Space Gauchos

4 de Enero de 2019 - Delfina Krüsemann

 


Son argentinos y forman parte de la camada de emprendedores “genios/locos” que buscan llevar la industria espacial al siguiente estadío de desarrollo exponencial. Una odisea que podría hacer crecer el sector –hoy valuado en US$ 350.000 millones– hasta alcanzar US$ 1 trillón en 2040.

El auto avanza por las calles anchas del Ames Research Center (ARC), el centro de investigación de la NASA en Mountain View, California, ubicado a solo diez minutos al sur de Palo Alto –donde se encuentra la Universidad de Stanford y operan compañías como Tesla y Hewlett Packard– y a otros diez hacia el norte de Cupertino, los headquarters de Apple. Estamos en el corazón de Silicon Valley, a pasos nomás del lugar que Google eligió para construir Googleplex, su gigantesco campus corporativo, y el ARC se encuentra a la altura de este tipo de vecinos: alberga el túnel de viento más grande del mundo; tiene áreas dedicadas a la astrobiología, los nanosatélites, la supercomputación y la búsqueda de planetas habitables, entre muchas otras disciplinas; y, como si fuera poco, es la sede de la ya legendaria Singularity University.

Diego Favarolo, creador de Space AI, y Marcos Franceschini y Santiago Tempone, cofundadores de Skyloom, saben que son parte de un grupo selecto y reducido de argentinos que pueden pasearse por esta meca de la innovación casi como locales, cada vez que requieren la opinión de algún “amigo” en la NASA o, en esta ocasión particular, para posar para las fotos de FORBES entre antiguos hangares de naves espaciales y cohetes en desuso. Sin embargo, no perdieron su capacidad de asombro: ahora mismo, tienen la atención clavada en la pantalla del auto donde una transmisión por streaming muestra a Elon Musk a punto de revelar quién será el primer pasajero comercial de SpaceX en orbitar la Luna, en 2023. Los tres argentinos tienen sus teorías acerca de quién podría ser el misterioso cliente que pagó decenas de millones de dólares por su ticket –la cifra exacta se mantiene secreta–, pero ninguno logra anticipar la respuesta: será Yusaku Maezawa, el fundador del retailer online Zozo y el 18° japonés más rico del mundo, con una fortuna valuada en US$ 2.800 millones.

Marcos Franceschini y Marcos Tempone, fundadores de Skyloom.

Maezawa no irá solo: lo acompañarán entre seis y ocho artistas, en el marco del proyecto #dearMoon. “Si Pablo Picasso hubiese visto la Luna de cerca, ¿qué obras habría pintado? Si John Lennon hubiese visto la curvatura de la Tierra, ¿qué canciones habría compuesto?”, se pregunta el multimillonario desde la pantalla del auto. Y entonces, Favarolo, Franceschini y Tempone no pueden disimular una sonrisa cómplice. Es que ellos también se sienten parte de una gran utopía espacial que, durante décadas, vivió casi exclusivamente en las novelas de ciencia ficción pero ahora, por fin, se convierte en certera y definitiva realidad. Y una por demás prometedora.

Algunas cifras: en 2011, había unas 125 empresas espaciales privadas; para 2017, ya eran casi 1.000 y, para 2026, se proyecta que serán 10.000. No es para menos: solo de enero a marzo de este año, el sector cerró unos 20 acuerdos por casi US$ 1.000 millones, según la firma VC Space Angels. Así las cosas, Morgan Stanley estima que la industria espacial vale hoy alrededor de US$ 350.000 millones, pero llegará a triplicar su valor y superar el US$ 1 trillón para 2040. Para el Bank of America Merrill Lynch, ese número se queda corto: en 30 años, augura que será un negocio de US$ 3 trillones.

Diego Favarolo, creador de Space AI.

¿Cuál es la clave de este crecimiento exponencial? Sin dudas, la baja de las barreras de entrada. Si a la NASA le costaba US$ 70 millones enviar una misión al espacio hasta hace pocos años, hoy empresas como SpaceX prometen ofrecer muy pronto viajes de tres horas a la estratósfera por US$ 100.000. “Es lo mismo que pasó con la PC en los 80. La computadora ya existía pero era grande, cara, inaccesible para la gran mayoría. Hasta que la PC, al bajar el nivel de complejidad y aumentar el acceso con precios económicos, generó infinitas nuevas posibilidades y dio lugar a una revolución que cambió la historia. Hoy la tecnología espacial vive el mismo momento previo a la gran explosión. Es la misma película, casi 40 años después”, analiza Favarolo, quien algo de idea tiene si de disrupción se trata.

