Dale green gas

5 de Julio de 2018 - Lucía Tornero

 


Tonka, que desarrolla y fabrica componentes de seguridad para artefactos a gas, creó una unidad de negocio enfocada en energías renovables en la que invirtió US$ 1 millón. El propósito de una empresa de la nueva economía.

Esta empresa no tiene un dueño. Es como una criatura que se nos ha dado para que la hagamos crecer sana y fuerte y se la pasemos a la próxima generación”. La frase se convirtió en un clásico dentro de los discursos de Pedro Friedrich –o Peta, como lo conocen todos–, gerente general de Tonka, una empresa certificada B que desarrolla y fabrica componentes y dispositivos de seguridad para artefactos a gas desde 1970.
Nacido y criado en Argentina, estudió Ciencias Agrarias y se formó como empresario en el IAE Business School. Es escalador, piloto, aventurero, está casado y tiene cinco hijos. Es uno de los miembros del Directorio de Sistema B y, a su entender, el empresario no se apropia materialmente de su empresa: no es un elemento, sino más bien un organismo que necesita del cuidado y cariño como cualquier ser viviente. “Para mí, eso es una compañía. No es una cosa para comprar, vender, hacer o deshacer. Tiene vida propia”.

Lejos de las nociones románticas, idílicas y hasta utópicas que puede despertar en muchos el mundo de los negocios responsables, Friedrich adopta esa filosofía con el profundo convencimiento de que la nueva economía es inminente y que para que una empresa sea exitosa y rentable debe tener un propósito o desaparecerá.
Tonka, fundada por su suegro hace 47 años, siempre fue una compañía innovadora cuyo negocio se basaba en ahorrar energía y hacer que la combustión del gas fuera más segura para las personas. Hoy cuentan con una gran variedad de productos muy customizados, lo cual resultó en una ventaja competitiva que les permitió ganar un nicho dentro del mercado. “Nuestra filosofía de producción está basada en el kaizen, es decir, el lean manufacturing. Eso nos permite adaptarnos muy bien al mercado local, que es de mediana a baja escala”.
Hoy factura US$ 10 millones por año. Friedrich dice que siempre tuvo una rentabilidad adecuada y eso no cambió desde que se certificaron como B-Corp en 2014. Esa motivación abrió la puerta de la inserción de Tonka en la nueva economía a través de la creación de una unidad de negocio enfocada en las energías renovables y que hoy representa el 30% de la facturación total. “El mercado es emergente y, si uno hace bien las cosas, empieza a ganar market share y a crecer”, asegura. La nueva unidad de negocio se abrió hace un año y medio, con una inversión de US$ 1 millón, y hoy factura $ 3 millones por mes. Según sus previsiones y la tasa de crecimiento, facturará US$ 3 millones anuales en los próximos seis meses.

Negocio y felicidad

La flamante e innovadora división de negocio funciona con paneles fotovoltaicos y tiene que ver con la producción de bombas de agua que funcionan con energía solar. Además de poner el foco en energías renovables para su funcionamiento, se suma también la posibilidad de acceso al agua, ya que permiten reemplazar molinos de viento o bombas que funcionan con la red, a diesel o gasoil. Asimismo, Tonka también se encuentra articulando con otra empresa B llamada Ovis 21, a través de un acuerdo para potenciar el pastoreo holístico y regenerativo con el acceso al agua.
Si bien la certificación como B-Corp y la incursión en las energías renovables permitieron redireccionar el foco de la producción tradicional de Tonka y apostar por incluir objetivos ambientales y sociales dentro de la lógica del negocio, aún seguía habiendo un pendiente que inquietaba a Friedrich: el propósito. Y tiene que ver con la temida pregunta que plantea la certificación B y que busca responder si el crecimiento de la empresa es bueno o no para el mundo.
Por eso Tonka desarrolló para sí misma un concepto: Deep Sustainability, o Sustentabilidad Profunda, centrada en diferentes ejes. Por un lado, cero basura: actualmente en la empresa siguen un riguroso plan de separación de residuos en articulación con una ONG. Por otro, cero emisiones netas de dióxido de carbono, compensando mediante regeneración de selva misionera. Cero energía, ya que generan la propia a través de paneles fotovoltaicos y no consumen energía neta de la red.
Otro eje tiene que ver con la felicidad. Es la única empresa argentina hasta el momento que, a través de un índice tomado de Bután, y con el aval del rey de ese país, mide la felicidad. “¿Para qué medir en forma indirecta algo a lo que aspiramos? ¿Por qué no medirla directamente? Y no a través de un indicador netamente económico. El objetivo es poder entrar en un mundo más humano, de relaciones, de motivación, de proyectos más que de control, medición estricta, remuneración basada en rendimiento”.
Y es que, para Friedrich, que el equipo sepa que su empresa tiene el objetivo de resolver problemas ambientales y sociales usando la fuerza del mercado significa que se levantan a la mañana para ir a trabajar sabiendo que hacen algo significativo, y no para incrementar el valor de la acción o engrosar el bolsillo del patrón. “Creemos que lo más valioso que tenemos es nuestra gente”, suelta con un énfasis que inspira convencimiento. Y lo respalda un récord que llevan orgullosos: el hecho de que en 47 años no han despedido a nadie. Si bien la frase para muchos engloba un cliché, para él contar con un equipo motivado es una ventaja competitiva.
La compañía metalúrgica también tiene otros motivos que la diferencian de la clásica empresa. Es cofundadora de siete ONG de Argentina. Muchos de los integrantes de la gerencia son miembros de boards de distintas organizaciones y dedican recursos y tiempo a su gestión, como Sistema B, Banco de Bosques y Red de Comunidades Rurales, entre otras.
“Los tiempos cambian muy rápidamente. Si los CEO de las grandes corporaciones no se ocupan de la nueva economía, no están haciendo bien su trabajo”, remata Friedrich. Y añade: “La empresa va a sufrir cada vez más debido a que el usuario, el marco regulatorio y la naturaleza pondrán sus propias reglas.

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