Vendedor arrepentido

2 de Enero de 2019 - Parmy Olson

 


Cuando Facebook pagó US$ 22.000 millones para quedarse con Whatsapp, su creador Brian Acton se transformó en uno de los más ricos de Estados Unidos. Sin embargo, sus diferencias con Mark Zuckerberg lo llevaron a renunciar y resignar US$ 850 millones. Por primera vez, Acton explica qué fue lo que pasó.

El cofundador de WhatsApp, Brian Acton, está sentado en la cafetería del lujoso Four Seasons de Palo Alto, California, y la única manera de adivinar que tiene un patrimonio de US$ 3.600 millones quizás sea la propina de US$ 20 que deja por su café. Macizo, con una gorra de béisbol y la remera de un evento corporativo de WhatsApp, está decidido a evitar las comodidades del dinero. La concesionaria de Honda le acaba de mandar un SMS que dice: “Pago recibido”. Apunta a su teléfono. “Esto es lo que quería que la gente hiciera con WhatsApp”, dice, refiriéndose al servicio de mensajería más grande del mundo, que utilizan 1.500 millones de personas y cuyo atractivo principal es la posibilidad de enviar mensajes cifrados libres de toda publicidad. “Esto era informativo y útil”.

Hace cuatro años, Acton y su socio Jan Koum vendieron WhatsApp a Facebook. Fue una de las adquisiciones del siglo, por US$ 22.000 millones. Acton se fue de Facebook hace un año, diciendo que quería trabajar en una organización sin fines de lucro. En marzo, cuando los detalles de Cambridge Analytica empezaron a salir a la luz, publicó un tweet que se hizo viral: “Es hora. #deletefacebook”.

Desde entonces, no volvió a twittear. Esta es la primera vez que habla en público. Sufriendo la presión de Mark Zuckerberg y Sheryl Sandberg por monetizar WhatsApp, Acton resistió mientras Facebook cuestionaba el cifrado de mensajes que él había ayudado a desarrollar y sentaba las bases para incluir publicidad y facilitar los mensajes de empresas. Se fue un año antes de recibir la última porción de su paquete de acciones. “Fue como, ok, ustedes quieren hacer esto que yo no quiero hacer”, dice. “Es mejor si me salgo del paso. Y eso hice”. Quizás fue la postura moral más cara de la historia. Acton tomó una captura de pantalla del precio de las acciones en el momento en que abandonaba la empresa: su decisión le costó US$ 800 millones.

También pagó caro para poder decir lo que piensa. “En el arreglo final trataron de incluir un acuerdo de confidencialidad”, dice. “Esa fue una de las razones por las que me tembló un poco el pulso al tratar de arreglar con ellos.”

Facebook quizás sea la empresa más investigada del planeta, si bien puertas adentro controla su imagen y su información con una ferocidad digna del Kremlin. “Gracias a la incansable dedicación del equipo, hoy WhatsApp ocupa un lugar importante en la vida de más de mil millones de personas, y estamos entusiasmados por lo que vendrá”, dice un vocero de Facebook. Ese tipo de respuesta esconde el tipo de problemas que también acaban de motivar la renuncia de los fundadores de Instagram. Kevin Systrom y Mike Krieger se enojaron con Facebook y la presión de Zuckerberg. El testimonio de Acton sobre qué pasó con WhatsApp –y sobre lo que Facebook planea hacer con la app– es una oportunidad única para examinar de cerca una empresa que es árbitro mundial de la privacidad y a la vez custodio de los hechos.

También es una historia con la que puede identificarse todo emprendedor idealista: ¿qué pasa cuando creás algo increíble y luego se lo vendés a alguien cuyos planes son muy distintos? “A fin de cuentas, vendí mi empresa –dice Acton–. Vendí la privacidad de mis usuarios por un beneficio mayor. Tomé una decisión y transé. Y tengo que vivir con eso todos los días”.

Acton nunca desarrolló una relación personal con Zuckerberg. “No sabría decirte mucho acerca de él”, dice. En una de sus varias reuniones, Zuckerberg le dijo sin ningún romanticismo que WhatsApp, a la que habían concedido cierto grado de autonomía dentro del universo Facebook y que por un tiempo siguió operando en sus propias oficinas, para él era “un grupo de productos, como Instagram”.

