Flichman: muebles, alfombras y cepas

24 de Octubre de 2018 - Daniel Balmaceda

 


De Rusia a Mendoza, historia de un pionero del vino argentino que tuvo que diversificarse para dedicarse a su verdadera pasión.

Se calcula que, entre 1880 y 1921, el 5% de la población que vivía en la Argentina era de origen ruso. Entre ellos se contaba Sami Flichman, quien arribó en 1889. Se asentó en Mendoza con el claro objetivo de dedicarse a la vitivinicultura. El primer paso era hacerse de capital. Para lograrlo, se dedicó a vender géneros: en 1890 compró La Bodeguita, ubicada en Guaymallén. Mientras el negocio crecía, se hizo tiempo para el amor. Conoció a Berta Chait, una inmigrante de la actual Moldavia, con quien se casó y formó una familia. Tuvieron cuatro hijos: Sara, Isabel, Jacobo e Isaac.
La bodega creció y le dio el capital para el nuevo paso. En 1896, Flichman compró la “Gran Casa Colorada” que se levantaba en la avenida San Martín de la ciudad de Mendoza, que acondicionó para vender muebles, tapicería, alfombras, cortinas y cristales. El local pronto comenzó a crecer y a hacerse famoso entre la alta sociedad mendocina que eligió su negocio para equipar los hogares.
Hacia las primeras décadas del siglo XX, Sami Flichman se había convertido en un respetable vecino y representante de la comunidad judía. En 1915 fue presidente de la Sociedad Israelita de Beneficencia.
Mientras tanto, como el negocio de la mueblería funcionaba muy bien, decidió dedicarse a su verdadera pasión, los vinos. Sus productos comenzaron a ser transportados en tren, y se expandieron por todo el país. Los locos años 20 encontraron a Flichman en pleno crecimiento. Durante esta década compró bodegas y viñedos La Trentina, levantó una planta fraccionadora en La Paternal (Buenos Aires) y construyó la bodega El Desvío en Godoy Cruz, Mendoza.
Pero, a pesar del bienestar, la crisis global de los años 30 golpeó sus negocios. Para ese entonces, a Sami lo acompañaban sus dos hijos: Jacobo en Mendoza e Isaac desde Buenos Aires. Cuando sus hijas se casaron, los yernos también se incorporaron. Si bien los problemas económicos y financieros redujeron la fortuna familiar, los Flichman mantuvieron la bodega de Barrancas y la mueblería. El resto fue vendido.
En 1935, una tragedia golpeó a la familia. Jacobo Flichman, el mayor de los hijos varones de Sami –y, sin dudas, heredero de los negocios que con esfuerzo había levantado su padre–, murió en un accidente de autos. Al enterarse de la pérdida de su hermano, Isaac regresó a Mendoza, se hizo cargo del negocio y comenzó a experimentar con vinos finos. Parte de la producción se exportaba a Uruguay y Paraguay.
Sami Flichman falleció en 1939, a los 68 años. Con Isaac a la cabeza, elaboraron vinos cabernet y malbec, realizaron plantaciones en Barrancas y proveyeron de vinos finos a empresas como Peters y el frigorífico Armour. Hacia la década del 50, la firma comenzó a llamarse Finca Flichman. Isaac, además de dedicarse a los negocios, fue un gran filántropo. Fue iniciador de la Fundación Curie de Lucha contra la Leucemia, miembro de la Liga de Lucha contra el Cáncer y de la Comisión Directiva de la Sociedad Israelita de Beneficencia. También participó en la Cámara Cuyana de Importación y Exportación y en el Centro de Enólogos de Mendoza.
Las marcas más famosas de Finca Flichman fueron Caballero de la Cepa, Syrah de Barrancas, Merlot de Barrancas y el Reserva Especial, que se etiquetaba especialmente para quien lo comprara.
Isaac Flichman murió en 1989, a los 84 años, habiendo logrado llevar, durante una vida de arduo trabajo, el nombre de su padre a lo más alto de la vitivinicultura argentina.

 

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