tienen que seguir muriéndose de hambre”, dice.

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