Un sistema en plena transición

18 de Enero de 2017 - Javier Ortiz Batalla

 


La economía argentina transitó a lo largo de 2016 un período de transición, tomando la nueva administración una serie de medidas que apuntaron a normalizar parte de los desequilibrios macroeconómicos heredados, procurando minimizar sus impactos.

El sistema financiero, dentro de este escenario de transición, no fue la excepción. Consistente con una menor actividad agregada, este año se registró una disminución del volumen intermediado financieramente, pero manteniéndose un nivel de morosidad históricamente bajo, de sólo 1,9% en promedio, reflejo de una recesión moderada, con acotado impacto en los niveles de empleo.

Adicionalmente, los resultados de la banca fueron positivos, en especial en la primera mitad del año, con un alza del 54% interanual. Ya en el segundo semestre, el encarecimiento del costo de fondeo derivado de la suba de encajes, la eliminación de comisiones y la baja de tasas encarada por el Banco Central, terminaron comprimiendo las utilidades de las entidades, planteando un desafío para el sector, que hoy observa con preocupación una serie de iniciativas legislativas que atentan contra su desarrollo, como la tributación a los plazos fijos o la obligación de brindar ciertos servicios de manera gratuita, sin mirar los costos de operación.
Para el año próximo, las perspectivas son de una recuperación de los volúmenes de crédito, proceso que se espera sea paulatino y que posiblemente no alcance para compensar aún, con una mayor escala, la baja de tasas y la eliminación de comisiones.

Transición optimista

Pese a todo esto, y tal vez como en ninguna otra actividad, los principales jugadores del sistema financiero local no dejan de ser optimistas. Los episodios de represión financiera, elevada inflación y recurrentes crisis económicas vividas en las últimas décadas llevaron a que los argentinos inviertan en instrumentos por fuera del sistema financiero. Esto provocó que los bancos se concentraran en la actividad transaccional, estando prácticamente ausentes de la financiación a mediano y largo plazo. Como resultado, los depósitos y créditos en el sistema financiero local equivalen hoy a sólo 17% y 12% del PIB, respectivamente, situándose muy por debajo de otros pares regionales como Chile (79%) y Brasil (49%), o incluso países como Colombia (48%) y Bolivia (23%).

El nuevo Gobierno ha avanzado en una normalización de la economía, sumando prácticas que en nuestros vecinos han ayudado a lograr una mayor profundidad e inclusión financiera. Entre ellas, tal vez la más relevante para nuestro sector sea la de un Banco Central que recuperó sus funciones básicas de velar por la estabilidad monetaria y financiera, además de ser un “Banco de Bancos”.

De esta manera, creemos que una inflación baja y estable, con tasas de interés reales positivas promoverán el ahorro y el crédito. A ello se suma el ingreso de divisas asociado al “sinceramiento fiscal”, junto con una economía más integrada a los mercados de capitales globales, recursos que necesariamente serán conducidos a través de los bancos. Estos elementos, no presentes en la última década, permitirán darle impulso al crédito, especialmente de largo plazo, que podría más que quintuplicarse en los próximos años.

Para tener una idea de magnitudes, en los años ´90, el crédito hipotecario representaba el 5,5% del PIB y ahora es inferior al 1%. Si cada punto del Producto son USD 5.000 millones, estamos hablando de una expansión del financiamiento para la compra de vivienda superior a los USD 27.500 millones, cuando el stock de hipotecas hoy no llega a USD 3.750 millones.

Desde otra perspectiva, si al menos una parte de los ahorros que los argentinos mantienen en el exterior se repatriaran y fueran a los bancos, el impacto sobre el tamaño de la banca sería enorme. En suma, la banca no ha estado exenta de los vaivenes del ciclo económico, pero se encuentra expectante de dar el salto cuantitativo y cualitativo que hace años estaba esperando, adquiriendo un perfil cada vez más inclusivo.

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