La revolución de la semilla

11 de Octubre de 2018 - Delfina Krüsemann

 


Elegida por FORBES US como una de las AgTech disruptivas de 2018, Indigo levantó más de US$ 400 millones en cuatro años y es la startup que más rápido se convirtió en unicornio. Instalada en Argentina, apunta al trabajo horizontal con los productores.

No hay nada más abundante en el planeta Tierra que microbios. Entonces,¿por qué no acudir a ellos para ver qué beneficios pueden aportar a la vida y la defensa de las plantas, especialmente cuando se habla de agricultura? Suena sorprendente y riesgoso al mismo tiempo, sí. Pero, cuando logra el objetivo, se gana de principio a fin. Esta es la propuesta doblemente innovadora de Indigo, una startup agrícola que nació en Boston hace apenas cuatro años y que aterrizó en 2017 en la Argentina de la mano de Carlos Becco, un ingeniero agrónomo que desarrolló gran parte de su carrera profesional en Syngenta y Monsanto. Cuando le faltaban algunos pocos años para su retiro formal, Becco decidió que lo haría en
una empresa con un objetivo más altruista: ayudar a los pequeños productores agrícolas a desarrollar su potencial sin dañar el ambiente.

El negocio agrario mueve a la economía mundial. Sin embargo, en plena era de la digitalización, este mercado no sufrió aún hechos disruptivos como sí ocurrió con el retail, los medios y el transporte a partir de Amazon, Google, Uber y Airbnb. Indigo se propone generar un impacto de ese nivel. Nació de una incubadora vinculada a las ciencias de la vida, y se focalizó en el microbioma vegetal. A través del big data, la inteligencia artificial (IA), la genética y las herramientas de machine learning, creó una base de datos de los microbios que viven en las plantas, básicamente soja, maíz, trigo, algodón y arroz, con el objetivo de reinsertarlos en esas plantas y mejorarles sus defensas.

“Identificamos los microorganismos que viven en las plantas y los incorporamos en esas mismas plantas en situaciones de estrés. Ahí se contrastan las hipótesis con las reacciones que se obtienen y se concluye que no todas tienen las mismas defensas. Indigo identifica esos microorganismos y los reinserta para mejorar, justamente, las defensas de las plantas”, explica Carlos Becco, CEO de la filial argentina. Cada vez que se realiza uno de estos procedimientos, se indaga qué tan efectiva es la presencia de ese microbio en la planta. Una vez que se determina el beneficio, ese microorganismo es inoculado en la semilla y, así, el futuro cultivo no solo podrá defenderse mejor frente a las diversas contingencias que pueden ocurrir en un
campo, sino que será también un producto más saludable, sin impactar negativamente en la calidad de los suelos en que se encuentran.

El proceso de investigación, desarrollo, producción y aplicación es mucho más ágil y económico que los métodos tradicionales de manejo de semillas. Basta conocer el proceso para dar cuenta de ello. “Yo venía acostumbrado a otro ritmo. En la industria convencional, para desarrollar una molécula química, se tardaban diez años y US$ 500 millones de inversión, porque el proceso de investigación, de aprobación regulatoria y de testeo es muy complejo. En nuestro caso, tardamos un año en realizar la investigación, y la inversión fue de US$ 3 a US$ 4 millones. Algo totalmente disruptivo porque, además, se trabaja con la naturaleza, lo que hace que el proceso de aprobación sea más rápido”, agrega Becco. Esos microbios se inoculan en la semilla en cantidades milimétricas, a razón de un mililitro por kilo. No hay
pulverización. Tampoco hay intrusión en el ADN de la semilla. El foco está puesto en qué semilla quiere potenciar el productor: él la elige y sobre ella se trabaja. Y acá aparece la otra gran innovación de la empresa. “El trabajo es profesional, no se realiza en el campo. Yo me ocupo de identifiar los microorganismos y ponérselos a la semilla. Se trata de una tarea logístico-intensiva porque hay que coordinar todas las actividades rápidamente”, detalla Becco.

