El gen argentino

4 de Enero de 2019 - Tomás Rodríguez Ansorena

 


Gerardo Bartolomé, fundador de Don Mario (GDM), provee la genética de un quinto de la soja que se produce en el mundo. Expansión a EE.UU. y China de una multinacional argentina que compite con los grandes y quiere demostrar que se puede ser exitoso.

En el libro Los dueños del futuro (Planeta, 2017), Hernán Vanoli y Alejandro Galliano presentan a Gerardo Bartolomé como el “Darwin sojero”, prototipo del empresario que con “agronegocios de alta productividad y valor agregado en tecnología” acaso logre sintetizar el viejo modelo agroexportador argentino con una forma de desarrollismo. A la cabeza de GDM, el holding multinacional que ahora nuclea a la empresa madre, Don Mario, y a las demás empresas del grupo, produce el germoplasma (el recurso genético) del 20% de la soja que se siembra en el mundo. La compañía lidera Argentina con el 60% del mercado y Brasil con el 38%, y compite con gigantes como Syngenta (ChemChina), Basf y Monsanto. En agosto, lanzó su propia marca de semillas en Estados Unidos, el principal productor de soja del mundo, donde desarrolla variedades desde 2008, y está presente además en Uruguay, Paraguay y Bolivia y, aunque en segundo plano, en Rusia, Ucrania y Sudáfrica. El próximo anuncio llegará con el definitivo desembarco en China, el principal comprador de soja del mundo. Con 700 personas a nivel global, GDM factura US$ 250 millones anuales, de los cuales invierte un 12% en mejoramiento genético.

Este año se cumplieron tres décadas de la salida de la primera semilla de la compañía, la Don Mario 49, “un éxito rotundo”, según recuerda Bartolomé; el inicio de un negocio que quisieron comprar muchos (“todos”, según él) y que nunca quiso vender. Ahora que su hijo Ignacio está al mando de la operación en Estados Unidos, ratifica su voluntad de hacer de Don Mario “una empresa multinacional argentina de 100 años, que le muestre al mundo que podemos ser exitosos y competitivos”. La clave, como repetirá a lo largo de esta entrevista, es el foco en el mejoramiento genético de la soja, un objetivo al que nunca renunciaron y que, en los últimos 20 años, derivó en el incremento del 1,5% anual en los rindes de la semilla. Siempre que la sequía no pegue como en 2018, es un impulso significativo para una actividad cuya sola cosecha pesa casi 6 puntos del PBI. Pero ¿a qué se dedica específicamente Don Mario? Mejor reconstruir la historia: “Cuando empezamos en los 80, nos pusimos este foco de proveerles a los agricultores variedades de semilla que produzcan más kilos por hectárea”, comienza Bartolomé. “Apenas recibido de agrónomo en la UBA, me contrata CREA para hacer ensayos de evaluación de variedades de soja. Y ahí me metí en el mundo de la genética”.

Foto: Juan Ulrich

¿Cuándo escuchaste hablar de la soja por primera vez?
Estudiando. Yo no vengo del palo, pero siempre me gustaron las plantas, la fisiología. Yo le digo a Marcela, mi mujer, que me enamoré de ella y de la soja casi al mismo tiempo (ríe). En ese entonces había solo dos compañías proveyendo genética, además de lo que hacía el INTA. Esto es un poco técnico, pero yo me enfoqué en grupos IV, de madurez más precoz (120 días entre siembra y cosecha), cuando los agricultores sembraban ciclos más largos (de 150). Eso dio un salto productivo importante con beneficios a los agricultores de la zona núcleo porque podían cosechar un mes antes, con días más largos, sin entrar en el otoño y alejados de una enfermedad terrorífica, la sclerotinia. Ese combo hizo que los Grupo IV en los 80, de cero, pasaran a ser el 50% del área sembrada.

¿Cómo fue el lanzamiento de la DM49?
Yo les pedía a los semilleros norteamericanos: “Mándenme variedades, yo las pruebo, y elijo la que mejor se adapte a Argentina”. Entonces, las fuimos probando en distintos suelos y elegimos la que más rendía.

Para comparar, ¿cuántas probaste?
Ponele que en esos años probaba 40 variedades. Hoy probamos millones. Unos años después, a mediados de los 90, dejamos de traer genética de Estados Unidos y empezamos a hacer la genética nosotros. Ahí empezamos con la obtención y lo que se llama “breeding”.