Un breve repaso por su CV: a los 18, cofundó el portal de empleos Bumeran, que llegó a conformar el top 10 de las empresas tecnológicas de Latam; en 2011, fue miembro de la segunda camada de la por entonces flamante Singularity University; en 2013, como founding advisor de DIY Rockets, impulsó el concurso que convocó a más de 7.000 ingenieros de todo el mundo a crear un cohete espacial en 3D, low cost y open source; por este último proyecto, fue nominado por la World Technology Network como Innovador del Año en la categoría espacial; distinción que no ganó, aunque en su terna hubo otros “perdedores” como Elon Musk y Peter Diamandis, de Singularity University.

“Con DIY, queríamos destruir la rocket science: convertir al cohete de costos y fabricación imposibles en un archivo gratuito que podrías bajarte gratis en tu casa”, recuerda de ese proyecto en el que no solo ganaba el equipo con el mejor prototipo, sino también el que más colaboraba con otros equipos a desarrollar el propio. Con los mismos valores de colaboratividad y fuente abierta, apunta Favarolo, ideó Space AI. “Vamos a darle la posibilidad a cualquiera de tener su propio satélite en el espacio, con la última tecnología en hardware y software open source, que va a comprar con solo tres clicks y a un precio muy bajo”, describe Favarolo, al tiempo que muestra en su celular la versión beta de una página web que se parece mucho a Amazon –solo que, en lugar de ropa o aparatos electrónicos, la vidriera online muestra CubeSats que arrancan en los US$ 49–.

CubeSat sería algo así como el Lego del espacio: una unidad estándar (desarrollada en 1999 en Stanford) de construcción de nanosatélites, con forma de cubo de 10x10x10 cm y estructura escalable, que permite ensamblar hasta 27 CubeSats. Dentro de esta infraestructura open source, Space AI promete poner “la primera supercomputadora para el espacio, con capacidad de controlar todo tipo de vehículos autónomos en aire, tierra y agua, de drones a autos”; el sistema operativo, bautizado “Space Operating System” (SOS), está montado sobre Linux. Una vez en órbita, a mayor colaboración entre los satélites individuales de los clientes de Space AI, mayor será el poder de la red. “El cálculo egoísta te demuestra que te conviene compartir: si todos los hacen, en vez de tener un satélite, tendrán mil”, explica Favarolo.

Y sigue: “No inventamos nada, simplemente alineamos a las empresas que ya estaban haciendo estos componentes. Fuimos con las que más saben y les ofrecimos meterse en este cubito con nosotros”, dice, haciendo “saltar” un CubeSat de una mano a otra.

Space AI no solo vende el satélite, sino que brinda la solución completa que incluye tests técnicos y trámites legales, lanzamiento y todo lo necesario para ponerlo en órbita. La start-up, que requirió un capital inicial de US$ 3 millones (“de inversores que considero casi friends and family, porque quería libertad total para trabajar estos primeros años”, advierte el emprendedor; entre ellos, se puede nombrar a Antonio Jerez Agudo, exgerente general de Edesur en Argentina), tiene hoy 16 empleados repartidos entre Silicon Valley, México y Argentina. Próximamente, planea hacer pie en Israel, ya que “ahí está el I+D más grande del mundo”. Space AI tiene proyectado lanzar la preventa antes de fin de año y enviar los primeros satélites durante 2019.

FIEBRE DE DATA
Solo en 2017, el número de nanosatélites creció en un 158%, y más de 25 operadores comerciales planean lanzar constelaciones de 20 a 4.400 en los próximos cinco años. Hoy hay menos de 2.000 operativos pero, para 2030, se estima que habrá unos 11.000 nuevos orbitando. Sin dudas, las “Satellogic” del mundo transformaron el layout circundante a la Tierra con estos artefactos que llegan a ser tan pequeños como una caja de zapatos y tan livianos como una botella de gaseosa. Pero lo que nadie dice abiertamente es que la promesa de esta tecnología (cada vez más imágenes de nuestro planeta, a mayor velocidad, para todos los que deseen acceder a ellas, a un precio cada vez más bajo) está hoy en jaque.

Es que, desde siempre, la velocidad de descarga de las imágenes tomadas por los satélites fue lenta, muy lenta. La proliferación de los “nano” no hizo más que llevar esta situación a un cuello de botella en estado crítico: hoy, apenas el 1% de las imágenes captadas en el espacio pueden llegar a la Tierra. “La data es la nueva fiebre del oro, y Skyloom es el negocio del negocio”, dice Marcos Franceschini, y su socio Santiago Tempone agrega: “Hasta ahora, fue como querer ver Netflix con conexión DSL. Nosotros venimos a cambiar eso. ¿Cómo? Cn una red de satélites geoestacionarios con enlaces láser a Tierra”.

