Por qué PedidosYa, Rappi y Glovo están cambiando la comida, las compras y el trabajo

19 de noviembre de 2019 - Tomás Rodríguez Ansorena

 



Con campañas de expansión muy agresivas, las apps de delivery crecieron a tasas insólitas en los últimos 20 meses. Pero el fantasma de la regulación empieza a asomar: ¿puede sobrevivir su modelo de negocios con otro tipo de relación laboral?

En uno de los tramos finales de su participación en el debate presidencial, Alberto Fernández dijo que Mauricio Macri “uberizó” la economía argentina. Y que los emprendedores con los que soñaba Cambiemos terminaron siendo “monotributistas que se suben a una bicicleta y reparten pizzas”. Para Fernández, Argentina cayó en un sistema por el cual “el empleador se quita obligaciones y el que trabaja pierde derechos”, en clara disidencia con uno de los nudos centrales del discurso del gobierno saliente, su promesa de reforma laboral y diatriba contra la “industria del juicio”. Pero en una de sus últimas presentaciones antes de las elecciones, en pleno Coloquio de IDEA, el ministro de Producción y Trabajo Dante Sica dejó un mensaje específico sobre esta nueva región de la vida en sociedad: “Necesitamos crear un régimen especial para trabajadores de plataformas”.

Los protagonistas de esta historia son los que cambiaron el paisaje de las principales ciudades del mundo con sus mochilas térmicas ploteadas, esos que dribblean la jungla de cemento en moto o bicicleta camino a su impaciente destinatario. Los repartidores cuyas empresas inundaron con publicidad la vía pública y varios segundos de televisión, esas que se amontonan para ofrecer promociones imposibles en cada video de Youtube. Las apps de delivery son una de las divas del llamado capitalismo de plataformas, un modelo de negocios que, a la manera de Uber (movilidad sin vehículos) y Airbnb (hospedaje sin hoteles), ofrece logística sin relaciones laborales convencionales. Una infraestructura tecnológica que conecta consumidores con comercios y repartidores. Una trinidad que se volvió ultraeficiente por su bajísimo costo, inmediatez y calidad de servicio, a caballo de la capilaridad digital, la flexibilidad, la geolocalización y el big data.

Esta carrera que las empresas corren por llevar las órdenes a tiempo estuvo, al menos hasta ahora, caracterizada por una fuerte inversión en marketing y una agresiva expansión, con tasas de crecimiento inéditas para otras industrias: Glovo, por ejemplo, creció 16 veces desde su fundación en 2015. Pero, a menos de 5 años de su aparición, enfrentan el fantasma de la regulación. En coincidencia con las declaraciones de los políticos argentinos, en todo el mundo empezaron a surgir señales de alerta frente a un régimen de trabajo a destajo hiperflexible, tanto en obligaciones como en derechos. En California (nada menos que el estado de Silicon Valley) se aprobó el mes pasado el proyecto de ley AB 5, que obliga a plataformas como Uber a contratar a muchos de sus choferes a partir del primer día de 2020. En España, el nivel de litigiosidad, con sentencias dispares según región (en Barcelona se le impuso una multa de casi US$ 4 millones a Glovo) pone en cuestión el régimen TRADE (Trabajadores Autónomos Económicamente Dependientes) en el que están inscriptos la mayoría de los riders.

Sumado a estos nubarrones de inseguridad jurídica, fenómenos como la crisis de WeWork, en un mundo que parece decir que se terminó el ciclo de “dinero gratis” que inundó de capital a las startups, obliga a mayores certezas sobre la rentabilidad de un sector que no hizo otra cosa que invertir en expansión. Y vuelve más inquietante la pregunta que se hacen todos: ¿puede sobrevivir este modelo de negocios con otro tipo de relación laboral? PedidosYa, Glovo y Rappi, las principales empresas del mercado argentino, contestan: “depende”. Es más complejo.

