Mujeres y tecnología: la lucha que busca acortar la brecha

28 de octubre de 2019 - Emilia Ganem

 



Ante la escasez de talento, las tecnológicas empiezan a mirar a un grupo subrepresentado en el sector: las mujeres.

Mientras la tecnología siga siendo terreno de hombres, la economía seguirá perdiendo. El sector tecnológico tiene un enorme desafío: generar puestos de trabajo a un ritmo más acelerado que aquel al que crece el número de profesionales con las habilidades y conocimientos necesarios para cubrirlos. A la vez, es uno de los ámbitos más masculinizados y que menos atrae a las mujeres

Asociamos éxito en tecnología con hombres: Steve Jobs, Mark Zuckerberg, Bill Gates. Lo cierto es que la tecnología nació de la mano de mujeres: Ada Lovelace es conocida como la primera programadora de la historia, creadora de un algoritmo ya en el siglo diecisiete. De hecho, hasta los años setenta fueron ellas quienes dominaban este terreno. Luego, con el surgimiento de los videojuegos, los avisos destinados a vender y a contratar en el mundo tecnológico eligieron un target. Buscaban hombres.

Los tiempos cambiaron y hoy la tecnología nos atraviesa como usuarios y como trabajadores de casi todas las industrias. Hasta figura como herramienta clave para la resolución de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible propuestos por la ONU. La oportunidad es enorme. El sector de servicios basados en conocimiento (SBC) –en el que se destaca el área de software y servicios informáticos (SSI)– representa hoy en la Argentina un 6,6% del PBI y ocupa a 1,3 millones de personas. Es el cuarto complejo exportador del país, con más de US$ 2.900 millones en el primer semestre de 2018. Pero además, en un contexto de recesión, no para de crecer: en los últimos doce años lo hizo a una tasa anual acumulativa del 16,1%.

El sector de servicios del conocimiento representa en Argentina un 6,6% del PBI y ocupa a 1,3 millones de personas

Pero todavía estamos atrás. El año pasado, la industria IT tuvo una demanda insatisfecha de 296.000 puestos de trabajo en Latinoamérica. 30.000 fueron de la Argentina, según datos presentados por la Cámara de la Industria Argentina del Software. Si las mujeres participaran en la economía a la par que lo hacen los hombres en ámbitos políticos, económicos y sociales, el mundo se beneficiaría con un crecimiento del PBI del 25%, según datos de McKinsey. En América Latina y el Caribe –la tercera región más dispar en cuestiones de género– esa cifra escalaría al 34%. El panorama es bastante desalentador: estiman que llevaría 202 años alcanzar la paridad en el ámbito del trabajo a escala global, según datos del Foro Económico Mundial.

Afortunadamente, existen empresas, organizaciones y referentes que no están dispuestos a esperar hasta el año 2220 y reconocen la necesidad de acelerar este cambio con mecanismos y estrategias a corto y largo plazo para superar desigualdades de género desde la formación hasta el liderazgo. Una de las oportunidades para lograrlo la ofrece el ámbito que se perfila como el gran generador de empleo del siglo: la tecnología.

Un potencial con barreras

Melina Masnatta, cofundadora y directora de la Asociación Civil Chicas en Tecnología, explica: “La tecnología siempre apunta a un mercado global. Tu expansión de mercado es que tu producto lo use todo el mundo, y si la mesa de decisiones está compuesta por cinco hombres blancos de Silicon Valley vas a tener un problema de diseño por el sesgo que supone, y después solucionarlo va a costar más inversión”.

En 2017, solo el 18,3% de los puestos de tecnología en Silicon Valley estaban ocupados por mujeres. Lo curioso es que, en la Argentina, no hay datos oficiales de cuántas son las mujeres que trabajan en tecnología, ni del valor de sus salarios. Aunque, por primera vez, sabemos cuántas estudian y egresan de carreras universitarias y terciarias vinculadas al sector en el país. En abril de 2019, Chicas en Tecnología junto al BID-INTAL presentaron un estudio que reúne las cifras y datos cualitativos de una brecha que nace desde la elección de la carrera y se incrementa a lo largo de la trayectoria profesional: del total de estudiantes en universidades públicas y privadas de la Argentina, el 43% eligió una de las 1.700 carreras vinculadas a CTIM (Ciencias, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas). El 67% son hombres. El 33%, mujeres. Pero de ese grupo la mayoría elige ciencias básicas, solo un 16% ingresa a carreras vinculadas a tecnología.

La brecha entre esos números conlleva a que “las empresas no puedan elegir candidatos diversos, sobre todo en roles técnicos especializados”, según Claudia Minzi, responsable de Ciberseguridad y Controles de tecnología de J.P. Morgan para América Latina y Canadá y de tecnología en Buenos Aires. Y añade: “Somos conscientes de que la diversidad es clave para generar innovación, ofrecer mejores productos y servicios a nuestros clientes y contar con ideas y perspectivas diferentes a la hora de buscar soluciones”.

