Entrevista exclusiva con Donald Trump, el presidente

12 de Octubre de 2017 - Forbes Argentina

 


Trump y Forbes hablaron muchas veces, pero es la primera vez que lo hace desde la Oficina Oval, y lo que muestra es una consistencia sorprendente. Entrevista exclusiva con Donald Trump.

Si Trump de verdad llamó alguna vez a la Casa Blanca un “basurero”, ya lo superó. Dentro del pequeño estudio del Ala Oeste, donde apila sus papeles y come sobre lo que él denomina su “mesa de trabajo”, el presidente habla volublemente sobre un candelabro que instaló recientemente y de las pinturas al óleo de Lincoln y Teddy Roosevelt.

Él abre la puerta de su prístino cuarto de baño privado, una necesidad para el germófobo en jefe. Nos lleva fuera de la oficina para presenciar la serenidad de la alberca y, de regreso a la Oficina Oval, recién remodelada con cortinas, alfombras y accesorios con un marcado uso del dorado, desliza su mano sobre el mismo escritorio desde el que John F. Kennedy manejó la Crisis de Misiles de Cuba y Reagan comandó la Guerra Fría, adornado con nada más que dos teléfonos y un botón de llamadas. “Esto luce muy bien”, dice el presidente.

Fácilmente pudo haber hablado sobre un penthouse en la Trump Tower o una membresía en un club de golf en Doral, pero en el transcurso de una entrevista de casi una hora en la Oficina Oval, el presidente Trump se mantuvo fiel al mismo formulario que Forbes ha visto durante 35 años.

Se jacta, con una dosis de hipérbole que cualquier estudiante de la obra de Frank Delano Roosvelt o incluso de Barack Obama podría criticar: “En sólo nueve meses he logrado la mayor aprobación de leyes entre todos los presidentes. No estoy hablando de órdenes ejecutivas solamente, que son muy importantes, estoy hablando de leyes”.

Los contragolpes de Trump

En este caso, disparando al secretario de Estado Rex Tillerson, que, según se informa, lo llego a llamar “idiota”: “Creo que es una noticia falsa, pero si lo hizo, creo que tendremos que comparar las pruebas de coeficiente intelectual, y puedo decirte quién va a ganar.”

Y, sobre todo, el presidente vende: “También tengo otro proyecto de ley. Un proyecto de desarrollo económico, que creo que será fantástico, que nadie conoce, tienes la primicia: incentivos de desarrollo económico para las empresas, para que las compañías estén aquí”. Las empresas que mantienen empleos en Estados Unidos son recompensadas; aquellas que los envían al extranjero “se penalizan severamente”.

“Es una zanahoria y un palo”, dice el presidente. “Es un incentivo para quedarse, pero es quizás más aún: si te vas, será muy difícil para ti pensar que podrás vender tu producto en nuestro país”.

Y henos aquí, con el primer presidente surgido exclusivamente del sector privado, representando al partido que durante más de un siglo defendió el capitalismo del dejar hacer y dejar pasar y el libre comercio, proponiendo que el gobierno castigue y recompense a las empresas basándose en dónde eligen ubicar sus fábricas y oficinas.

¿El presidente está cómodo con esa idea?
“Muy cómodo”, responde. “Lo que quiero hacer es recíproco, creo que el concepto de recíproco es muy lindo, si alguien nos cobra 50%, deberíamos cobrarle 50%. Actualmente nos cobran 50% y no cobramos nada, eso no funciona conmigo.”

Nunca lo ha hecho. Donald Trump no se hizo rico en los negocios inmobiliarios, a pesar de años de construir su marca a través de The Apprentice y de los millones de votos de personas que anhelaban exactamente esa experiencia. En cambio, su fuerte se encuentra en las transacciones, en la compra y venta y en la utilidad obtenida de negocios que le aseguran una victoria independientemente del resultado para los demás.

El matiz es esencial. Los emprendedores y empresarios crean y dirigen entidades que tienen un determinado número de partes interesadas –accionistas y clientes y empleados y socios y ciudades de origen– que, en teoría, comparten por igual su éxito.

