De la Hesperidina a las galletitas

27 de Julio de 2018 - Daniel Balmaceda

 


Melville Sewell Bagley fue pionero al obtener la primera patente de marca registrada en la historia industrial argentina.

En 1862, cuando Melville Sewell Bagley llegó a Buenos Aires, consiguió trabajo con los hermanos Antonio, Marcos y Demetrio Demarchi en la droguería La Estrella, antecesora de la clásica farmacia. Allí, Bagley aprendió el idioma y se ganó la confianza de los Demarchi. También encontró un nicho donde desarrollar su potencial. A los 26 años, se asoció con sus empleadores y estableció una casa de pastas y licores. En esa época ideó el primer producto de la compañía: la Hesperidina, una bebida estimulante y con virtudes curativas.
El éxito no se debió únicamente a su fórmula –que se mantiene en secreto hasta el día de hoy– sino a una agresiva campaña publicitaria (la primera en Argentina) implementada por Bagley. En los cordones de las veredas aparecían pintadas misteriosas con el nombre “Hesperidina”. En el diario La Tribuna, a través de avisos enigmáticos, se anunciaba la llegada de una nueva bebida. La incógnita fue develada con una publicidad en el mismo diario, el día de Navidad de 1864. En la gráfica se anunciaba, además de los beneficios que la bebida aportaba a la salud, los lugares donde se la podía adquirir.
Pero Bagley fue más allá. Su visión de futuro lo convirtió en pionero al obtener la primera patente de marca registrada en la historia industrial argentina. Gracias a la creciente ola inmigratoria, la población argentina aumentaba y el joven empresario comprendió que no podía quedarse con su producto estrella; debía diversificarse.
En 1875, Melville lanzó las primeras galletitas Bagley: Lola. Y, junto con ellas, la primera mermelada de naranja. Los productos se afianzaron en el mercado gracias, una vez más, a la visión publicitaria de Bagley, quien creó el slogan “Las tres cosas buenas de Bagley”. En la segunda mitad de la década de 1870, la empresa se consolidó y aprovechó la expansión del ferrocarril para traspasar la frontera de Buenos Aires.
El 14 de julio de 1880, cuatro días después de haber cumplido 42 años, Bagley falleció y la empresa quedó a cargo de su esposa, María Juana Hamilton. De la administración se hicieron cargo Juan León Trilla y Jorge McLean. Los Demarchi también participaban de la empresa: todos trabajaron sin descanso para mantener en alto el nombre del creador. Hacia 1901 la compañía se convirtió en sociedad anónima. Siguió invirtiendo en maquinaria y mejorando la calidad de sus productos, así como también expandiéndose a través de la adquisición de más fábricas. Los carros que transportaban la mercadería de la firma Bagley paseaban por la ciudad tirados por caballos, y la gente los conocía como “los percherones de Bagley”.
Al año siguiente, y con autorización del expresidente, lanzaron al mercado las galletitas Mitre. También aparecieron otras como las Variedad, Tertulia y Soda. La inauguración del Teatro Colón fue la excusa para el lanzamiento de las ahora clásicas galletitas Ópera.
En 1908 comenzó a cotizar en la Bolsa de Comercio. Fue por esos años en que se gestó el slogan “Siendo de Bagley, es bueno”. A partir de 1924, el proceso de expansión fue ininterrumpido. Se amplió la producción y Bagley comenzó a vender, también, conservas, encurtidos, vinagre y una línea de postres llamada Jelina.
El joven inmigrante norteamericano Melville Bagley, que bajó del barco allá en la Buenos Aires de 1862, nunca imaginó que iba a crear una empresa que se sostendría en el tiempo por más de 150 años. Su historia marchó en paralelo a la historia del país que lo recibió, de la de nuestros antepasados, y seguramente formará parte de la vida cotidiana de muchas generaciones de argentinos.

 

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