Juan José Aranguren: “Nunca fui un político”

17 de Mayo de 2019 - Tomás Rodríguez Ansorena

 


El exministro de Energía repasa las principales decisiones de su gestión y afirma que el sector está mejor que en 2015. Perfil de un hombre para quien “la verdad no tiene costo”.

Se ha abusado de la figura del ingeniero para describir a Mauricio Macri. Los atributos que se le intentaron adosar estaban más a mano en uno de sus principales ministros. Preciso, determinado, puntual, de lógica aritmética antes que social, austero en explicaciones, en protocolos, más afecto a la razón técnica que a la política. Juan José Aranguren encarnó el modelo del funcionario tecnócrata, un administrador antes que un estadista, incluso antes que un manager. Fue todo lo que aliados y adversarios esperaban del macrismo: formado en el mercado y un poco odiado por las mayorías. Llamado a “hacer lo que había que hacer”. “Con cara más o menos adusta”, como dice ahora, a prácticamente un año de su salida del Gobierno, en sus oficinas de Energy Consilium, la consultora a la que llevó a trabajar con él a buena parte de sus colaboradores del ex-Ministerio de Energía.

Aranguren comandó un área sensible en ese primer esquema de Gobierno atomizado con prácticamente seis ministros de Economía. Fue el encargado de la readecuación tarifaria nacional, una suerte de paritaria de la Argentina de Cambiemos con el modelo kirchnerista de Ahora 12 y boletas de luz para todos: “¿Si se hubiese hecho distinto? No voy a decir que no. Sería necio de mi parte. Pero la pregunta es: ¿se podía no hacerlo? ¿Vivir en la fantasía de que la energía no cuesta?”.

¿Qué nivel de acuerdo había sobre la política energética hacia dentro del Gobierno?

La Constitución le da al Poder Ejecutivo el carácter de unipersonal. Y por eso en su momento dije que yo no tenía que renunciar. Se renuncia a un derecho, no a una obligación. El presidente es el que dice “usted está acá” o “usted deja de hacerlo”. Y cada acto administrativo tiene el soporte de la administración central, con su correspondiente debate y su consentimiento.

Pero usted tenía resistencias particulares.

Como en todo equipo. Pero, en todo caso, la resistencia tendría que ser con el Presidente, no conmigo. En un momento determinado, a lo mejor aceptando el consejo de alguien, el Presidente decidió que había que cambiar la cara del ministro de Energía. Y yo no puedo resistir esa decisión.

Foto: Alejandro Baccarat

¿Cómo se lo tomó?

Me desencanté. Y es más, recuerdo que cuando el Presidente me lo comunicó, le dije: “Lamento que hayas tenido que hacer lo políticamente correcto, que es algo que siempre dijiste que no ibas a hacer”. Y me dio la razón. Pero hablando de acuerdos: la primera mesa productiva que hubo en el Gobierno de Macri, y a la que el presidente le puso mucho esfuerzo, fue justamente Vaca Muerta. Ahí se mostró que Gobierno Nacional, Provincial, empresas y sindicatos podían sentarse a acordar un objetivo.

¿Fue solo “cambiar la cara” o hubo un cambio en la política energética?

Yo no creo que haya cambiado mucho la política. A ver, es lo único que voy a decir sobre esto: yo no tengo Twitter; Iguacel sí. A lo mejor hubo un intento de mostrar una cara más amable, con más sonrisas que las que pude haber mostrado yo. Pero, independientemente de eso, la realidad es una, la única verdad, y lo que importa es eso.

Se cree que los últimos aumentos de tarifas sumaron cinco puntos a lo que se preveía de inflación para 2019. ¿Cuánto pensaban en 2015/16 que la suba de tarifas iba a impactar en la inflación?

Lo que sabíamos era que el precio de los energéticos estaba desfasado. Y, como consecuencia, en 2015, de lo que nos costaba producir la energía eléctrica, los argentinos (el pobre y el no pobre) pagaban solamente el 10%. O sea, el otro 90% se socializaba. ¿Y quién era más beneficiado en ese esquema? El que más consume. Estábamos todos pagando la pileta calefaccionada a quien fuere. Cuando uno no paga lo que la energía vale, tiende a consumir sin preocuparse. Y genera un círculo vicioso. No hay rentabilidad para el productor local, con lo cual hay que importar más; a su vez, eso alimenta el déficit fiscal que tengo que subvencionar y, por lo tanto, más inflación.

¿En qué está mejor Argentina?

Hoy la sociedad en su conjunto banca menos lo que significa la energía: se redujo a un tercio. Y los que están en mejor situación económica pagan más que los que están ayudados por lo que se conoce como tarifa social. Al producirse esto, se generó que vuelva la inversión. Acá se dice que no hubo inversiones. Discúlpenme: en el sector energético, tanto en las energías fósiles como en las renovables, hubo más de US$ 20.000 millones de inversión. El próximo presidente, sea quien sea, y yo quiero que sea Macri, va a recibir en el sector energético un estado mucho más ordenado. En el medio, ¿hubo gente que la pasó mal, empresas que tuvieron incrementos en el costo de la energía? Sí. Pero la base es más sólida.

Foto: Alejandro Baccarat

El costo de la verdad

Antes de la función pública, toda la vida laboral de Aranguren transcurrió en Shell. 37 años en total, 12 como presidente: de 2003 a 2015, igual que el kirchnerismo. Se crió en Beccar, se recibió dos años adelantado en el Colegio Marín, se inscribió en la Facultad de Ingeniería de la UBA por influencia de su padre, profesor de Ciencias Exactas, e ingresó en un programa de pasantías de la compañía angloholandesa en 1977. Pasó veranos felices en Villa Gesell, hizo la colimba en 1978 y encaró una carrera destacada en el área de downstream de la compañía, lo cual lo llevó a una temporada en Australia. Volvió a fines de los 80 para vivir en primera persona la desregulación petrolera en los 90; luego vino Londres y, por último, la presidencia en Argentina.