Bajo Steve Jobs y Tim Cook, Apple ha ayudado a sus accionistas iniciales a multiplicar sus inversiones casi 400 veces, a volver a miles de empleados con opciones en millonarios (aumentando la base impositiva local), y realizado maravillas similares para el proveedor taiwanés Foxconn y logrado que los clientes fuesen tan delirantemente felices que están dispuestos a esperar toda la noche para pagar cientos de dólares por productos que serán obsoletos dos años más tarde.

Los hombres de negocios rara vez buscan ese tipo de enfoque ganar-ganar-ganar-ganar-ganar. Ya sea que se trate de un intercambio de acciones o la compra venta de un inmueble, un acuerdo tiende a involucrar a sólo dos partes y en general resulta en una saliendo por delante de la otra (tanto que un ganar-ganar se considera una aberración notable).

“El hombre es el más cruel de todos los animales”, dijo Trump a People en 1981 (y eso ameritó una mención la primera vez que apareció en Forbes, un año después). “La vida es una serie de batallas que terminan en victoria o derrota”. Esa es una mentalidad que persiste en el presidente Trump.

A un año de las elecciones

Casi un año después del día de la elección más impresionante en muchas décadas, los expertos aún aseguran continuamente ser sorprendidos por el presidente Trump. No deberían estarlo: Su cosmovisión ha sido increíblemente consistente.

Más que como una oportunidad para convertir la ideología en política, considera gobernar su manera de hacer negocios una serie interminable de tratos que se ganan o se pierden, tanto en la mesa de negociaciones como en la corte de la opinión pública. Si se mira su primer año a través de este prisma, tiene sentido y ofrece pistas para los próximos tres años –o siete–.

Preguntale al presidente Trump si se está divirtiendo en su nuevo trabajo y tendrás una respuesta rápida:
“Me estoy divirtiendo, estoy disfrutando, estamos logrando mucho, el mercado de valores está en un máximo histórico. El desempleo está en el punto más bajo en casi 17 años. Tenemos números fantásticos”.

Los números fantásticos no son generalmente la forma en que la mayoría de la gente mediría la diversión, pero Trump siempre lo ha hecho. “Otras personas pintan maravillosamente al óleo o escriben poesía maravillosa”, escribió en The Art of the Deal hace 30 años. “Me gusta hacer negocios, de preferencia grandes. Así es como me gustan”.

Los números ofrecen validación a Trump. Ellos determinan el ganador o perdedor de cualquier acuerdo y establecen una jerarquía de la industria. Es por eso que Trump, más que cualquiera de las 1,600 o más personas que han aparecido en la lista Forbes 400 [el conteo de los más ricos de Estados Unidos], ha dedicado más tiempo al cabildeo y la conversación con Forbes para obtener una valuación –y validación–más alta.

En la Oficina Oval, cuando le digo que los mercados han subido 20% durante su administración, estira el periodo de tiempo para obtener una cifra aún más brillante. “No, 25 desde la elección, tenés que contar desde la elección”.

Eso depende del índice, por supuesto (él se refiere, convenientemente, al que le resulta más favorable, el Nasdaq), pero el presidente no tolerará tal sutileza. “Desde el Día de la Elección ha ganado 25%, ha aumentado desde el Día de las Elecciones 5.2 billones de dólares, si Hillary Clinton hubiera ganado, los mercados habrían bajado sustancialmente.”

El PBI también lo llena de orgullo. “El PIB del último trimestre también creció 3.1%. La mayoría de las personas que están en tu negocio, y en otros, decían que no alcanzaríamos esa cifra en mucho tiempo. ¿Sabes? Obama nunca alcanzó el número”.

Pero cuando se le informa que su predecesor sí lo hizo, y varias veces, Trump corrige de inmediato. “Nunca lo alcanzó sobre una base anual. Fueron ocho años, creo que vamos a ir sustancialmente más alto que eso, y creo que este trimestre habría sido fenomenal, excepto por los huracanes.”

¿Y qué hay con esas tormentas? “Bueno, he obtenido calificaciones muy altas por los huracanes”, dice, dos días antes de tuitear que no recibía suficiente crédito por ello.

Trump y Twitter

La muy criticada actividad del presidente en Twitter ofrece una forma moderna de autovalidación. Cualquier cosa que dice registra miles de likes, miles de retwitts y, con el tiempo, millones de nuevos seguidores.