EL TIC NO ALCANZA AL TAC

Para Matías Casoy, su CEO en Argentina, “Rappi es una compañía tecnológica que les devuelve tiempo a los consumidores”. Nacida en Colombia en 2015, se convirtió en el primer unicornio del país caribeño luego de levantar US$ 200 millones por parte del fondo DST Global en 2018, y acaba de cerrar otra ronda con la inversión más grande de la historia de una compañía tecnológica de Latinoamérica: US$ 1.200 millones del grupo japonés Softbank para continuar su expansión en el continente. Opera en Brasil, Chile, Perú, Ecuador, México y Paraguay, además de Colombia y Argentina, donde comenzó en enero del año pasado. Desde entonces cuenta 500 empleados, 3 millones de descargas, 7 millones de pedidos y casi 6.000 comercios asociados. Según afirman, cerrarán el año con US$ 100 millones en ventas y una inversión de US$ 10 millones en marketing en todo 2019.

Matías Casoy, CEO de Rappi en Argentina.

Como dice su última campaña publicitaria, Rappi es una “superapp” con la cual podés pedir comida, hacer las compras del supermercado, retirar la ropa del Laverap, sacar plata en efectivo (RappiCash), desbloquear un monopatín (Grin) y pagar con su billetera virtual (RappiPay). Los servicios para los comercios no son menos interesantes. “Les decimos cuán satisfechos están sus clientes, en cuánto tiempo están entregando sus productos en comparación con sus competidores, qué productos son más requeridos en qué zona y en qué día. En supermercados, por ejemplo, tenemos personal shoppers que les informan a los retailers un montón de cosas: qué quieren los usuarios y no encuentran, por ejemplo”. Y a eso agregaron una suerte de última milla del advertisement para grandes marcas, con la idea de llegar con un producto indicado al lugar y el tiempo indicados, para “generar un impacto targeteado en tu potencial cliente”.

Como en el caso de PedidosYa, Rappi comenzó su operación centrado en la comida, pero con el tiempo amplió su espectro a prácticamente todo, tal como el claim de Glovo: “Lo que sea”. “Obviamente, la foto te da que la comida preparada es la mayoría del negocio (alrededor del 75% de 900.000 órdenes mensuales). Hacia adelante, te aseguro que no lo es. El addressable market, como le decimos nosotros, la verdadera oportunidad, está en las compras del súper, la verdulería, la comida para tu perro, las compras en Staples para tu oficina. Es un mercado que quizás hoy no está tan acostumbrado a la aplicación, pero es la propuesta de valor más disruptiva que tenemos”.

Algunos ya las llaman apps “multipropósito”, pero el modelo de negocio es prácticamente igual en todos los rubros: “El usuario compra el producto a precio de ventanilla y paga además el costo de envío, que en promedio es de $ 50 o $ 60, y va íntegramente al repartidor, junto con la propina. Nosotros cobramos una comisión sobre el precio que perciben comercios, restaurantes y tiendas (en gastronomía, ronda el 20%, 25% en promedio)”.

TOUCH AND GO

Aunque no hay números oficiales sobre la cantidad de riders, lo que está claro es que crece todos los meses. Es un universo complejo de medir. Por un lado, el Estado no registra la actividad como tal; por el otro, por el hecho de que los repartidores están habilitados para utilizar varias apps al mismo tiempo. Por eso no es extraño recibir un pedido de Glovo y que el repartidor lleve mochila de PedidosYa y campera de Rappi. Glovo acredita 8.627 repartidores activos en el último mes (de un total de 14.453 inscritos). Rappi, alrededor de 10.500 activos, y PedidosYa, más de 7.000.
Según un reciente informe de CIPPEC sobre trabajo de plataformas en general (tanto de delivery como de transporte, como Uber, o trabajo doméstico, como Zolvers), si antes para la gran mayoría conectarse a una plataforma implicaba un ingreso complementario, ahora, al menos para el 60%, su actividad en la “gig economy” (la de los trabajos temporales) constituye su ingreso principal.