En 2005, Néstor Kirchner llamó a boicotear a Shell por su decisión de subir precios (“un intento de la administración anterior de lograr que los activos de Shell los comprara alguna empresa local”, según Aranguren) y se convirtió en estandarte del empresariado antikirchnerista: “Guillermo Moreno y compañía me iniciaron 86 causas penales desde 2006”. Sus preferencias políticas estaban en otro lado. Votó por Elisa Carrió en 2003, 2007 y 2011: “Independientemente de la capacidad que hubiese tenido la doctora para gobernar el país; uno vota por principios, no por conveniencia”.

Aunque lo destacó sobre el final de su mandato, la diputada le propinó fuego amigo en pleno fragor de la batalla tarifaria. Uno de los momentos más álgidos ocurrió cuando el ministro admitió en una entrevista radial que no repatriaría sus ahorros del exterior por falta de confianza en el país.

¿Esa declaración influyó en su salida del Gobierno?

No soy yo quien tiene que contestar eso. Y no importa lo que yo piense. Decir la verdad, para mí, no tiene costo. Tan sencillo como eso. Me preguntaron algo y dije lo que pensaba. Ojalá no tengamos una respuesta en función de cada interlocutor. Yo creo que es más importante ser auténtico que decir o hacer lo políticamente correcto. Y obviamente eso significa que yo no soy político.

¿El Gobierno está creando las condiciones para revertir esa falta de confianza?

Cuando uno compara las alternativas posibles, creo que sí. Empezando por no mentir, generando las condiciones para que las transacciones económicas se realicen dentro del marco de la ley y no imponiendo un propio marco regulatorio.

¿Qué opina de la interpretación del Gobierno de la Resolución 46?

Esto viene de antes. Cuando Kicillof vio que no había inversión e intervino el mercado energético en 2012/13, diseñó el Plan Gas, por el cual a todo el volumen adicional (convencional o no) por encima de una curva de declinación se le garantizaba un precio mínimo: US$ 7,5 por millón de BTU. A todos. A mí me causa gracia cuando los peronistas me preguntan cuál es el costo de desarrollo de 1 millón de BTU; “Aranguren, vale US$ 1,8”, me dijeron una vez en Diputados. Kicillof pagó US$ 7,5 a cualquier gas, aún el que costaba  US$ 1,8… en fin. Todas las empresas querían que le diéramos continuidad al Plan Gas, que siguiéramos pagando US$ 7,5. ¿Qué hicimos? En lugar de subsidiar cualquier gas, privilegiamos el no convencional, más costoso de producir. ¿Y cómo? Descendiendo año a año US$ 0,5 desde los US$ 7,5 originales. Porque, a medida que avanzara la producción, el precio iba a bajar. Y es tan exitosa la resolución que una sola concesión pasó de 0 a 18,5, cuando el país produce 135.

Las empresas se quejan de que Techint vendía gas por debajo del precio de mercado.

Argentina es un país que tiene un alto desbalance de demanda de gas: en verano, consume 100 y en invierno, 170. Cuando empieza el verano, entonces, las empresas quieren colocar su volumen. ¿Qué hacen para colocarlo? Bajan el precio. Y ese mejor precio redunda en el consumidor. Hay que decirlo: Techint se tiró a la pileta con la 46, fue una decisión de riesgo. US$ 2.100 millones es lo que comprometieron en su momento. Ese volumen que colocó Techint provocó una baja y entonces las que no entraron se quejan.

¿Cuál es el impacto entonces de la decisión del Gobierno?

Desde mi punto de vista, no respetar los principios sobre los cuales fue establecida una regulación.

¿Ahuyenta inversiones?

Habla de lo que es Argentina, donde decisiones o turbulencias pueden impactar. Cosas que Argentina tiene que dejar en el pasado.

¿Tiene razón Techint en su reclamo?

Eso lo va a decidir la Justicia. Pero la mejor demostración de la eficacia de una política es su impacto final: la producción aumentó.

Parecería que, incluso en inversiones tan atractivas como Vaca Muerta, se necesita o un incentivo del Estado o de una competencia más tranquila.

La pregunta es dónde está el beneficio para el consumidor final. Acá hay leyes que protegen la competencia: si hay una queja, lo mejor es no decírselo a un periodista sino ir a la Justicia. En Argentina, lamentablemente, y lo digo habiendo participado del mercado, no estamos acostumbrados a competir. Es cierto que hay pocas empresas, le falta madurez al mercado, pero siempre las empresas prefieren que haya alguien que les defina cuál es el mercado al que pueden aspirar.

¿Usted tenía mejor relación con Kicillof que con De Vido?

El nivel de injerencia o interés en los negocios que había en la administración de De Vido fue muy superior que lo que hubo en la administración Kicillof, con un cambio notorio en mayor transparencia. De hecho, aunque no lo hubiese esperado, tuve una reunión con Kicillof en donde hicieron una presentación sobre el estado de situación del sector. No quiero decir que la compartiera, pero al menos tuvimos esa transición. Yo no participo de esa grieta.

¿Volvería a la función pública?

Volvería a hacer algo para mejorar la forma en la que implementamos política energética. Obviamente, algunos pensarán que ojalá eso nunca ocurra. Pero creo que todos nos tenemos que dar un tiempo para eso. Los argentinos tenemos una naturaleza muy egoísta, de resolver mi problema. El fútbol es un ejemplo: somos muy buenos individualmente pero cuando tenemos que jugar en conjunto terminamos fracasando.

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