Schcolnik, el señor de los envases

24 de Enero de 2019 - Daniel Balmaceda

 


Tenía la obsesión de huir. Quería irse, escapar, tomar distancia del lugar donde había nacido. Alejarse de Odessa, la ciudad que soportaba graves problemas sociales internos y guerras externas. Odessa, la urbe ucraniana a orillas del Mar Negro, era una bomba de tiempo, y Vladimir Schcolnik, nacido en 1890, aún no había cumplido 20 años y quería huir de ahí.
Lo intentó un par de veces, sin éxito. En medio de aquellas fugas fallidas, conoció a Eugenia Drubich, de una familia acomodada que, por diferencias más económicas que sociales, no aprobaba el noviazgo. Conociendo su tendencia al escape, es fácil inferir que los chicos huyeron. Regresaron luego de un año de vida clandestina, con el acta de matrimonio y una hija. La familia política terminó aceptando al yerno.

El nuevo intento de fuga fue en 1911. Se despidió de Eugenia, embarazada por segunda vez. Escondido dentro de una montaña de alfalfa seca que transportaba un cochero en un carro viejo, cruzó la frontera rusa y alcanzó Alemania. Sus alternativas eran Estados Unidos o Argentina. Se decidió por Buenos Aires.

Dejó atrás el Vladimir y pasó a llamarse Wolf Schcolnik. Gracias a un amigo, tuvo un cuarto donde dormir. Trabajó de peón de la construcción y, a base de sacrificios, reunió dinero para traer a su familia. En 1916, aprovechando su experiencia como empaquetador (tarea que había hecho en Rusia durante tres años, a cambio de comida), consiguió emplearse primero en la droguería La Estrella, de Demarchi, y luego en la bombonería Godet, de Bassi. Mientras tanto, iba gestando su propia empresa. Durante su tiempo libre, fabricaba envases en su casa. Cuando sintió que nada podía torcer su deseo, comenzó su carrera independiente.

La estrategia que había trazado debía responder a ciertas premisas. Sobre todo, que su palabra tuviera el mismo valor que un documento firmado. En cuanto a la producción, solo fabricaría envases para alimentos, ya que la demanda sería constante e infinita.

Sus primeros clientes fueron la bombonería Godet, la caramelera La Perfección y la fábrica de chocolates de Felipe Fort. Los dulces productos que ofrecían estas compañías, y que se convirtieron en regalos cotidianos, hicieron que necesitaran un estuche especial. Schcolnik dio un paso fundamental en el mundo del packaging con sus cajas de lujo. El envoltorio pasó a tener mucha relevancia porque era habitual que, una vez consumido el contenido, se conservaran las cajas para guardar otros objetos.

Durante toda la década de 1920, don Wolf fue consolidando el negocio, incorporando personal y comprando maquinaria que lo mantuviera en lo más alto del podio de los innovadores en su rama. Podría decirse que a esa altura ya había alcanzado una estabilidad económica sólida. Pero había algo intangible que venía cosechando a través de su conducta comercial y que se materializó en 1929, cuando la fortuna golpeó su puerta.

Ese año, la fábrica Noel lanzó un concurso para bautizar un chocolatín. Miles y miles de nombres fueron sugeridos por los concursantes. Un jurado eligió la propuesta hecha por la niña Elsa Carreta y la golosina llevó el nombre “Kelito”. Pocos días después, la fortuna y un gerente de Noel golpearon la puerta de Schcolnik. El tenaz ruso había sido elegido para fabricar el envoltorio del chocolatín, cuyas ventas fueron masivas. El gran Wolf murió en 1947. Su hijo Enrique continuó con la tarea: diversificó el negocio y aumentó el personal y la producción. Los Schcolnik marcaron el camino del packaging en Argentina.

bookmark icon