Para ser dos ingenieros que emprenden por primera vez, saben hablar muy bien del negocio. La alusión a la fiebre del oro no es casual: durante 1848 y 1855, en California, Levi Strauss y Samuel Brannan, fabricantes de jeans y picos y palas respectivamente, hicieron mucho más dinero que la mayoría de los mineros que buscaban las preciadas pepitas. Por eso ahora, mientras todos apuntan al espacio, Skyloom vuelve su mirada a la Tierra, con la intención de convertirse en el principal carrier de big data espacial. “Vamos a multiplicar por 100 la capacidad de descarga de imágenes y vamos a cumplir con la promesa de información desde el espacio en tiempo real”, se entusiasman.

Y Silicon Valley se entusiasmó con ellos: acaban de finalizar el programa de seis meses de Skydeck, un partnership de la UC Berkeley con VCs como Sequoia Capital, y en noviembre recibieron una inyección de Draper Cygnus, el fondo argentino miembro de Draper Venture Network, del famoso inversor Tim Draper (el total anunciado por Draper Cygnus, de US$ 3 millones, se repartirá en porcentajes no divulgados con otros dos emprendimientos argentinos, Alxerion y Stamm).

Para entender cómo dos ingenieros mecánicos de Buenos Aires crearon una start-up que ofrecerá una solución definitiva a un problema global que padecen desde Google Earth hasta Elon Musk, y cuyo plan de negocios proyecta ingresos por US$ 100 millones para 2023, hay que entender sus orígenes, que se remontan al epicentro del talento argentino en desarrollo espacial. Marcos y Santiago se conocieron trabajando en INVAP, empresa del Estado con sede en Bariloche dedicada a innovaciones en energía nuclear, equipamiento médico y científico y, claro, tecnología espacial, con estándares de calidad reconocidos mundialmente. Tuvieron ahí el mejor entrenamiento: les tocó participar, entre otros proyectos, del ARSAT-1 (el primer satélite geoestacionario producido por un país latinoamericano), que culminó en 2014. Con experiencia acumulada de casi una década, se fueron de INVAP a fines de 2015 para emprender.

Pero confiesan que no lo habrían creído posible a no ser por otro gran catalizador: el haberse cruzado, también en INVAP, con Emiliano Kargieman, quien por entonces daba sus primeros pasos con Satellogic. “Él fue una referencia fuerte de que se puede emprender en esto”, admiten. Durante casi dos años, tuvieron decenas de reuniones, mandaron cientos de mails y tocaron infinitas puertas en Argentina, en Estados Unidos y hasta en Londres. “Nos cachetearon por todos lados. Fue un MBA callejero”, se ríe Franceschini. “No teníamos track record, era la primera vez que emprendíamos. Así que esa imagen del tipo que le dibuja su plan a un inversor en una servilleta mientras se toman un café y ahí nomás levanta millones de dólares no era para nada nuestra situación”, agrega.

“El mayor aprendizaje es que no hay recetas ni fórmulas para triunfar en Silicon Valley. Cada persona te cuenta su historia como si fuera la posta, pero nunca se puede replicar tal cual. Hay que ir tomando pedazos de una experiencia y de otra, e ir armando la propia. Y, en medio de ese proceso, también teníamos que ir afinando cómo íbamos a vender el servicio, a quiénes, con qué partners, con qué equipo; en definitiva, cómo pasar de ser Marcos y Santiago a ser Skyloom”, completa Tempone.

El “antes y después” fue a través de un mail inesperado: Fernando Franco, de Puente Labs –organización dedicada a potenciar start-ups latinas en San Francisco–, los contactó con Skydeck; entraron al programa a principios de 2018 y “egresaron” en noviembre. Fue una evolución a la velocidad de la luz: además de los US$ 2 millones que ya levantaron entre Draper Cygnus y otros inversores como Starlight Ventures del argentino Matías Mosse, la dupla sueña con una serie A de US$ 7 millones. Y su servicio entrará en funcionamiento en 2021, cuando el satélite Uhura 1 se ponga en órbita, pero ya tienen cuatro planes de data prevendidos, lo que significa que el 40% de su capacidad inicial ya está reservada, y eso se traducirá en ingresos por US$ 3,4 millones.

“La carrera espacial a la Luna fue el primer gran momento de la industria. Ahora, es el segundo, y tiene que ver con cómo comercializar el espacio”, concluye Tempone. Aunque, claro, esta es recién la punta del iceberg de una revolución de proporciones siderales.

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