El sueño americano no murió

11 de Noviembre de 2016 - Forbes Argentina

 


En Estados Unidos, los inmigrantes son hoy un tema sensible. Pero, en la lista Forbes 400, nunca hubo más miembros –por encima del 10%– nacidos fuera del país, cumpliendo así el sueño americano.

Thomas Peterffy nació el 30 de septiembre de 1944 en el subsuelo de un hospital de Budapest. Su madre había sido llevada ahí debido a un ataque aéreo de la U.R.S.S.. Cuando los soviéticos liberaron Hungría de la ocupación nazi, el país se convirtió en un estado satélite bajo una nueva opresión: el comunismo. Petterffy y su familia descendiente de nobles perdieron todo: “En esencia, éramos prisioneros”. Él soñaba con liberarse de esa prisión en América.

A los 20 años, tramó un plan de fuga. Por entonces, los húngaros gozaban de visas de corto plazo para visitar familiares en Alemania occidental, y Peterffy las aprovechó. Cuando la visa expiró, no volvió a su patria. En cambio, partió a Estados Unidos. Peterffy llegó al aeropuerto internacional John F. Kennedy de Nueva York en diciembre de 1964. No tenía ni un dólar ni hablaba inglés. Tenía una sola valija, con poca ropa, un manual de topografía, un ábaco y un cuadro de un antepasado.

Se trasladó al Harlem español, donde otros inmigrantes húngaros habían formado una pequeña comunidad. Viviendo en un edificio derruido, era feliz, aunque pagó un precio. “Dejar mi casa, mi cultura y mi idioma fue mucho. Pero creía en Estados Unidos, que se podía cosechar lo que sembrabas y que la medida del hombre era su capacidad y decisión de triunfar. Era la tierra de las oportunidades sin límites”.
Y vaya que lo fue. Peterffy consiguió trabajo como dibujante en una firma de topografía. Cuando la empresa compró una computadora, nadie sabía cómo programarla, así que él se ofreció a probar. Aprendió rápido y consiguió trabajo como programador para una pequeña firma de consultoría en Wall Street, donde creó modelos transaccionales.

Hacia fines de los 70, Peterffy había ahorrado US$ 200.000 y fundado una empresa que fue pionera en las operaciones de bolsa electrónicas, que puso en práctica antes de que se digitalizara el mercado de valores. En los 90, empezó a concentrarse en la parte vendedora del negocio y fundó Interactive Brokers Group, que tiene una capitalización de mercado de US$ 14.000 millones. Actualmente, a sus 72 años, el patrimonio de Peterffy se calcula en unos US$ 12.600 millones.

Thomas Peterffy encarna el sueño americano. Al igual que el fundador de Google, Sergey Brin (US$ 37.500 millones). Y el fundador de eBay, Pierre Omidyar (US$ 8.100 millones). Y el de Tesla y SpaceX, Elon Musk (US$ 11.600 millones). Y Rupert Murdoch, George Soros, Jerry Yang, Micky Arison, Patrick Soon-Shiong, Jan Koum, Jeff Skoll, Jorge Pérez, Peter Thiel. Además de varias decenas de otros que también emigraron a Estados Unidos y obtuvieron la ciudadanía, y luego un lugar en la lista Forbes 400.

Más precisamente, 42 lugares de la lista corresponden a ciudadanos naturalizados que emigraron a Estados Unidos. Eso equivale al 10,5% de la lista, un notable rendimiento si se considera que los ciudadanos naturalizados sólo conforman el 6% de la población estadounidense.

Pese a todo el ruido político en cuanto a que los inmigrantes son una carga económica o una amenaza para la seguridad, el ritmo del hiperéxito económico de los inmigrantes se está incrementando. Hace diez años, la cantidad de inmigrantes en la Forbes 400 era de 35. Hace veinte años, eran 26, y sólo 20 hace tres décadas. No sólo es más pujante el sueño americano según la medida del éxito empresarial que es la Forbes 400, sino que nunca había sido más sólido. El patrimonio neto combinado de esas 42 fortunas de inmigrantes asciende a US$ 248.000 millones.

