Susana Malcorra “La grieta no construye un país”

30 de Mayo de 2019 - Delfina Krüsemann

 


Tras su paso por la Cancillería y con 40 años entre el sector privado y las Naciones Unidas, Susana Malcorra analiza los principales desafíos globales en materia de economía, política y género. Su visión de Macri y las elecciones.

Después de 25 años en el sector privado (hizo carrera en IBM Argentina, donde entró en 1979 con el título de ingeniera eléctrica todavía fresco, y llegó a ser nombrada la primera CEO mujer de Telecom, en 1993), otros 11 en las Naciones Unidas (donde fue designada por Ban Ki-moon como su jefa de gabinete) y 18 meses como Canciller de la Argentina con Macri recién electo, Susana Malcorra admite que, por primera vez en su vida, disfruta de las bondades de ser “freelance”. “Estoy apasionada, ocupada, con la convicción de que ya no voy a trabajar en relación de dependencia, sino que voy a ser mi propia jefa”, dice por teléfono desde Madrid, donde reside desde que renunció a su cargo en el Gobierno “por cuestiones estrictamente familiares y personales”, aclara.

Sin embargo, afirmar que Malcorra está tranquila sería un error. “Descubrí que uno de mis grandes problemas es decir que no. Tengo más trabajos que nunca”, se ríe. A saber: es miembro de más de diez organizaciones alrededor del mundo, desde el Consejo Directivo del Diálogo Interamericano, en Washington D. C., hasta el Global Future Council on Geopolitics del Foro Económico Mundial, en Davos. En Argentina, desde 2016 es socia honoraria de Marianne, la asociación de mujeres francoargentinas que promueve los lazos con el país europeo mediante líderes destacadas en los negocios, las ciencias y la cultura. “Hoy me aboco, sobre todo, a cuestiones vinculadas con geopolítica y género. También hago aportes en el sector privado, ya que por lo general los análisis de riesgo de las empresas no terminan de profundizar en el contexto geopolítico ni conectan bien todo esto con las cuestiones de mercado. De hecho, es algo que suele subestimarse pero tiene un impacto enorme en los negocios”, indica la mujer reconocida con diversas órdenes de mérito en España, Bolivia, Chile e Italia, además de recibir el premio al Liderazgo Global de las Naciones Unidas y entrar en el Salón Internacional de la Fama del International Women’s Forum (IWF).

Su activismo con las cuestiones de género quedó plasmado en Pasión por el resultado (Editorial Planeta), biografía que lanzó en octubre de 2018, y más recientemente en la Carta Abierta que impulsó junto con otras 42 líderes de organismos multilaterales en respuesta a los movimientos políticos que “buscan frenar y erosionar la igualdad”.

¿Cuál es tu visión hoy de los avances en igualdad de género?

Se ha recorrido un camino y ahora hay una noción fuerte del aporte que trae la mujer a todos los ámbitos. Dicho esto, cuando mirás los grandes números, no estamos bien. Por ejemplo, en la política: en el ámbito legislativo, en muchos países se obligó a los partidos a cumplir un cupo y así se avanzó mucho, pero en el ámbito ejecutivo y en la Justicia, la mujer todavía tiene una participación bajísima. El sector corporativo no es diferente: es muy baja la cantidad de empresas que tienen una mujer encabezando la organización, y en los directorios los porcentajes también son bajísimos. Sin una acción más proactiva, ONU Mujeres proyecta que, al ritmo que vamos, recién a mediados del siglo 22 lograremos la igualdad. Es una barbaridad. La igualdad no es solo un tema de justicia; la sociedad es mitad masculina y mitad femenina: si el 50% no está desarrollándose en total plenitud, eso implica un enorme impacto social y económico. El producto bruto del mundo está afectado por la subutilización de la mitad de su población.

¿Cómo ves el surgimiento de líderes como Trump o Bolsonaro, que consiguen votos a pesar de sus dichos en contra del avance de la mujer?

Estoy muy preocupada. Hay muchos movimientos nacionalistas, populistas, con una visión neoconservadora de “el país primero que los demás”, y dentro de esta propuesta, ven el derecho de la mujer como un peligro que debe administrarse y frenarse. Apelan a volver atrás, a “la grandeza del pasado”, a la economía de los años 50 y 60… En esa confluencia de conceptos, se cuestiona no solo a la mujer sino también a los mismos derechos humanos. Cuando ves que surgen movimientos así en Estados Unidos, en Brasil, en distintas partes de Europa y también en Asia, uno se pregunta en qué está fallando la democracia en el sentido de dar respuesta al ciudadano.

¿Cómo respondés a esa pregunta?