Entonces, ¿qué pasa si algunos de esos seguidores son cuentas falsas? Los números grandes siempre han atraído a Trump, independientemente de su precisión. Contó los pisos de la Trump Tower para hacer que el edificio pareciera más alto, obsesionado con su rating en The Apprentice, y mintió sobre la superficie de su penthouse. Todo esto explica lo inexplicable: La necesidad de exagerar el tamaño de las multitudes o disparar al mensajero cada vez que una mala encuesta es publicada.

Para Trump, los números también sirven como una herramienta flexible. Las empresas estadounidenses han adoptado plenamente el Big Data y la analítica y el aprendizaje automático al estilo Moneyball, donde las cifras sugieren el mejor curso de acción.

Pero, durante décadas, se ha jactado de cómo lleva a cabo su propia investigación –en gran medida anecdótica– y luego compra o vende basándose en el instinto. Los números son usados después para justificar esos impulsos.

Trump gobierna exactamente de esa manera, adhiriéndose incluso a sus promesas de campaña más ilógicas –el tipo de promesas del que otros políticos se alejan una vez confrontados con decisiones de política reales–, ya sea obligar a México a pagar por un muro fronterizo cuando la inmigración ilegal es históricamente baja o sacar a Estados Unidos de los Acuerdos de París, pese a que el cumplimiento es voluntario, citando cifras para justificar sus posturas.

Cuando se le pregunta sobre la injerencia de Rusia en la elección, por ejemplo, señala que obtuvo 306 votos electorales y añade que los demócratas necesitan “una excusa para perder una elección que en teoría deberían haber ganado”. Para el vendedor estadounidense más grande en la historia, las estadísticas sirven como herramienta de marketing.

El presidente también utiliza los números como apalancamiento, una forma de establecer parámetros y eventualmente declarar la victoria. Cuando compró a los New Jersey Generals de la Liga de Futbol de Estados Unidos en 1984, según se informa, describió a sus compañeros propietarios su estilo de negociación de la siguiente manera:

“Cuando construyo algo para alguien, siempre agrego 50 o 60 millones al precio. Mis chicos entran, dicen que va a costar 75 millones, yo digo que va a costar 125 millones y lo construyo por 100. Básicamente, hice un trabajo pésimo, pero piensan que hice uno notable.”

Según Trump, ese truco explica la propuesta actual de reducir la tasa impositiva corporativa al 20%, después de meses de decir que quería ir aún más abajo, al 15%. “En realidad estaba diciendo 15 con el propósito de llegar a 20, como ustedes saben, esta será una negociación para los próximos 30 días, pero yo quería los 15 para llegar a los 20”, agrega.

Es un rasgo que aparentemente ha admirado durante mucho tiempo en los presidentes. En la década de 1980, recordó que recibió una solicitud de Jimmy Carter por 5 millones de dólares para ayudar a construir su biblioteca presidencial.

“Jimmy Carter tuvo el valor, el arrojo, las pelotas, para pedir algo extraordinario”, escribió en The Art of the Deal. “Esa habilidad le ayudó sobre todas las demás para ser elegido presidente.”

Una oferta, sin embargo, no es suficiente. En una mentalidad transaccional, cuando la persona del otro lado de la mesa es un competidor en lugar de un socio, los mejores términos vienen de la creación de licitadores múltiples. Lo que explica su repentina afición por Nancy Pelosi y Chuck Schumer, ya sea por el aumento del límite de la deuda, las propuestas de inmigración para Dreamers (por lo menos brevemente) o por el cuidado de la salud.

“Creo que los demócratas quieren hacer un trato”, dice Trump, refiriéndose al tema de Obamacare. “Al mismo tiempo, creo que tengo un acuerdo con los republicanos, así que tengo lo mejor de ambos mundos, eso es un negocio en cierta medida… Soy muy capaz de hacer tratos con los demócratas si tengo que hacerlo”.

El espectro de jugar de ambos lados también se cierne sobre las negociaciones fiscales. “Hablaremos de todo esto, ya sabes, será una serie muy formal de negociaciones en los próximos meses.”