Millones… ¿Cuántos?
Todos los años evaluamos 1,5 millones de variedades, entre EE.UU., Brasil y Argentina. Acá debemos estar probando todos los años 500 mil variedades obtenidas por nosotros. Te hablo fácil: lo que hacemos es cruzar un padre con una madre, de forma artificial. Eso genera segregación, es decir, cuando cruzás un pelirrojo con un rubio, te salen muchos de todos los colores. Nuestra habilidad está en probar toda esa descendencia en los ambientes productivos y elegir la que más rinde. Sencillamente, así es el mejoramiento.

El concepto de commodity hace pensar que vos podés agarrar la misma semilla en cualquier lugar del mundo y plantar…
Es un error. Cada región del mundo tiene su condición ambiental. Argentina tiene una, Brasil otra, China otra. Los que hacemos mejoramiento tenemos que hacerlo en el lugar. Porque la combinación de clima, enfermedades y lluvias requiere variedades específicas. Lo interesante es que en los 80 Don Mario importó genética de Estados Unidos para mejorar en Argentina, y hoy está siendo un proveedor de genética en Estados Unidos.

Tu modelo de desembarco, tanto en Brasil como en Estados Unidos, fue asociarte con multiplicadores locales, ¿verdad?
Sí. En lo comercial. Nos asociamos con empresas que producen semilla con nuestra genética. Pero desde el punto de vista de la investigación no nos asociamos con nadie, porque el activo germoplasma, que es el pool de genes, ese lo queremos 100% nosotros.

¿En qué se diferencia lo que hacen ustedes de lo que hace Monsanto?
Monsanto hace lo mismo que nosotros pero, a la vez, desde los 90 desarrolló eventos transgénicos, lo que significa que vienen de otra especie, como tomar un gen de un gato y ponérselo a un perro. Entonces, ellos nos proveen esos genes para introducir en nuestro germoplasma. Siempre pongo el mismo ejemplo: si nosotros fabricamos el auto, Monsanto nos provee el airbag.

¿Por qué Monsanto no se enfoca en tu negocio?
Porque la propiedad intelectual en Argentina no se respeta. Vamos a Brasil, por ejemplo. Ahí nosotros tenemos el 38% del market share, somos los número 1. Monsanto debe estar en el 35/36, muy cerca nuestro. Ahí, Monsanto tiene más actividad en el mejoramiento porque se respeta la propiedad intelectual. Pero ahora hay algo muy interesante, porque en GDM estamos poniendo mucho foco en la genómica y edición génica, que en nuestra visión puede reemplazar a los eventos transgénicos y darle al cultivo características inéditas; si bien están dentro del mapa genético de la soja, a través de mutaciones podés lograr que sea resistente a un herbicida al que naturalmente no lo es. Estaríamos haciendo airbags propios, de alguna manera.

En esa área no solo se cuestionan los transgénicos sino el uso del glifosato. De hecho, se acaban de establecer algunas regulaciones en Entre Ríos. ¿Qué discute más Europa?
Yo te diría las dos cosas. Ahora Bayer (que compró Monsanto) es la reina de los transgénicos y tiene que explicarles a los alemanes por qué Monsanto es bueno si antes era el demonio. Los transgénicos, está demostrado científicamente, son inocuos. Y el glifosato también está demostrado científicamente que es un herbicida de los más amigables. Ahora, por el exceso que hemos hecho del uso del glifosato en países como Argentina, yo entiendo que es lógico que mucha gente se ponga en contra. Pero ¿la nafta no es tóxica? Si te tomás un litro de nafta, seguro te morís. Es decir, la nafta es para usar en el auto, no para tomar. Hemos usado muy mal el glifosato.

¿La soja transgénica sigue siendo el futuro?
Yo creo que la sociedad no acepta a los transgénicos. En general, ya no solo en Europa, en toda Sudamérica, en Asia, la gente está medio en contra. Por eso, entre otras cosas, en Estados Unidos ya lanzamos sojas no GMO (Genetically Modified Organism), bajo la marca Virtue. Pero hay que decir que los transgénicos agregaron mucha productividad y mucha cantidad de alimento que también la humanidad necesita.