Es una combinación de factores, hay que ser cauto en el análisis. Nada es casualidad, siempre hay una causalidad. Pero creo que, postcaída del comunismo, hubo una década de optimismo con respecto al capitalismo y la democracia liberal representada por Estados Unidos y Occidente. Pero el ataque a las Torres Gemelas en 2001 resquebrajó ese optimismo y, con la crisis de 2018, la gente sintió que el liderazgo estaba muy presto a rescatar a sectores como el financiero y el automotriz, pero no tomaba las mismas decisiones rápidas e impactantes cuando se trataba de su bienestar. Entonces empezaron a buscar otras alternativas, con un sesgo más egoísta, de querer “salvarse”, y así surgieron candidatos con un mensaje “canto de sirena”. De todos modos, hay que ser muy respetuoso de lo que la gente elige. No podemos suponer que el que piensa distinto no tiene derecho de asumir el poder. Eso va en contra de la esencia de la democracia.

Pero ellos son líderes de sesgo autoritario. ¿La democracia falló?

Evidentemente la gente busca estas alternativas más autoritarias porque siente que el sistema democrático, que requiere generación de consenso y buscar soluciones compartidas, es muy lento e ineficiente. Algo tenemos que hacer para lograr que la democracia le sirva a la gente. También creo que hay un problema de liderazgo en el mundo: perdimos el norte porque nos convertimos en una máquina electoralista impulsada por el marketing.

Hay elecciones en Argentina…

El problema no es tanto que tengamos elecciones cada dos años, eso pasa en muchos países del mundo, sino más bien que esas elecciones no suceden con un hilo conductor. Uno de los grandes temas que tenemos es la carencia de una visión común de qué país queremos en el mediano plazo. Hay muchas naciones en las que se turnan las derechas y las izquierdas, con acuerdos básicos sobre qué cosas no se van a poner en discusión; en todo caso, se discuten las tonalidades. Eso no existe en Argentina y no es algo que se le pueda reprochar a este gobierno ni al anterior, es algo histórico. Está todo más librado a qué piensan los candidatos particulares de turno. La grieta se profundiza desde ahí: electoralmente, es más conveniente explotar la diferencia que buscar el terreno en común. Así, cada elección se transforma en un test de vida o muerte y se vuelve profecía autocumplida, porque todo el mundo tiene una excusa para no tomar decisiones, incluido el sector empresario, que de alguna manera se hace cómplice y tampoco aporta de manera significativa en el desarrollo del país.

¿Cuál es tu balance de tu paso por el Gobierno como Canciller?

No estaba en mis planes, el llamado de Macri me tomó por sorpresa. Acepté no por ser cercana a él ni al Pro: yo soy radical, pero sentí que era el momento de volver y hacer algo por el país. Creo que lo logré, porque pusimos a la Argentina de nuevo en el radar global: vinieron líderes que antes era impensado que vinieran, y el presidente fue recibido por el mundo con enorme expectativa positiva. Por supuesto, quedaron cosas por hacer, como el acercamiento con India, o apuntar más a África, un continente al que la Argentina tendría que acercarse más. Pero la cantidad de contactos, reuniones, visitas y acuerdos que concretamos en 18 meses no se había hecho en los últimos 15 años.

¿Los argentinos entendemos cómo funciona el mundo?

En primer lugar, somos argentinocéntricos. Hay una sensación de que el mundo está desesperado por la Argentina, y eso no es así. Podemos aportar mucho, pero tenemos que hacer un esfuerzo por ser vistos y creídos como un socio confiable, previsible. Y esas cosas no siempre resaltan como características de la Argentina. Además, nos creemos grandes conocedores del mundo, y tampoco es así. Por ejemplo yo, como canciller, muchísimas veces expliqué que no habría lluvia de inversiones, porque el proceso de decisión de inversiones lleva tiempo, tiene ciclos: no es que, si Macri visita un país, al día siguiente llega el capital.

La visión de un gobierno también lleva tiempo de consolidar. ¿Querés que Macri continúe su gestión?

Lo que me gustaría es que los argentinos piensen con perspectiva de tiempo y de futuro: ¿vale la pena darle otros cuatro años? Si es un no, que sea entendiendo que lo otro que voten no será un cambio milagroso. Dicho esto, en términos generales, el ciclo de cuatro años es un ciclo corto, que te impide llegar a grandes transformaciones. Y ocho años sirven para probar efectivamente si sos capaz de generar esas transformaciones. Ahora, para lograr esa chance, hay que lograr enamorar a los ciudadanos, apelar a una visión que ellos compartan. Ese es el desafío.

¿Qué opinás de la gestión de Macri?

Creo que la realidad de lo que le tocó gestionar fue más compleja y difícil de lo que estimó su equipo. Yo entré solo una semana antes de que fuera elegido presidente, pero mi impresión es que no había un inventario completo de la situación, lo cual hizo que algunas medidas no se tomaran –o se tomaran parcialmente– porque no había desde el día cero una total conciencia de dónde se estaba parado. Tomó un tiempo interesante lograrlo y creo que eso fue parte del problema. Mucha gente dice que Macri no fue claro, que no transmitió la realidad. Yo creo que, en parte, quiso ser optimista, pero también hubo carencia de información. Sea como sea, esto pasó hace más de tres años, ya no se puede mirar para atrás. El hoy es producto de las decisiones de hoy, y hay que mirar para adelante.

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