Según la Fundación Kauffman, los inmigrantes tienen casi dos veces más posibilidades de fundar una empresa nueva que los norteamericanos nativos. La Asociación para una Nueva Economía Estadounidense, un grupo apolítico formado por Murdoch y Michael Bloomberg (ambos miembros de la Forbes 400) indica que los inmigrantes crearon el 28% de las empresas nuevas iniciadas en 2011 en Estados Unidos, emplean uno de cada diez trabajadores y generan ingresos por US$ 775.000 millones. Algunas de esas empresas son, desde luego, pequeñas, como restaurantes y talleres de autos. Pero no así otras: la Fundación Nacional para una Política Estadounidense, otro grupo no partidario, dice que 44 de las 87 compañías tecnológicas estadounidenses tasadas en US$ 1.000 millones o más fueron fundadas por inmigrantes, muchos de los cuales figuran ahora entre las personas más ricas de Estados Unidos.

Nada de todo esto debería sorprender. Gracias a la tecnología, nunca ha sido más fácil crear una compañía relevante. Y, durante casi un cuarto de milenio, la perenne clase empresarial estadounidense ha estado conformada por inmigrantes.
Robert Morris salió de Liverpool a la edad de 13 años, ayudó a financiar la Revolución Americana y firmó la Declaración de la Independencia y la Constitución. Stephen Girard emigró desde Francia y creó el banco estadounidense que financió gran parte de la deuda pública durante la guerra de 1812, con lo que salvó al país de un desastre financiero. John Jacob Astor, un joven fabricante de instrumentos musicales de Alemania, levantó una fortuna con el comercio de pieles y bienes raíces en Estados Unidos, y se transformó en uno de los primeros grandes filántropos del país. El escocés Andrew Carnegie edificó una de las grandes fortunas norteamericanas a partir del negocio siderúrgico y, tal como Astor, dedicó el final de su vida a donarla. Los fundadores de Procter & Gamble, Kraft y DuPont fueron todos inmigrantes.

El acto mismo de emigrar, según lo ilustra Peterffy, es ya emprendedor, un riesgo elegido con la intención de mejorar la situación personal. Es un estado de la mente. Shahid Khan, otro miembro de la Forbes 400, lo explica así: “Dejás todo lo que tenés y subís a un avión. Podés manejar el cambio y el riesgo. Y querés ponerte a prueba”.
En líneas generales, los inmigrantes de la Forbes 400 entran en dos categorías.

Muchos como Peterffy llegaron a Estados Unidos escapando de algo. La familia de Sergey Brin dejó Rusia cuando él tenía seis años debido a la discriminación contra los judíos. George Soros sobrevivió a la ocupación nazi de Hungría. Igor Olenicoff fue obligado a salir de la Unión Soviética tras la Segunda Guerra Mundial por sus conexiones zaristas.

Otros contaban con los recursos suficientes para vivir en cualquier otro lugar, pero vieron a Estados Unidos como el sitio de las grandes oportunidades. Musk asistió a escuelas privadas en Sudáfrica. El padre de Murdoch era un editor de periódicos que había sido nombrado caballero. El de Omidyar era cirujano.

Do Won Chang y su esposa, Jin Sook, llegaron a Los Ángeles un sábado de 1981 sin mucho más que su educación secundaria, en el mismo año en que se había levantado la ley marcial en Corea del Sur. Enseguida, él se puso a revisar los clasificados del diario, fue a una entrevista en una cafetería y ese lunes ya estaba lavando platos y preparando comidas en el turno de la mañana. “Ganaba el salario mínimo, que no alcanzaba”. Así que agregó ocho horas en una estación de servicio y le sumó la creación de una pequeña empresa de limpieza de oficinas que lo mantenía ocupado hasta la medianoche. Jin Sook trabajaba como peluquera.
Mientras cargaba nafta, Chang se dio cuenta de que los hombres del sector de la indumentaria manejaban autos lindos, lo que lo llevó a conseguir empleo en un negocio de ropa. Tres años después, luego de que hubiera ahorrado US$ 11.000 junto con su esposa, abrieron un comercio de ropa de 85 metros cuadrados llamado Fashion 21. En el primer año, las ventas rondaron los US$ 700.000 y la pareja empezó a abrir nuevos locales cada seis meses, hasta que la cadena pasó a llamarse Forever 21. Su patrimonio está valuado hoy en US$ 3.000 millones. “Llegué casi sin nada. Siempre voy a tener un corazón agradecido a Estados Unidos por las oportunidades que me dio”, dice hoy.

A pesar de sus antecedentes diferentes, inmigrantes como Peterffy, Khan, Wadhwani y Cheng demuestran que los inmigrantes instruidos y sumamente motivados son un valor enorme para Estados Unidos. Tal vez estas historias ayuden a crear algún consenso, y a que el sueño americano siga siendo el mismo de siempre. Qué adecuado sería que termine siendo otra innovación multimillonaria soñada por algún inmigrante.

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