Empezaron a fabricar cosmética por necesidad. Ahora facturan casi $ 17 millones anuales.

22 de Febrero de 2019 - Franco Spinetta

 


La fórmula del éxito de Boti-K radica en sus productos 100% de origen vegetal. Conocé la historia de estos emprendedores que apostaron por lo natural.

La historia de Boti-k Puro es, sobre todas las cosas, una historia de amor. Un amor que transformó las vidas de Ignacio Conde y Florencia Villamil Delfabro, sus fundadores, dos luchadores que fueron contra viento, marea y costumbres para mejorar la calidad de vida de su hijo, Santino. Boti-K es fruto de una necesidad que, en apenas siete años, se convirtió en una pyme afianzada, que aporta innovación en el rubro de la cosmética y la higiene personal.

Ignacio Conde y Florencia Villamil Delfabro, de Boti-K.

Santino tenía dos años cuando fue diagnosticado con TGD y autismo severo, sumado a una gran intolerancia a los productos de síntesis química, como conservantes, colorantes, saborizantes, detersivos y muchos otros. La dieta alimenticia fue resuelta con relativa facilidad, pero pronto descubrieron que los productos de higiene, fabricados con químicos y cebo animal, también le provocaban reacciones alérgicas muy fuertes. Cansados de buscar y sortear las trabas para traer esos productos desde el exterior, Ignacio y Florencia tuvieron entonces una idea que les cambiaría el rumbo de sus vidas: fabricarlos acá.

“Cuando cuentan nuestra historia, siempre se pone el énfasis en lo romántico que fue todo, pero yo te diría que lo más difícil fue sin duda conseguir las materias primas, convencer a los proveedores y, sobre todo, abrir con una cuña el mercado de la cosmética”, dice Ignacio desde Los Cocos, en plena sierra cordobesa, donde vive junto a su familia. El creador de Boti-K Puro se ríe al recordar aquellos momentos caóticos del comienzo, aunque es consciente de que lo de su familia fue realmente una proeza emprendedora. “Fue todo tan vertiginoso que sentimos que el crecimiento de la empresa fue una compensación de lo que nos costó todo con nuestro hijo”, añade.

El proyecto se puso en marcha después de que la pareja vendiera una propiedad que tenían en Martínez. En 2011, con US$ 220.000 de inversión, fueron en búsqueda de un laboratorio que los ayudara a fabricar el primer jabón libre de químicos. “El laboratorio donde hicimos el desarrollo fabricaba jabones desde hace 50 años y ahí estaban seguros de que no iba a funcionar”, recuerda Ignacio. Sin embargo, lo lograron. Boti-K salió al mercado con el primer jabón 100% vegetal, sin aditivos, sin conservantes ni perfume.

En el interín, Ignacio y Florencia ayudaron a fundar una asociación de padres de niños autistas (Conciencia, Esperanza y Unión para el Autismo, CEUPA), que fue un gran apoyo para impulsar el desarrollo de estos productos destinados a un público sensible. En la vorágine, mientras investigaban y desarrollaban, se convirtieron en empresarios. A la fuerza. Se dieron cuenta de que su producto era de nicho y que, si querían sobrevivir, tenían que encontrar un público. “Empezamos a pensar en todos aquellos que tienen alergias, intolerancia al gluten, entre otros problemas”, explican.

Desarrollaron más de 60 productos que resonaron en consumidores responsables o conscientes, veganos, celíacos, vegetarianos, diabéticos, del espectro autista, en tratamiento de quimioterapia, alérgicos. “Son especiales para pieles sensibles o dañadas; no usamos derivados del petróleo, ni sustancias de origen animal. Tampoco testeamos en animales; no usamos perfumes, sino aceites esenciales naturales, extractos vegetales puros, aceites vegetales de calidad Premium o con certificación Ecocert u Orgánicos, ceras vegetales y saponinas naturales de origen vegetal”, enumera Florencia.

Desde el inicio, tuvieron una sola fórmula: siempre lo mejor. El camino, sin embargo, no estuvo exento de complejidades. “Era muy difícil, íbamos a las farmacias y nos decían que para qué hacíamos jabones sin gluten, si no se comen”, ejemplifica Ignacio. Empezaron entonces a ejecutar una estrategia de marketing educativo, tanto para el farmacéutico como para las dietéticas, y también para el consumidor. “Las farmacias no querían saber nada con nosotros, por eso fue importante el apoyo del Hospital de Niños Pedro de Elizalde”, agrega Florencia.

En una de las acciones que llevaron a cabo para intentar acercarse a las autoridades del hospital, recibieron una invitación para patrocinar un desfile en el Hipódromo de Palermo. Ignacio tenía en mente donar el 10% de las ventas del jabón neutro que habían desarrollado, a contramano de la opinión del director comercial de Boti-K, que proponía ceder el 5%. Cuando la presidenta de la asociación los convocó a una reunión, pasó “algo mágico”: apenas ingresaron a la oficina, la directiva sacó de su bolso el jabón de la marca y les aseguró que era el único que podía usar, ya que sufría de alergias. Ignacio no lo dudó y les ofreció el 10%, un porcentaje que donan hace cinco años para el hospital.  

Fue un quiebre. Hasta entonces, venían remando contra corriente en un mercado que parecía no abrirse, pero siempre con la fe puesta en insistir en el sendero que se habían trazado desde el comienzo. “Investigamos, nos capacitamos y viajamos para ver cómo se hacía todo afuera. Cuando el mercado de la cosmética natural explotó, nosotros ya estábamos ahí”, revelan. Hoy, la línea naturista de la cosmética es tendencia y crece a pasos agigantados. “Empezó con la demanda de alimentación saludable y ahora sigue con este rubro; hay un consumidor cada vez más consciente, y el mercado se abre cada vez más”, agregan.

Hoy, Boti-k cuenta con 21 empleados y cerró el 2018 con una facturación de $ 17 millones: un crecimiento del 89% con respecto a 2017. Distribuye sus productos principalmente en dietéticas, aunque su lucha para convencer a las farmacias está empezando a dar resultados, gracias a que algunas cadenas comenzaron a recepcionar sus productos 100% naturales, que llevan la recomendación del Hospital de Niños en su packaging. También tienen puntos de venta propios, una isla en el shopping Dot y otra en Unicenter, además de un local en Palermo, donde congregaron la oferta de otras empresas de cosmética natural. “Nosotros nos alegramos cuando salió la competencia”, asegura Ignacio. “Se entendió por qué nuestro jabón era caro, que no era un capricho; es caro por la materia prima y lo que cuesta producirlo de esa manera”, explica. El próximo paso para Boti-k es exportar: tienen en la mira a Paraguay y Perú. Y sumaron en 2018 un nuevo producto a la oferta local, que desarrollaron en China: unas toallitas fabricadas con fibra vegetal de bambú orgánico.

Cada vez que cuentan su historia –y en estos últimos años ha sido muchas veces–, Ignacio y Florencia se sorprenden, como si estuvieran hablando de algo que le pasó a otra persona. Fue un torbellino que propulsó a su familia hacia arriba y adelante. Algo curtidos estaban como para aceptar el rumbo de las cosas. Y aprender. “Acá no podés parar la pelota”, advierte Ignacio, y cierra: “Una vez que te metés con un proyecto como este, no podés bajarte, es muy difícil de desengranar porque es una historia de compromiso. Más allá de que esto sea un negocio, fue hacer realidad algo que queríamos hacer posible. Es una carrera de milagros: cada cosa que queríamos hacer era primero un no. Y resultó todo un sí”.

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