Por supuesto, los que no se dan cuenta de lo que ocurre con el presidente sentirán su latigazo en Twitter: Pregunten a Paul Ryan, Lindsay Graham, Elizabeth Warren, John McCain o aproximadamente 1,000 personas en el último año que han tenido la temeridad de enfrentársele.

Por mucho que estas reacciones parecen personales, en realidad sólo se apegan a una táctica de negocios que ha empleado durante mucho tiempo. De nuevo, de The Art of the Deal: “Soy el primero en admitir que soy muy competitivo y que haré casi cualquier cosa dentro de los límites legales para ganar. A veces, parte de hacer un trato es denigrar a tu competencia.”

O denigrar a su propio equipo. En cualquier situación, Trump debe ser el perro alfa. La delegación no es su lado fuerte. Un ejemplo es lo que sucedió cuando Tillerson aparentemente reabrió un diálogo con los norcoreanos.

“Él estaba perdiendo el tiempo”, dice Trump ahora. Pero, ¿reprochar públicamente a su máximo diplomático no es neutralizarlo? “No, creo que estoy fortaleciendo la autoridad”, dice Trump. Es difícil ver de quién es la autoridad que está fortaleciendo, aparte de la suya.

Es claro que, en la órbita de Donald Trump, nadie está fuera de los límites. Hace una década, Donald Trump Jr. le contó a Forbes esta historia sobre su padre:
“Yo iba a trabajar con mi papá cuando tenía 5 o 6 años. Además de decirme una y otra vez que no bebiera, no fumara y no persiguiera a las mujeres, siempre me decía: ‘Nunca confíes en nadie’. Luego me preguntaba si confiaba en alguien. ‘¿Confías en mí?’, me preguntaba: ‘Sí’, le respondía, y él dijo ‘¡No, ni siquiera confíes en mí!’”.

Gracias a The Apprentice, la mayoría de la gente piensa que Donald Trump dirigía una gran empresa. No era así. La Organización Trump tiene 22 activos inmobiliarios, con sus propios equipos administrativos.

Trump licencia su marca a más de una docena de entidades y cobra regalías. En definitiva, es una empresa valiosa que es más impresionante por su eficiencia que por su amplitud.

Trump aprovechó esa mentalidad, y sus formidables habilidades como vendedor y hombre espectáculo, para llevar a cabo una campaña política históricamente eficiente. “Nadie habla de eso, pero gasté mucho menos dinero y gané”, dice. Y tiene toda la razón.

Pero hay muy poco sobre el funcionamiento de la Organización Trump que ofrece el tipo de experiencia que se necesita para dirigir la máxima organización en el país: el gobierno de Estados Unidos.

La organización Trump

En la Organización Trump, básicamente es dueño de todo. No existe un consejo de administración conocido, ni accionistas externos ni base de clientes reales, excepto compradores de bienes raíces de lujo y socios de clubes de golf.

Está mucho más cerca de dirigir una oficina familiar que de dirigir Wal-Mart. Cuando se trata de magnates convertidos en aspirantes presidenciales, comparemos con los dos líderes del sector privado que se han acercado más a sentarse en la Oficina Oval:

Wendell Willkie, que dirigía una gigantesca empresa de servicios públicos antes de perder ante Roosvelt en 1940 y Ross Perot, cuya oferta quijotesca en 1992 se basó en una carrera en la construcción de dos grandes empresas públicas, sobre todo Electronic Data Systems, una empresa global que tenía su propia política exterior de facto, incluyendo un famoso rescate de rehenes iraníes.

Trump tiene experiencia en empresas públicas líderes, pero incluso entonces sólo había un accionista que importara. Cuando Trump controlaba el 40% de Trump Hotels & Casino, que cotizaba en bolsa, lo usó para comprar un casino que poseía de manera privada por US$ 500 millones, a pesar de que un analista pensaba que valía 20% menos.

En un momento, también era dueño de más del 10% de Resorts International. Él cerró un trato con esa compañía que le ganó millones en honorarios a expensas de otros dueños.

Tampoco terminó bien: Trump Hotels se declaró en bancarrota (por primera vez) en 2004; Resorts había ido a la bancarrota unos años antes de que Trump cobrara.

