La historia de una dulce conquista

25 de octubre de 2019 - Daniel Balmaceda

 



En 1924, Amos Pagani viajó desde Friuli, nordeste de Italia, escapando del fascismo y con un destino concreto. Uno de sus hermanos se había radicado en Arroyito, un pueblo situado a unos 100 kilómetros al este de la ciudad de Córdoba. Amos, al igual que la Argentina de entonces, soñaba en grande. Traía un oficio aprendido, el del panadero, y sabía que aquí no se venía a perder el tiempo.

Trabajó durante un año en todo lo que le permitió su cuerpo, en actividades agrícolas y como dependiente en una panadería. Logró su objetivo con creces, ya que pasada esta primera etapa no solo instaló su propio negocio: también pudo traer a sus padres y hermanos.

En 1927 abrió otra panadería y ocho años más tarde fabricaba caramelos de leche. Sus tres hijos varones –Fulvio, Renzo y Elio– lo ayudaban fraccionando galletitas y golosinas compradas a granel. Fulvio Salvador, el mayor con 18 años, advirtió que las 100 fábricas de golosinas de la época ofrecían muchos productos, pero en pequeña escala. Con el impulso de su corazonada, convocó a sus amigos –además de Renzo y Elio, Tito, Pablo y Vicente Maranzana, Mario Seveso y Enrique Brisio (todos hijos de inmigrantes)– para embarcarlos en un pretencioso proyecto: producir 5.000 kilos de caramelos diarios para entrar en la categoría de escala masiva. Era el comienzo de una de las empresas más prolíficas del país.

En los inicios, en el pueblo se cortaba la luz desde la medianoche hasta las seis de la mañana. Por ese motivo, muchas de las cajas de caramelos terminaban armándose en las casas de las familias fundadoras, a la luz de las velas.

El emprendimiento de los ocho jóvenes revolucionó al pueblo cordobés. La comunidad fue creciendo al compás de Arcor (el nombre de la compañía surgió de las palabras que marcan la ubicación de aquella primera fábrica: Arroyito y Córdoba), ya que las necesidades de la empresa fueron cubiertas por los propios vecinos. Los 4.000 habitantes de Arroyito confia on en estos jóvenes emprendedores, estableciendo compromisos sólidos con la flamante fábrica

Por otra parte, vendedores recorrían el país con una valija marrón con diferentes pisos, como si fuera un pequeño exhibidor de kiosco, donde podían verse las muestras. A fines de los años 50 comenzaron a hacer campañas publicitarias de alcance nacional a través de los medios de comunicación, promocionando los aún inigualables bocaditos Holanda.

Nada detenía al huracán Arcor que, apenas alcanzaba un objetivo, proyectaba otro. Obtener permisos de importación de equipos modernos y convertirse en productores de materia prima fueron pasos fundamentales para su expansión.

El deseo de ganar mercados pudo cumplirse recién en 1968, cuando enviaron dos containers de caramelos de leche a los Estados Unidos. Pero el sueño cumplido se convirtió en pesadilla: transportados en bodega común, se derritieron al pasar por el Ecuador. Arcor decidió hacerse cargo de su propia factura, actitud que le dio la suficiente credibilidad para establecer una sólida relación con esos nuevos clientes.

Fulvio ejerció un liderazgo casi paternalista. Era hombre de profundas convicciones religiosas, padre de seis hijos, conversador afable, educado y respetuoso. En plena labor, murió como consecuencia de un accidente de tránsito el 29 de diciembre de 1990. Para entonces Luis, uno de sus hijos, tenía 35 años y ocupaba el cargo de director comercial de la empresa.

Tres años más tarde se haría cargo de la presidencia, convirtiendo a Arcor en una de las multinacionales de mayor peso en la región, y un ejemplo de éxito y expansión internacional.

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