Por lo cual Acton no sabía qué esperar cuando Zuckerberg lo invitó a su oficina en septiembre pasado, más o menos por la época en que avisó a los capos de Facebook que se iba a ir. Los contratos de Acton y Koum incluían una cláusula que les otorgaba el derecho de retirar todas sus acciones –que estaban recibiendo a lo largo de un plazo de cuatro años– en caso de que Facebook comenzara a “implementar medidas de monetización” sin su consentimiento. Para Acton, era fácil invocar la cláusula. La combinación Facebook-WhatsApp fue confusa desde el principio. Facebook tiene una de las redes de publicidad más grandes del mundo. Kourn y Acton odian la publicidad. El valor agregado que Facebook ofrece a sus clientes es la información que tiene de sus usuarios; los fundadores de WhatsApp eran militantes proprivacidad.

A Zuckerberg esa discrepancia le resultaba frustrante. Facebook, dice Acton, había decidido hacer dinero con WhatsApp de dos maneras. Primero, incluir publicidades en la nueva pantalla de Estados, lo cual para él era como romper el contrato con sus usuarios: su lema para WhatsApp era “Sin publicidad, sin trampas”. Una contradicción con una empresa madre que recibe el 98% de sus ganancias de la publicidad. Otro lema era “Tomate el tiempo para hacerlo bien”, en oposición directa a “Movete rápido y rompé cosas” (el título del libro de Jonathan Taplin sobre Facebook, Google y Amazon).

Por otro lado, Facebook también quería vender herramientas con las que las empresas pudieran mensajear a usuarios de WhatsApp. Ya con las empresas adentro, la idea era luego venderles datos. El problema era el hermético cifrado de extremo a extremo que impedía que tanto WhatsApp como Facebook leyeran los mensajes. Según Acton, si bien Facebook no planeaba quebrar el cifrado, los capos sí lo cuestionaron y “sondearon” maneras de ofrecer a las empresas información sobre los usuarios de WhatsApp.

Los planes de Facebook siguen siendo inciertos. Cuando los legisladores estadounidenses le preguntaron a Sandberg, jefa de operaciones de Facebook, si WhatsApp seguía usando cifrado de extremo a extremo, en lugar de responder directamente sí o no, se limitó a decir: “Creemos fuertemente en el valor del cifrado”. Un vocero de WhatsApp dijo que empezarían a mostrar publicidad en la pantalla de Estados el año que viene, pero que, aun cuando las empresas empiecen a mensajear a los usuarios, “los mensajes permanecerán cifrados de extremo a extremo. No hay intención de cambiar eso”.

Acton había propuesto monetizar WhatsApp con un modelo basado en el usuario, a quien se le cobraría un centavo luego de que agotara un gran número de mensajes gratuitos. Sandberg descartó la propuesta. Sus palabras fueron: “No es escalable”. “Una vez se lo dije en la cara”, dice Acton, quien sospechaba que había “codicia”. “Le dije: ‘No, no querés decir que no es escalable. Querés decir que no va a hacer tanta plata como…’, y medio que vaciló un poco. Ahí pasamos a otro tema. Creo que mi punto quedó claro. Son empresarios, buenos empresarios. Pero representan una serie de prácticas empresariales, de principios, de políticas y una ética con la que no necesariamente estoy de acuerdo”.

Cuando Acton entró en la oficina de Zuckerberg, había un abogado de Facebook. Acton dejó en claro que el desacuerdo –Facebook quería monetizar a través de publicidad, él a través de usuarios muy activos– implicaba que él podía recibir todas sus acciones. El equipo legal de Facebook no estaba de acuerdo. En lugar de reclutar sus propios abogados o tratar de encontrar un terreno común, Acton decidió no pelear. “A fin de cuentas, vendí mi empresa”, dice. “Soy un vendido. Lo tengo que reconocer”.

Su moral –o acaso su ingenuidad, dado lo que es esperable de una venta por US$ 22.000 millones– le viene de las matriarcas de su familia. Su abuela puso un club de golf en Michigan, su madre fundó una empresa de transporte internacional en 1985, y le enseñó a tomarse las responsabilidades empresariales seriamente. Justo antes de vender WhatsApp, Acton le contó a FORBES que su madre “a veces no dormía pensando en cómo pagar los salarios”.

Acton se licenció en Ciencias de la Computación en Stanford, y en 1996 se convirtió en uno de los primeros empleados de Yahoo. El activo más valioso que consiguió fue la amistad de Koum, un inmigrante ucraniano con el que pegó buena onda porque compartían la actitud antitonterías. “Los dos éramos medio nerds, medio aparatos”, contó en la entrevista anterior. Acton se fue de Yahoo en 2007 para viajar por el mundo antes de volver a Silicon Valley donde, irónicamente, fue a una entrevista para entrar en Facebook. No funcionó, así que se unió a WhatsApp, la flamante start-up de Koum, y adquirió el estatus de cofundador.