Según Naciones Unidas, para 2050 la agricultura debería producir un 60% más para alimentar a la humanidad.
¿Y eso cómo lo lográs? Con tecnología. La transgénesis es una tecnología que ha permitido expandir las fronteras de los cultivos, tener más productividad.

¿Cómo podría regularse el uso del glifosato?
No sé si escuchaste hablar de las buenas prácticas agrícolas, que impulsa mucho Aapresid: no podés usar en exceso glifosato u otros herbicidas, tenés que lavar los envases y tirarlos en lugares habilitados y reciclarlos, no podés aplicar cerca de los tejidos urbanos.

El otro problema es la rotación y el deterioro de los suelos. ¿Qué opinás?
Es otra necesidad. En el caso de Argentina, hemos vivido muchos años un desfasaje importante entre la cantidad de soja y la cantidad de cereales. Hoy se está revirtiendo porque aumentó el área de maíz y trigo. Es una buena noticia. En Uruguay, por ejemplo, se premia la rotación. No conozco otro caso. Yo creo que hoy tendría que haber fomento, no castigo, al que siembra maíz, al que siembra trigo, para que la actividad agrícola sea sustentable y le entreguemos a la próxima generación suelos que mantengan su productividad. Lo que pasa es que en Argentina no respetamos mucho las reglas, medio que es la ley de la selva, el más grande se come al más chico, en el semáforo, en los impuestos y en la agricultura. En la matriz productiva argentina, que es 60% en campos alquilados, no se le da importancia a preservar las características del ambiente productivo. Se prioriza un alquiler caro. Todos con el “hay que cuidar lo sustentable”, pero después van al mango. Esa es la hipocresía argentina.

Propiedad intelectual: se discute desde hace años la ley de semillas en Argentina. ¿Cuál es tu posición?
En Argentina, el marco legal que comprende la actual ley tiene dos excepciones: que el agricultor puede hacer uso propio y que se pueden cruzar variedades de la competencia para mejorar las de uno. En los Estados Unidos, esas dos excepciones no existen. Más allá de eso, el respeto a la propiedad intelectual en Brasil es del 70% y en Argentina, del 40%. En el 60% del que no paga, lo mayor es uso propio. El resto es esa bolsa blanca, que es como se llama a la que se vende entre agricultores, entre comercios. Como hay cuevas para vender dólares, hay venta negra de semilla sin factura.

¿Cuál es tu propuesta para modificarla?
Que se permita el uso propio, porque al agricultor le gusta esa práctica, pero que pague una regalía por cada kilo de semilla que se guarda. En términos económicos, son US$ 8 por hectárea contra un costo de siembra de US$ 250/ha., más o menos. Con lo cual es el 3%, no es nada. Ahora, si el agricultor paga, genera que las empresas inviertan más, y que todos los años le demos mejores productos. En EE.UU. se invierten todos los años unos US$ 150 millones en mejoramiento de soja. En Brasil, US$ 60 millones. Y en Argentina, US$ 18 millones. Con lo cual el agricultor argentino no está accediendo a productos que podrían darle más productividad o más resistencia ante enfermedades.

¿La soja tiene algún competidor?
Hoy la soja es la mayor fuente de proteína vegetal en el mundo. ¿Puede ser sustituida? Sí. Para darte un ejemplo, con el tema comercial, China no accede a la soja de EE.UU. ¿Qué hizo China? Empezó a buscar sustitutos. El maíz tuvo crecimiento, otros cultivos como legumbres, garbanzo, arveja, también. Pero son procesos largos, ¿cómo reemplazás 120 millones de hectáreas de soja? Pero, bueno, a los taxistas les cayó Uber y les cambió el negocio. Google se puede convertir en un mejorador de soja. ¿Por qué? Porque tiene los algoritmos que, si se pone a trabajar en mejoramiento, nos sacan a nosotros, a Basf, a Bayer, a todos.

¿Qué importancia tuvo el big data y la inteligencia artificial en tu negocio?
Muchísima. La I.A. nos está permitiendo predecir qué padres cruzar, cuando antes lo hacíamos por el rendimiento. En definitiva, lo que te permiten el big data y la I.A. es hacer menos trabajo a campo abierto y más en el laboratorio. En lugar de seis años, que es lo que lleva de mejoramiento una variedad, podríamos lanzarlas en cuatro. Es revolucionario.

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