La Argentina devorada

14 de Agosto de 2017 - José Luis Espert

 


La Argentina debería ser un país desarrollado, pero no lo es. ¿Por qué? Esta es una sociedad que hace unos cien años (por lo menos desde fines de la Primera Guerra Mundial) comenzó a alejarse de los ideales de la auténtica libertad política, el republicanismo, el respeto a las instituciones, el libre comercio como principio rector de la asignación de recursos, el capitalismo de la libre competencia como forma de acumulación de la riqueza y la excelencia educativa como eje rector de la meritocracia social.

Cuando nos alejarnos de estos valores la Argentina quedó presa de un empresariado prebendario y una clase política y un sindicalismo corruptos que le hacen de socios. El empresariado prebendario se enriquece sin esfuerzo competitivo y luego reparte entre los tres los frutos de sus ganancias espurias.
Sin competencia con el mundo, gracias a esa estafa llamada sustitución de importaciones o “vivir con lo nuestro”, la élite empresaria nos impone los precios que se le antojan.

La eficiencia económica no puede importarle menos. Menos aún le importan las consecuencias que esto tiene sobre los niveles de pobreza y la inequidad con la que se distribuye el ingreso. Es cierto que la eficiencia económica no tiene nada que ver con el modo en que se distribuye el ingreso (aunque sí está relacionada inversamente con la pobreza), pero es probable que cuanto más se deba competir para ganar dinero y prosperar, más verdadera conciencia social se tenga. De hecho, los números muestran que cuanto más competitivos y eficientes son los países, mejor es su distribución del ingreso.

La Argentina es como una empresa que ha errado en su objeto societario. Tiene todo para venderle al mundo: alimentos para más de 500 millones de personas; energía para ser, según la ex Presidenta Cristina Kirchner, como Arabia Saudita, una industria exportadora no tradicional más que respetable e infinitas hermosuras geográficas para ofrecerle al turismo internacional y obtener dólares genuinos del exterior.

La idea del industrialismo a la argentina consiste en cerrar todo lo que se pueda la economía a la competencia importada de bienes finales (pero que se pueda importar con aranceles bajísimos a los insumos para producir, de modo que la protección efectiva para la industria sustitutiva de importaciones sea máxima). Además, el agro tiene que tener una rentabilidad mínima para que haya alimentos baratos que aumenten el salario real y las masas urbanas tengan mayor capacidad de comprar bienes industriales (y para que, de paso, el gobernante de turno tenga votos a raudales).

En realidad, este populismo industrial, al cerrar la economía a la competencia importada, hace caer el tipo real de cambio. Para ponerlo en términos simples: al cerrar la economía baja la demanda de dólares para importar, con lo cual baja el valor del dólar.

Esto perjudica al agro, y más todavía a la industria de exportación no tradicional (por ejemplo, el vino), que tiene que pagar mayores salarios reales —puesto que la industria sustitutiva, al incrementar su producción, hace aumentar la demanda de trabajo— sin recibir el beneficio de la suba de aranceles, el crédito o la restricción cuantitativa a las importaciones que sí disfruta la industria sustitutiva.

Un modelo así sólo se sostiene mientras circunstancias internacionales extraordinarias lo permitan. El agro aguanta mientras un precio excepcional de la soja compense el atraso cambiario. La producción de petróleo y gas aguanta gracias a inversiones anteriores hasta que se desploma la producción.

Las exportaciones industriales desaparecen por falta de competitividad y por las represalias de otros países. Los depósitos y el crédito se sostienen hasta que la inflación y el atraso cambiario hacen de la compra de dólares el único refugio contra la expoliación de las tasas de interés negativas. El aumento del gasto público y la presión impositiva se sostienen hasta que empieza la contracción económica y el déficit fiscal se vuelve inmanejable.

Argentina tiene un futuro próspero como Australia, Nueva Zelanda, Chile y tantos otros países similares, sólo si cambia 180 grados lo que viene haciendo en el último siglo.

Tiene que abrir su economía al comercio para que explotar sus ventajas comparativas en el agro, el petróleo y la industria exportadora y tiene que tener un Estado pagable (no este que se devora el 50% de los ingresos de los que están en blanco por la presión impositiva salvaje que pagan) y que no tenga déficit. Seguir insistiendo en el populismo industrial sólo cristalizará más nuestra decadencia ya casi secular.

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