La nueva ley de la selva

7 de Junio de 2018 - Augusto Morreale y Sofía Smolar

 


La Ecovilla de San Mateo en Costa Rica alberga a 44 familias que generan sus propios recursos. Relax, aventura y conciencia ambiental en un paraíso creado por el argentino Marcelo Valansi.

Volar entre montañas verdes, surf en las mejores playas del Pacífico, caminatas donde encontrar animales selváticos o, incluso, conexión con el Yo interior: Costa Rica lo combina todo. Ofrece variedades de paisajes increíbles, gran cantidad de actividades al aire libre, una oferta gastronómica súper diversa y una energía que abre pista para un replanteo del tipo de vida que se lleva en la ciudad.
En este paraíso verde con una población que se caracteriza por ser “la más feliz del mundo”, se encuentra la innovadora Ecovilla. Ubicada en el cantón rural de San Mateo, se trata de un lugar donde todo se reutiliza, desde el papel higiénico hasta la cáscara de los alimentos, la economía es colaborativa con reglas claras y, a pesar de estar lejos de la urbanización, quien así lo quiera puede trabajar para el resto del mundo a través de Internet, pues la zona residencial cuenta con fibra óptica.

El sueño

La Ecovilla es un sitio único en el mundo. El proyecto fue creado por Marcelo Valansi, un empresario y emprendedor argentino. El terreno tiene 17 hectáreas, de las cuales más del 70% son reservas, plantaciones y cultivos. En el 30% se construyeron 44 casas diseñadas para ser sostenibles en el tiempo e integradas con el ambiente.
La población se conforma por ciudadanos de 27 países diferentes, que ejercen sus profesiones desde ahí: ingenieros en sistemas, asesores en negocios, expertos en metamedicina, psicólogos virtuales, grandes productores de cine y televisión. “No estamos desconectados del mundo. Estamos más conectados con la naturaleza y con nosotros mismos, sin dejar de lado la tecnología y el confort”, advierte su fundador.

Valansi tiene 40 años, en la crisis de 2001 tenía 23 y vio cómo su abuelo perdía todo: ni el banco le liberaba su dinero, ni los inquilinos de sus propiedades le pagaban la cuota del alquiler. Recuerda las imágenes de caos, saqueos y miedo a perderlo todo. “Previo a la crisis, en Buenos Aires me trataban de ‘bicho raro’ cuando hablaba de la autosuficiencia en energía, comida y techo, porque lo tomaban como esas cosas que siempre iban a estar ahí –relata Marcelo–. Pero en 2001 a todos les empezó a interesar. No se puede depender 100% de la economía”.
En la Ecovilla la gente sabe cómo ser autosuficiente en lo básico y necesario. Todo lo demás es extra. “Contamos con un bosque comestible”, remarca Marcelo con una sonrisa, como quien ya tiene todo lo que necesita: jardines de permacultura orgánicos, sistemas de recolección de agua de la lluvia y de sus ríos, eficiencia energética a través de paneles solares y de un biodigestor que transforma aguas negras y grises en electricidad. Una huerta orgánica solventa la demanda interna del barrio (todos los miércoles reparten lo que producen: frutas, verduras y aromáticas).
La comunidad también tiene escuela propia. Basada en la metodología Pestalozzi, carece de aulas, pizarrón y exámenes. Cada uno aprende a partir de su interés y curiosidad, y los que enseñan no son maestros, sino guías. “Vinieron tres ecuatorianos, profesionales de la educación no convencional, que hoy son los que llevan este proyecto adelante –describe Valansi–. Los chicos aprenden a aprender, construyen sus relaciones en base al respeto y son altamente conscientes de cómo cuidar el medioambiente”.

Paraíso eco

Para visitar y pasar unas vacaciones en la Ecovilla, hay casas que se pueden alquilar por Airbnb. Las instalaciones del lugar son maravillosas. Dentro del barrio se puede disfrutar una extensa piscina de natación, rodeada de naturaleza. Es un placer caminar por la huerta comunitaria y los senderos del lugar.
Durante el día y la noche, los pobladores organizan actividades recreativas como yoga, meditaciones, clases de baile, capoeira y charlas variadas en el espacio común denominado “El Rancho”. A veces, ahí mismo se arman fogones.
Al estar en medio de la selva, da la sensación de que este barrio está alejado de todo. Pero no es así. Se encuentra a una hora del aeropuerto internacional de San José, a 45 minutos de las playas del Golfo de Nicoyá y a 35 minutos del ferry que cruza hacia el área turística de Guanacaste. Hacia el norte, a no más de dos horas, está la zona de volcanes, parques y aguas termales, donde la vista se pierde en la inmensidad del paisaje.
Además, a dos horas de la Ecovilla hay un pueblo encantado. Monteverde, en Puntarenas, tiene unas pocas manzanas de casitas bajas con aires europeos y restaurantes, cafés pequeños y tiendas de objetos típicos del lugar. Es territorio para bon vivants y también para la aventura. Se puede hacer canopy sobre montes inmensos, caminar por puentes colgantes y adentrarse en la gran diversidad de flora y fauna.
Si se busca desconexión sobre la arena, a tan solo 45 minutos de la Ecovilla se puede visitar la playa de Punta Leona. Allí se puede disfrutar de un mix ideal para lograr el descanso: paisajes selváticos y playas tranquilas y paradisíacas. El relax perfecto.

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