¿Cómo quedará Fidel en la historia estadounidense?

27 de Noviembre de 2016 - Paul Roderick Gregory

 


Fidel Castro murió a los 90 años. En el poder por más de medio siglo, su régimen gobernó la última economía socialista planificada. (A menos que incluyamos la peculiar Corea del Norte). En 1957, cuando Castro lanzó su revolución, el PIB cubano per cápita igualó el promedio latinoamericano. El día de la muerte de Fidel es menor a la mitad de ese promedio.

Durante los cincuenta años de gobierno comunista de Castro, Cuba pasó de ser uno de los países más prósperos de América Latina a ser uno de los más pobres. Cuando Fidel marchó victoriosamente a La Habana, existían cincuenta y ocho periódicos nacionales. Ahora hay seis, todos publicados por el Partido Comunista Cubano y sus afiliados.

Cuando el comunismo cayó en la Unión Soviética y Europa Oriental, los defensores del comunismo en todo el mundo se encogieron de hombros. Argumentaron que el sistema comunista era sólido. El problema era que los países comunistas habían tenido los líderes equivocados. Los verdaderos creyentes comunistas en todo el mundo tuvieron que depositar su fe en Fidel y esperar que su ejemplo extendiera el comunismo más allá de las costas cubanas a países como Venezuela y Nicaragua. Los verdaderos creyentes comunistas miraron la Cuba de Fidel y elogiaron sus sistemas de salud y educación, su igualdad de ingresos y el hecho de que Cuba hubiera sobrevivido al embargo de Estados Unidos. Omitieron que Fidel permaneció en el poder gracias a la represión de los opositores políticos, al exilio de sus ciudadanos más ambiciosos y al petróleo barato como cliente de la ex URSS y luego de Venezuela.

Dos décadas atrás, sólo el diez por ciento de los estadounidenses veía a Cuba favorablemente. El día de la muerte de Fidel, más de la mitad de los estadounidenses tiene una visión positiva de Cuba. La división del partido es enorme: Tres cuartas partes de los demócratas y un tercio de los republicanos mantienen opiniones positivas sobre Cuba. En la década de 1960, la Nueva Izquierda, con sus omnipresentes carteles de Che, quedó fascinada por Castro y el modelo cubano. Las evaluaciones más recientes de los socialistas advierten que Cuba no está luchando por una verdadera forma de socialismo.

La izquierda americana veía a Fidel como un veterano, marcado por batallas en su lucha contra el imperialismo estadounidense, empeñado en la destrucción de Cuba. A pesar de todos estos obstáculos, como lo señaló Bernie Sanders en 1985, la gente “olvida que Castro educó a sus hijos, dio a sus hijos salud y transformó totalmente a la sociedad” en una “revolución de valores”. La derecha americana ve a la Cuba de Fidel opresiva que nunca permitió el disenso. Y cuyo régimen derrumbó la economía a pesar de los logros en educación y atención médica. La igualdad de oportunidades en Cuba significó la igualdad en la pobreza.

¿Quién fue Fidel Castro? Un dictador opresivo que encarcelaba a sus oponentes y obligaba a sus mejores y más brillantes a huir. O un líder heroico que desafió la hegemonía global mientras que proporcionaba a su gente educación y salud.
Más allá, de las posturas, no necesariamente antagónicas, hay algo claro: Castro condenó al pueblo cubano a vivir en la pobreza. Si Cuba hubiera logrado al menos el deslucido e inestable desempeño de América Latina en los últimos cincuenta años, el pueblo cubano tendría al menos el doble del bienestar. Vivirían mejor.

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