Del conocimiento a la innovación

15 de Noviembre de 2016 - Hugo Sigman

 


Hace un tiempo empecé a reflexionar acerca de lo que realmente me llevó a interesarme por la innovación y concluí que mi sueños, mis ganas, la inversión que esto implica, tanto en tiempo como económicamente, ha sido el hecho de poder contribuir a conseguir que nuestros países emergentes puedan ser soberanos tecnológicamente.

Por eso, junto a mi esposa Silvia Gold nos entusiasmamos y comenzamos a trabajar hace más de 20 años en el desarrollo de productos originales, no los que ya se conocían sino en algo nuevo y, para ello, nos ligamos a grupos científicos argentinos que estaban interesados en la cooperación público privada. Queríamos que los científicos argentinos sintieran que soñar era posible y que su aporte no terminaba en un paper, por más valor que estos tengan, sino que podíamos transformar nuestros conocimientos en productos útiles, innovadores, con valor agregado y de exportación.

Para lograr algo así, hace falta método y constancia. “Espero que la inspiración me encuentre transpirado”, decía Picasso, dándole una nueva jerarquía el valor del trabajo. Y eso es lo que intentamos promover desde nuestra cultura empresaria.

La financiación de este tipo de iniciativas requiere de inversión privada y un sistema de financiación pública de la ciencia que, en nuestro país, afortunadamente viene generándose hace varios años, luego de un gran tiempo de espera. Ya a fines de los 60, Jorge Sábato, un hombre extraordinario, propuso un modelo de política científico-tecnológica para poder dar el salto. En lo que hoy se conoce como “el triángulo de Sábato”, él postuló tres actores clave: el Estado (en su rol de regulador), el sector científico y el sector privado. Pero el éxito de países centrales como Estados Unidos, e incluso de algunos pequeños como Israel, se debe en buena medida a que agregaron a esa ecuación de Sábato los fondos de riesgo para la inversión productiva en la ciencia.

En Argentina, durante mucho tiempo, hubo un divorcio muy intenso entre la ciencia y el sector privado. Ambas partes tuvieron su parte de responsabilidad: una por razones ideológicas, el otro por no creer en el Estado.

Por suerte, este divorcio se fue diluyendo y hoy podemos ver y celebrar un gran cambio. En lo que se refiere a la financiación desde que la Secretaría de Ciencia y Tecnología, en su momento dependiente del Ministerio de Educación y luego con la creación del Ministerio, desde Juan Carlos Del Bello a Lino Barañao se comenzó a trabajar para fomentar la vinculación público-privada y la financiación de la ciencia.
Salvo en el sector del soft y del e-commerce, los fondos de inversión de riesgo no tuvieron participación en la promoción de nuevos emprendimientos innovadores.

Lo que vivimos hoy es fantástico: hay miles de emprendedores en todo el país, desarrollando sus proyectos y tejiendo redes entre sí, que demuestran un cambio de tendencia muy importante. A todos ellos, les diría lo mismo que les digo a mis hijos y a todos los que trabajan en Grupo Insud: que no se dejen seducir sólo por los análisis de mercado, porque la función básica y fundamental que tenemos quienes trabajamos en el sector de la medicina es mejorar la calidad de vida de la gente.

Y, además, debemos mantener siempre en mente que nuestro trabajo no está terminado si logramos un medicamento bueno: tiene que ser, también, accesible para todos. No podemos descuidarnos en esto, ni olvidar que trabajamos con un propósito que debe estar siempre por encima de lo que un análisis de mercado puede decir que es un buen resultado económico.

Los sueños tienen que estar ligados a que uno puede ser protagonista en la batalla por debilitar a esos grandes enemigos que tenemos en frente, que son la enfermedad y la muerte. Quizás suene moralista, pero así siento y pienso en este momento de mi vida.

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