Pobreza: la deuda social argentina

25 de Abril de 2019 - Agustín Salvia

 


Agustín Salvia, director de Investigación del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA) opina sobre el mayor flagelo de la Argentina.

La sociedad argentina está atravesada por una pobreza estructural que tiende a sumar carencias crónicas en materia de recursos y capacidades de desarrollo humano. Se trata de una deuda social que se viene acumulando tras décadas de decadencia, que se agrava en contextos de crisis como el actual y que, durante momentos de crecimiento, tiende a disminuir, pero siempre queda por arriba del piso precedente.

Se trata de una pobreza que se reproduce intergeneracionalmente y que se acrecienta por acumulación de carencias de todo tipo. El problema no está asociado con la pérdida de empleos en los sectores formales, tal como ocurre en los países desarrollados, sino con la ausencia estructural de tales empleos y las malas remuneraciones de los trabajos informales. Los pobres acceden a programas sociales que brindan una ayuda económica pero no a empleos con seguridad social. La plata no alcanza y se deteriora la alimentación, la salud, la educación, la vivienda y el resto de las condiciones de vida. Luego cada crisis no solo aumenta el número de pobres, sino que los pobres son ahora más pobres.

La ecuación es simple: la pobreza monetaria es una función directa de lo que ocurre con los ingresos de cada trabajador o beneficiario de un programa social y al mismo tiempo con la cantidad de perceptores de ingreso que logra tener un hogar. Si aumenta el ingreso real de los perceptores cae la pobreza dado que el hogar tiene más ingresos para afrontar sus necesidades. Y si, al mismo tiempo, los hogares aumentan el número de perceptores, la magnitud de la caída es aún mayor. El problema es que, si ocurre lo contrario (los ingresos por perceptor pierden capacidad de compra frente a la inflación o se reducen los trabajos que sostienen al hogar), la pobreza aumenta.

“Ni la pobreza era menor que la de Alemania, ni la pobreza cero era una promesa alcanzable a mediano plazo”.

La clave para salir de esta situación es conjugar en un modelo económico que incluya ambas condiciones: generar más y mejores empleos con remuneraciones que tiendan a aumentar por sobre el resto de los precios.
Para ello, dicha política no solo debe producir y exportar más al mercado mundial, sino también crecer hacia el mercado interno a través del desarrollo de más pequeñas y medianas empresas productivas, así como a través de la inversión pública que atienda las necesidades de infraestructura social.

Ni la pobreza en la Argentina era menor que la de Alemania, ni la pobreza cero era una promesa posible de alcanzar ni siquiera en el mediano plazo, al menos a través de las políticas implementadas por el actual gobierno. Es por ello que frente a los pobres heredados la mala praxis sumó a esta condición a sectores de clase media baja, a la vez que profundizó la exclusión de los segmentos populares informales.

La sociedad argentina actual no solo es más pobre sino también más desigual. Pero, si bien no es correcto imputarle a este gobierno una intención deliberada en este sentido, no dejó de estar presente un alto grado de soberbia ideológica, un exceso de optimismo y la necesidad de hacer marketing político antes que construir puentes hacia soluciones de largo aliento.

Es por ello que seguramente se dejó de lado el desafío de montar un gobierno de transición capaz de ofrecer diagnósticos más objetivos, crear consensos amplios, convocar a los expertos para la elaboración de soluciones realistas y, a partir de esto, dejarle a la sociedad un proyecto viable de país, que sea capaz de saldar deudas internas. No es el gobierno, sino la sociedad la que una vez más ha perdido una oportunidad histórica.

bookmark icon