“No son los números que tenemos”, niega Matías Casoy, y afirma que el 90% de los rappitenderos reparten menos de 20 horas a la semana. Y explica: “Nuestra curva de oferta y demanda tiene dos picos durante el día. Tenés uno al mediodía, entre las 12 y las 14, y otro a la noche, entre las 20 y las 23. Son 5 horas donde se concentran el 80% de los pedidos. Entonces, alguien que tiene un trabajo de 9 a 18 puede volver a su casa y salir a repartir 3 horas a la noche, capturar la hora pico, y es algo absolutamente complementario con otro trabajo; tenemos muchísimos estudiantes, también”. Aunque el precio está determinado por oferta y demanda, el promedio de un envío varía entre $ 50 y $ 60 y, según Rappi, un repartidor demora alrededor de 20 minutos en buscar y entregar una orden.

Oscar Pierre, fundador y CEO de Glovo.

Desde Glovo explican que el universo de sus glovers se divide parejamente entre tres modalidades: de uso intensivo extendido en el tiempo; de uso poco intensivo; y de uso intensivo pero en un corto período o en temporadas intermitentes. El último es el caso de jóvenes que recién ingresan al mercado laboral, personas que perdieron su trabajo o los inmigrantes. Más del 60%, dicen, combina el reparto en Glovo con estudios, otra actividad profesional u otra plataforma similar. Alrededor del 50% reparte en bicicleta, y el otro 50% en moto. Glovo, fundada en Barcelona en 2015 por el joven Oscar Pierre (nacido en 1992), llegó a Buenos Aires en enero de 2018, desde donde funciona el hub para toda Latinoamérica, en el que trabajan 150 personas.

Según dicen, el nivel de rotación de sus repartidores es muy alto, lo cual está estrechamente relacionado con la bajísima barrera de entrada. Para inscribirse en cualquiera de las 3 plataformas, solo se requiere estar inscripto como monotributista, contratar un seguro (Rappi, por ejemplo, llegó a un acuerdo con MAPFRE para una póliza ad hoc de accidentes personales) y hacer un trámite online. En cuestión de días, un repartidor ya puede estar trabajando y cobrando por su tarea. Al mismo tiempo, como plantea un responsable de Policy de una de las compañías, “¿qué sector puede decir que emplea sin dudar a personas de cualquier género, preferencia sexual o nacionalidad, de más de 45 años, o a un exconvicto, a cualquiera que pueda ser discriminado por cualquier razón?”.

LO QUIERO YA

“A nivel social”, dijo una vez Niklas Ostberg, “que cada hogar prepare su propia comida todos los días no es eficiente”. El fundador y CEO de Delivery Hero concibe su empresa como una herramienta para transformar un sistema que funcionó más o menos igual durante toda la historia del capitalismo. “Claramente tenemos la ambición de hacer algo que sea tan disruptivo como Uber con la movilidad”, completa Christian Hardenberg, CTO de la compañía alemana, de visita en Buenos Aires junto a Johannes Bruder (CPO) para seguir de cerca la operación de PedidosYa, que forma parte de la “familia” de Delivery Hero desde 2014. “Creemos que hay una oportunidad con la comida. No existe otro vertical con la posibilidad de hacer 90 transacciones por día. Pensalo: desayunás, almorzás y cenás 30 veces al mes. ¿Qué otra cosa hacés con esa frecuencia? Por eso queremos que sea barato (‘affordable’), lo más rápido posible y con la mayor diversidad posible. Así que sí, somos muy ambiciosos”.

Johannes Bruder, CPO, y Christian Hardenberg, CTO de Delivery Hero, en las oficinas de PedidosYa en Buenos Aires.