Heredar las llaves del gobierno estadounidense es similar a una sucesión en General Electric o Microsoft. Generalmente se asume la continuidad, respetando los compromisos anteriores y administrando la empresa/país de la mejor manera posible, al tiempo que gira en torno a nuevas prioridades y políticas.

Sin embargo, la mentalidad transaccional de Trump no lo ve así (ni tampoco muchos de sus partidarios principales, que esperan un cambio radical por encima de todo). Si las políticas anteriores eran negocios desventajosos, no ve razón alguna para honrarlos, ni siquiera a costa de la reputación de Estados Unidos o de la percepción de una política estadounidense estable.

El Obamacare

“Es un desastre total”, dice Trump. Tiene un punto. ¿Pero Trump, como CEO de América, no tiene la obligación de operar tan bien como pueda hasta que tenga una alternativa, en lugar de amenazar con retener los pagos a las compañías de seguros, reducir el periodo de inscripción y recortar el presupuesto de publicidad?

“Lo que estamos haciendo es tratar de mantenerlo a flote, porque está colapsando”, dice. “Me refiero a que las compañías de seguros están huyendo y han huido, huyeron antes de llegar aquí, pero Obamacare es culpa de Obama, no es culpa de nadie más.”

Pero, ¿no es ahora responsabilidad de su administración? “Sí. Pero siempre he dicho que Obamacare es culpa de Obama, nunca va a ser nuestra culpa.”

El mismo enfoque surge en la política exterior, una y otra vez, ya sea en el acuerdo con Irán, el acuerdo climático de París o, especialmente, los acuerdos de libre comercio. ¿No se siente responsable de cumplir acuerdos de administraciones anteriores?

El presidente Trump tiene una respuesta rápida: “No.”

Es un precedente peligroso: un Estados Unidos donde cada administración, en lugar de basarse en los acuerdos de sus predecesores deshace los acuerdos de cada uno, no hace sino minar efectivamente la autoridad de cualquier jefe de Estado estadounidense. De nuevo, Trump se encoge de hombros.

“Creo que el TLCAN tendrá que ser cancelado si vamos a hacerlo bien, de lo contrario creo que no se puede negociar mucho. El TPP habría sido un TLCAN magnificado, habría sido un desastre. Es un gran honor, considero que es un gran logro, haberlo detenido, y hay muchas personas que están de acuerdo conmigo, me gustan los acuerdos bilaterales”.

Por supuesto que sí. Trump ha estado haciendo acuerdos bilaterales toda su vida. Pero los acuerdos bilaterales son precisamente eso: negociaciones uno a uno que llevan la perspectiva implícita de crear un ganador y un perdedor. ¿No se opone esto a nuestro mundo multilateral?

“Puedes hacerlo de esta manera y hacer muchos más negocios. Y si no funciona con un país, dales un aviso de 30 días, y renegocia o no.”

El mundo bilateral de Trump, por supuesto, explica por qué se reduce la ayuda externa. Viene con un enorme inconveniente. Los tratos generan puntos, pero no crean inversiones a largo plazo. Es imposible pensar en algo como el Plan Marshall, que provocó más de seis décadas de paz y prosperidad, saliendo de la Casa Blanca de Trump. Ante eso se encoge de hombros de nuevo.

“Para mí, es Estados Unidos primero. Hemos estado haciendo eso tanto tiempo que debemos 20 billones, ¿de acuerdo?”.

Trump tiene la intención de dirigir el país más como la Organización Trump en otras formas. Mucho se ha dicho acerca de lo lento que ha sido para nominar a la gente a puestos clave. En el Departamento de Estado, por ejemplo, no ha podido poner nombres para más de la mitad de las posiciones ratificables. Al parecer no es un accidente.

“Por lo general no voy a hacer muchos de los nombramientos que normalmente se harían, porque no se necesitan”, dice. “Quiero decir, si vemos a algunas de estas agencias, lo gigantescas que son, es totalmente innecesario, tienen cientos de miles de personas”.

¿Y cómo este hombre, que nunca tuvo un jefe, se siente con el hecho de tener 330 millones de ellos, para ser exactos?
Él reconoce el hecho, pero luego responde de una manera que es perfecta, consistente con la ideología Trump: “No importa, porque voy a hacer lo correcto.”

 

Por Randall Lane
Fotos:  Jamel Toppin

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