Radiografía del cine argentino

15 de Noviembre de 2016 - Axel Kuschevatzky

 


Cuando se analiza la producción de la industria cultural de un país, es imposible resumir toda su complejidad. En la Argentina, se hacen más de cien películas anuales, y muy diferentes: desde historias que alguien filma desde el fondo de su casa con una cámara con un celular, hasta películas con un costo de producción de millones de dólares que dan trabajo a cientos de personas. En el espectro entre ambos polos, aparece esa tensión inherente a cualquier industria cultural: la distancia que hay entre la expresión personal y la visión artística, y la existencia de un elemento industrial.

Las películas no son como la pintura o un blog que uno puede con sus propios medios y sin ayuda. El cine es un arte colaborativo, una forma de comunicación que se trabaja en equipo, que requiere inversión y que debe ser distribuido como un producto. Hasta las películas más alternativas e independientes, en algún momento, atraviesan la lógica del producto.

Con esto en mente, analicemos el cine argentino. Sin dudas, tiene mucha representación internacional: es una de las cinematografías más admiradas del planeta y tiene un recorrido constante en Estados Unidos, Europa y Asia. Por otro lado, hoy se encuentra ante grandes desafíos: algunos son los mismos que el futuro del cine en general (en transición, porque la gente está viendo películas de muchas maneras diferentes) y otros son propios. Por ejemplo, en la Argentina no hay leyes de beneficios fiscales que incentiven la producción audiovisual, como sí existen en países de la región como Brasil, Chile y Colombia.

Otros desafíos son los industriales que guían hacia adelante con importantes pasos para seguir construyendo algo que, desde la vuelta de la democracia, los gobiernos le han dado al cine argentino mucho apoyo.

Sin embargo, nuestro cine está considerado Marca País, algo representativo de nuestra identidad, y siempre ha habido políticas de estado en ese sentido, y de forma sostenida, desde el regreso de la democracia. Hoy, la Argentina es lo que es gracias a que los gobiernos han interpretado el interés de la gente en sus propias películas.

En cuanto a la taquilla, el cine nacional lleva casi una década de crecimiento constante, lo cual habla de una madurez de los que lo hacen y también de sus espectadores, quienes eliminaron de una buena vez esa antigua frase de: “Yo cine argentino no veo”.

La venta de tickets sigue en alza, más allá de las otras opciones de entretenimiento que hay. El público sigue yendo a las salas y, cada año, las ventas superan al anterior. Hay países que están en explosión de consumo, como China, y otros en donde está decreciendo, como en Alemania. En nuestra región, el rumbo es bueno. La gente no va al cine a ver sólo una película: el cine es una salida, tiene un elemento de ritual, de encuentro social. El cine es una experiencia.

Lo que merece un análisis más profundo ahora es ver qué recorrido hacen las películas después del estreno en las salas. Por ejemplo, Gilda, no me arrepiento de este amor tiene un largo trecho por delante, porque todavía está en cartel y la curva descendente está muy baja, por eso todavía le queda tiempo en las salas. Luego, en Argentina, pasará a plataformas digitales, al tiempo que comenzará su distribución internacional: ya la compraron países de Europa del Este, Israel y hasta Estados Unidos.

Cualquier película que supera el millón de espectadores (como fue el caso de Gilda…) significa que convocó a estratos sociales variados con franjas de edad muy distintas. Son películas que va a ver gente que va al cine siempre, pero también la que va poco y la que va una vez por año. ¿Por qué Gilda… resultó tan convocante? Si bien nunca hay una sola respuesta, puedo decir que es porque es una película honesta, porque construye algo interesante de una figura pública y porque el componente femenino es muy fuerte. Dato no menor ya que las mujeres son, en líneas generales, las que deciden qué películas ir a ver al cine.

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