PedidosYa nació de un ejercicio en el que un profesor les pidió a sus alumnos de la Universidad ORT que idearan un proyecto en pocos minutos. Los uruguayos Ariel Burschtin y Álvaro García pensaron en un servicio online para llevar chivitos a domicilio y algunos meses después, en octubre de 2009, ya se habían asociado a Rubén Sosenke para crear una de las plataformas de más rápido crecimiento en la región, que hoy tiene más de 2.000 empleados en todo Latam y alrededor de 320 en Argentina. En 2014 vendieron el 70% de la compañía a Delivery Hero, la compañía alemana que está presente en más de 40 países, y en el último quarter operó 181 millones de órdenes por un valor de 2.000 millones de euros a nivel global y facturó 391 millones de euros (117% más que el año anterior).

La estrategia de Delivery Hero es expandirse en mercados de gran potencial de crecimiento (hypergrowth, como lo llaman ellos), y por eso vendió la operación de Alemania a Takeaway, uno de sus principales competidores. Prefieren centrarse en Asia y América Latina, mercados que crecen a tasas de entre el 70% y el 100% anual, para adaptar su know how a escala y aplicar soluciones diversas a problemas que suelen repetirse. “Creo que tenemos una diferencia importante con empresas como Uber o Airbnb, que tienen una visión muy centralizada de compañía de Estados Unidos, y ven el mundo esencialmente como un todo igual”, dice Hardenberg. “Nosotros tenemos una infraestructura diferente para cada tipo de mercado; no tenemos que presionar todo para que entre en un mismo marco rígido, lo cual en algunos casos te deja fuera de cumplir las reglas. Somos plenamente conscientes de que lo que funciona en un país puede no funcionar en otro”.

La referencia a Uber no es casual. La compañía, de la cual Horacio Rodríguez Larreta no se cansa de decir que es “ilegal”, arrastra un extenso conflicto en Argentina. Tanto que la AFIP le demanda $ 358 millones en deudas por IVA, Ganancias y cargas sociales por más de 16.000 choferes a quienes no reconoce como “independientes”. La división de delivery de la compañía, Uber Eats, comenzó a operar en 2019 en Mendoza, luego en Córdoba y desde mediados de año en algunas localidades del Gran Buenos Aires (N. del E: al cierre de esta edición, anunciaba su inicio de operaciones en Capital Federal). La gran traba para su expansión es el bloqueo de las tarjetas de crédito y débito emitidas en Argentina.

DELIVERY DE PROMESAS

En abril de 2018, PedidosYa lanzó un hub de logística con repartidores en relación de dependencia para atender a la demanda creciente de los porteños. Menos de un año después, en medio de la crisis, reorganizó su esquema y despidió a unos 400 repartidores, algunos de los cuales siguieron trabajando pero ya como independientes. “Somos conscientes de que toda disrupción tecnológica trae de la mano cambios”, dicen hoy desde el equipo local de la compañía. Y se muestran “siempre abiertos al diálogo” frente a la posibilidad de una regulación distinta.

A menos de un mes de la asunción, fuentes de los equipos técnicos del nuevo gobierno afirman que están trabajando en un estatuto específico de alcance nacional para trabajadores de plataformas que contemple un salario básico (en función de un mínimo de tareas), límite de jornada, ART, derecho a negociación colectiva y un determinado régimen de aportes, pero que al mismo tiempo admita la posibilidad del trabajo a demanda. Un estatuto a medio camino entre el monotributismo y un convenio colectivo más tradicional, que resuelva la seguridad social y mínima estabilidad de los repartidores sin bloquear el dinamismo que incorporan las plataformas al mercado laboral. Y que aproveche la posibilidad que brinda la tecnología de una trasabilidad total de las tareas; como plantean desde las empresas, “es imposible encubrir una relación laboral”.

Un antecedente de la complejidad del asunto es la resolución del juez porteño Roberto Gallardo que bloqueó las actividades de las tres apps en la Ciudad durante un fin de semana por incumplir normas de seguridad vial. La medida no solo despertó las quejas de restaurantes y consumidores, sino la indignación de los repartidores, privados de trabajar. Incluso la Asociación de Personal de Plataformas (APP), “el primer sindicato de plataformas digitales del país” que pide por la regularización de la actividad, se opuso rotundamente. Los tiempos están cambiando, y más rápido de lo que vos pensás.

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