Zuckerberg contactó a Koum por primera vez en abril de 2012, por mail, para un almuerzo. “Nuestra empresa no estaba a la venta –recuerda Acton–. No estábamos planeando una salida”. Pero hubo dos cosas que dispararon la megaoferta de Zuckerberg. Una fue enterarse de que los fundadores de WhatsApp habían sido invitados a la central de Google en Mountain View. La otra fue un estudio de Michael Grimes, de Morgan Stanley, que analizaba el valor de WhatsApp.

El acuerdo más grande de la década se organizó a las apuradas en las oficinas de los abogados de WhatsApp durante el fin de semana de San Valentín. Había poco tiempo para analizar los detalles, como la cláusula de monetización. “Estábamos Jan y yo diciendo simplemente que no queríamos publicidad en nuestro producto”, dice Acton. Recuerda que Zuckerberg dio su “apoyo” a los planes de WhatsApp de desarrollar un sistema de cifrado extremo a extremo, a pesar de que dificultaría la recolección de datos de los usuarios. En todo caso, “tuvo muy buena disposición” durante las conversaciones.

No era fácil cuestionar las verdaderas intenciones de Zuckerberg cuando les estaba ofreciendo US$ 22.000 millones. Dieciocho meses más tarde, WhatsApp publicó nuevos términos de servicio en los que ambas cuentas quedaban vinculadas. Facebook tuvo que pagar una multa de US$ 122 millones por brindar “información incorrecta o engañosa” a la UE, en la previa de la venta. Solo fueron una parte de los costos del negocio, ya que el acuerdo se consolidó y hasta el día de hoy la vinculación de las cuentas sigue en pie.

“Solo revivir eso ya me da bronca”, dice Acton. Vincular las dos cuentas fue un primer paso crucial para monetizar WhatsApp. Durante la discusión de estos cambios, Facebook buscó “derechos más amplios” sobre la información de los usuarios, dice Acton, pero los fundadores de WhatsApp se resistieron y finalmente llegaron a un acuerdo. Habría una cláusula que prohibiría la publicidad, pero Facebook igual vincularía las cuentas para poder sugerir amigos y ofrecer a sus clientes mejores objetivos publicitarios en la red social. WhatsApp sería el canal de entrada; Facebook, el de salida.

Acton y Koum pasaron horas tratando de reescribir los términos del servicio, pero quedaron trabados en una sección relativa a los mensajes por parte de empresas. “Nos obsesionamos con esos dos párrafos”, recuerda Acton. Fue ahí que perdieron la batalla contra la publicidad, cuando un abogado les sugirió enfáticamente que incluyeran un permiso para el “marketing de productos”, de modo que, si una empresa llegaba a usar WhatsApp para hacer marketing, WhatsApp no tendría la responsabilidad.

Los fundadores de WhatsApp hicieron lo que pudieron para retardar los planes de monetización de Facebook. Pero, tres años luego del acuerdo, Zuckerberg se estaba impacientando, dice Acton, y expresó su frustración en una reunión con todo el personal de WhatsApp. “Las proyecciones de nuestro director de Finanzas, el horizonte a diez años: querían y necesitaban demostrar a la gente de Wall Street que los ingresos de WhatsApp seguían creciendo”, recuerda. Internamente, Facebook había fijado el objetivo de US$ 10.000 millones en ingresos por cinco años de monetización.

“Esto era lo que odiaba de Facebook y también lo que odiaba de Yahoo –dice–. Si podíamos ganar un mango, lo hacíamos”. En otras palabras, era hora de irse. Koum se quedó. Faltaría tiempo hasta recibir sus últimas acciones. Se terminó yendo en abril, un mes después del #borrenfacebook de Acton.

Acton apoya a Signal, una app de mensajería desarrollada por el experto en seguridad informática Moxie Marlinspike, cuya misión es priorizar al usuario por sobre las ganancias. Acton le donó US$ 50 millones y convirtió la start-up en una fundación. En definitiva, Acton está recreando WhatsApp en la forma pura e idealizada con la que empezó: mensajes y llamadas gratis, cifrados de extremo a extremo y sin ninguna obligación de incluir publicidad.

Según Saul Klein, uno de los inversores más importantes de Londres, Facebook se verá forzada a ofrecer una opción libre de publicidad. Quizás el modelo de Acton, basado en el consumo del usuario, termine riendo al último. Por su parte, él trata de mirar hacia adelante. Además de Signal, destinó US$ 1.000 millones de lo que recibió de Facebook a iniciativas filantrópicas. También dice que está decidido a criar a sus hijos de manera normal, desde una escuela pública a la minivan de Honda, pasando por una casa (más o menos) modesta que, señala Acton, queda a apenas 15 cuadras del complejo de Zuckerberg. Al parecer, la riqueza extrema “no es tan liberadora como uno cree”.

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