La complejidad de la logística radica en que el productor, el microorganismo y la empresa están todos en distintos lados. A esto debe sumarse que, como se opera con seres vivos, el tratamiento se puede hacer con no más de 30 a 45 días de anticipación antes de su inoculación en la semilla porque, de lo contrario, se morirían. El primer paso que dieron en Argentina fue un acuerdo con un gran semillero con el objetivo de tener acceso a la genética, y compraron semillas para unas 10.000 hectáreas, a las que les “colocaron” sus microbios. Acto seguido, fueron a los productores a preguntarles si les interesaba la tecnología. Si la respuesta era positiva, indagaban sobre la plataforma que querían. “Si decían la marca apropiada,
había coincidencia y se les vendía la semilla”, cuenta Becco.

Pero este año, en la campaña de trigo, detectaron que había cientos de pymes que operan bajo licencia de los grandes semilleros, que están regionalmente distribuidos y que tienen el equipamiento adecuado para hacer el trabajo de inserción de los microbios y darles ese servicio a sus clientes. Una mejor alternativa antes que volver al gran semillero. “Entonces, decidimos trabajar con esa red de socios”. Esta modalidad de trabajo implicó avanzar hacia un concepto moderno de negocio apoyado en el “ecosistema” que, en este caso en particular, está conformado por unos 20 acuerdos con cada uno de estos franquiciados. En un terreno
prácticamente inexplorado como es el de los microbiomas.

¿Cómo convive esta tecnología con los agroquímicos que utiliza el campo argentino? Becco destaca que el agroquímico está más vinculado al concepto de remedio. Y que, por ende, no es contradictorio aplicar esta tecnología a esas semillas eventualmente pasadas de funguicidas, pesticidas y demás “idas” agrícolas. “Este proceso de años de abusos de agroquímicos generó plantas que perdieron parte de sus defensas. La tecnología de Indigo permite recuperar esas defensas naturales que los años le quitaron. Además, incorporar microorganismos es una manera de
reducir el uso de agroquímicos. Nuestra visión no es en contra de los remedios, pero sí decimos que no es necesario usar tantos”, subraya.

En Argentina ya trabajan con semillas de soja, maíz y trigo, y están en proceso para avanzar, en esta misma campaña, con el algodón. En paralelo, evalúan avanzar con el arroz, que ya está en marcha en la India. Otro de los aspectos novedosos es que, como compañía de tecnología, la investigación se hace no solo sobre cada semilla que elige cada productor en particular sino que, además, esa tarea debe realizarse cada año. Porque, claro, las plantas también están sujetas a los cambios del comportamiento del clima, y tienen que adaptarse a cada uno de los caprichos del tiempo. Así, el producto cambia todos los años y las decisiones se ajustan a las necesidades de cada país. Pero el desafío más grande que enfrenta Indigo es que la información que tienen disponible sobre semillas es limitada. Para ampliar esa base,
Indigo comparte sus resultados, algo casi impensado en el mundo de los negocios, donde por lo general cada cual tiene su secreto. “El productor elige la semilla y se la damos en el lugar en que él quiere. Compartimos el riesgo. Y eso es lo más innovador, porque disminuye el costo de la prueba. El trabajo está basado en la confinza”.

Todo esto contribuye a la “digitalización” de los productores. Es decir, a que tengan el mejor insumo para que obtengan un mejor rendimiento aún y, así, puedan vivir realmente de su trabajo sin depender de las presiones que imponen los grandes productores. Entre aquellas grandes compañías concentradas que manejan los inputs y los outputs del negocio agrario, se encuentran miles de productores totalmente atomizados que manejan menos del 0,1% de la demanda mundial –y son
los que más necesitan introducir mejoras para cuidar de la salud de su propio
negocio–. “Nuestro objetivo es contribuir a la digitalización de esos productores, a la descomoditización de la agricultura. El microorganismo, además de poder mejorar la salud de las plantas, podría mejorar su calidad, su contenido de proteína, de gluten. ¿De qué sirve eso si después todo va a un solo silo, no hay impacto? La cadena agrícola tiene que cambiar y tiene que haber un facilitador”, concluye Becco. Un valor que se produce a partir del trabajo en conjunto de las distintas partes, donde se comparte el riesgo y, al fial del camino, todas ganan.

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