La Biblia no habla de Inteligencia Artificial

19 de Septiembre de 2018 - Leandro Zanoni

 


El aprendizaje automático promete cambiar todos los oficios y profesiones que uno imagine. Qué opinan Yuval Noah Harari y Andrés Oppenheimer.

Los tres problemas más importantes de la humanidad (a saber, el cambio climático, la guerra nuclear y la disrupción tecnológica) solo pueden resolverse globalmente. La afirmación es de Yuval Noah Harari, el profesor de Historia israelí que se convirtió en un fenómeno editorial con sus dos libros, Sapiens: de animales a dioses (2014) y Homo Deus. Breve historia del mañana (2016). Ambos llevan vendidos más de 5 millones de ejemplares y fueron traducidos a más de 40 idiomas. Ahora acaba de lanzar el tercero, 21 lecciones para el siglo XXI (Debate), donde reflexiona sobre el presente, las crisis que provocan las fake news en las democracias liberales y el terrorismo, entre otros temas. Analiza los cambios constantes y rápidos que vivimos. ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué tenemos que enseñarles a las nuevas generaciones? ¿Cuál es el futuro del trabajo en el mundo? El tema del mercado laboral en 2050 es uno de los debates más calientes y urgentes de la actualidad. La Inteligencia Artificial (IA) y el aprendizaje automático (machine learning) prometen cambiar todos los oficios y profesiones que uno imagine, desde la abogacía hasta la conducción de autos y camiones, incluso los que requieren de más creatividad como la publicidad. ¿Seremos reemplazados por máquinas?

Sobre los peligros del desempleo masivo y las profesiones que aún no existen charlé con el periodista Andrés Oppenheimer, que acaba de publicar un libro sobre el tema, titulado Sálvese quien pueda (Random House Mondadori). El reportaje está en FORBES de septiembre. La tecnología presenta amenazas y peligros; Harari cree posible que, en un futuro no muy lejano, los seres humanos podamos ser “hackeados”. Es decir, que alguien con la suficiente capacidad tecnológica (¿Facebook? ¿Google?) y biotecnológica pueda acceder a nuestros corazones (los sentimientos) y a nuestros cerebros (los pensamientos) y manipularlos para polarizar a la sociedad.
De esa manera, alguien puede tomar decisiones por nosotros y, a gran escala, poner en peligro el sistema democrático. Por eso, en el siglo XXI, la política ya no sirve para dominar el territorio, sino el flujo de datos. En manos de gobiernos sin control, los datos digitales podrían empujarnos hacia sistemas fascistas, sostiene Harari. “Los algoritmos de macrodatos pueden crear dictaduras digitales en las que todo el poder esté concentrado en las manos de una élite minúscula”, dijo en un reciente reportaje publicado en El País Semanal. Es cierto que los algoritmos de IA toman cada vez más decisiones por nosotros sin que nos demos cuenta o, peor, sin que nos importe. Pero los datos y los algoritmos no tienen conciencia. No pueden imaginar un mundo mejor ni algo que no exista, o cualquier otra cosa para la cual no hayan sido programados. Las personas, en ese plano, todavía llevamos la delantera. El canadiense Steven Pinker, especialista de ciencia cognitiva en Harvard y otro autor best seller, cree que para la IA “los problemas difíciles son fáciles y los problemas fáciles son difíciles”. Como cambiar una decisión sobre la marcha (el libre albedrío), inspirarse y motivarse, sentir amor por el otro o algo tan simple y complejo como soñar. Las máquinas no pueden soñar. Jorge Luis Borges dijo que “uno puede fingir muchas cosas, incluso la inteligencia. Lo que no se puede fingir es la felicidad”.
Tal vez el desafío más grande que tiene hoy la IA no es dejarnos sin trabajo a todos o volverse contra nosotros en forma de robots asesinos (como temen muchos). El desafío mayor es ser capaz de diferenciar cuando una orden fue impartida desde la estupidez, el egoísmo o la crueldad humana.

 

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