Del total de estudiantes de carreras vinculadas a CTIM, el 67% son hombres, el 33% son mujeres

Según Masnatta, la brecha comienza en la infancia y se acrecienta a medida que la mujer crece, a través de sus elecciones, de presiones familiares y culturales, prejuicios y discriminaciones en el mundo del trabajo. “Los juguetes o programas vinculados con tecnología no están dirigidos a mujeres. Esa fue una de las razones para que las mujeres fueran sintiendo que no son buenas en eso. Y que en general elijan carreras sociales o de educación”. Aquellas que logran egresar o incursionar en una carrera vinculada a CTIM o SSI se enfrentan con barreras invisibles que frenan su intento de acceder o mantenerse en determinados puestos, y la posibilidad de crecer y ocupar roles que tengan una mayor incidencia en el ámbito científico y tecnológico. Los llamados “pisos pegajosos” y “techos de cristal”.

Cómo abrir el juego

El de Arbusta es un caso particular: en esta empresa tecnológica que tiene entre su cartera de clientes a Mercado Libre, YPF y Macro, trabajan 300 personas y el 60% son mujeres. Paula Cardenau, una de sus fundadoras, cuenta: “Desde el principio, determinamos que vamos a ser siempre más mujeres que varones. Buscamos ir en contra de la tendencia de la industria. Ellas se suelen acercar más por el trabajo que por el interés en tecnología, pero al entrar se entusiasman y generan transformaciones”. Para la búsqueda de nuevos perfiles, el equipo de Arbusta desarrolló una táctica para atraerlas. “Venían muy pocas mujeres. Nos dimos cuenta de que, por ser una empresa de tecnología, se sentían menos convocadas. Entonces cambiamos la política de comunicación para poner explícitamente mujeres en las fotos y usar un lenguaje que las incluya.

Empezaron a venir muchas a las entrevistas. Así, no tuvimos que hacer cuota ni discriminación positiva porque nos aseguramos de tener mucha cantidad de mujeres y de que las entrevistas fueran rigurosas para detectar el potencial de cada candidata o candidato”. El trabajo en Arbusta incluye también formación, por lo que no hay una barrera de entrada en ese sentido y el talento es ilimitado.

Por su parte, desde las áreas de tecnología de J.P. Morgan implementaron una serie de programas para facilitar el acceso. Uno de ellos es TechConnect, un programa que enseña a jóvenes profesionales con diversos expertise a programar, para que puedan insertarse en áreas técnicas. “Además, apoyamos a asociaciones que impulsan la inserción de mujeres en el mundo laboral y tecnológico, como Chicas en Tecnología, ADA y LinuxChix”, subraya Minzi. Para promover la permanencia en el trabajo y que el género no sea una barrera, en el banco desarrollaron iniciativas que apuntan a mejorar las habilidades de las empleadas, impulsar sus carreras y apoyarlas especialmente en las distintas etapas de la maternidad, con flexibilidad laboral y ayudas para el cuidado de los niños. “Hemos visto que es importantísimo también que los líderes hombres respalden estos esfuerzos. Nuestro programa Menas Allies identifica a estos líderes y los forma para que se conviertan en mentores, modelos y mantengan encuentros regulares con empleadas más junior”, añade.

Masnatta asegura que la falta de modelos mujeres en la industria, en especial del país o la región, es uno de los principales factores que contribuyen al prejuicio de que es un “ámbito de hombres”, ya que no se puede querer ser lo que no se ve. La experiencia indica que, cuando una mujer tiene un rol de líder, influ e positivamente en las más junior y promueve una cultura más integradora. Muchas empresas internacionales de core tecnológico hoy cuentan con mujeres en roles de liderazgo, como el caso de Sheril Sandberg, directora de operaciones en Facebook, Susan Wojcicki, CEO de YouTube, o Julie Sweet, flamante CEO de Accenture.

Cardenau afirma: “No hacemos nada diferente. Los salarios y las promociones internas son exactamente iguales. El crecimiento para todos tiene más que ver con cómo cada uno se conecta con su propio potencial y lo va sacando”. Pero luego agrega: “Tenemos una política muy clara de acompañar con información, con contención psicológica y con licencias. Todo esto, con un nivel de exigencia muy importante en lo laboral”.

No es gratis. No sucede sin esfuerzo. Es una decisión. Hay casos de compañías que tuvieron que invertir millones de dólares para igualar los salarios, una vez que se enfrentaron con sus propios índices. ¿Cómo empezar? “Hay que revisar y transparentar los datos y prácticas de las empresas. Hacer una observación profunda. Compartir dónde están los desafíos. Es necesario tomar la decisión de invertir en esto”, aconseja Masnatta, y concluye: “Pero sobre todo empresas, Estado y organizaciones sociales debemos unirnos como ecosistema para impulsar la formación. Para una verdadera integración es necesario que todos desarrollen sus habilidades de liderazgo, creatividad, de resolución de problemas, de aprender a experimentar y lidiar con los errores. Con enseñar programación no alcanza. La tecnología es donde se van a rediseñar las reglas del juego político y económico. Y, si las mujeres quedan afuera, perdemos todos”.

 

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