La lucha contra Champagne y la apuesta argentina

11 de Agosto de 2017 - Gisela Carpineta

 


La empresa familiar española Freixenet es la mayor productora de vinos espumosos bajo método tradicional. ¿Se puede competir contra champagne?

Más de 140 millones de botellas al año, un millón de kilos de uva a diario, presencia en 150 países y 23 bodegas repartidas en siete países de tres continentes (una en Mendoza). Grupo Freixenet piensa siempre a gran escala.

Sin embargo, estos números colosales no impiden que la bodega siga siendo una empresa familiar, con todas las dificultades que eso conlleva. Hoy la firma está organizada en una comisión directiva compuesta por las tres familias herederas: Ferrer Noguer (42%), Hevia Ferrer (29%) y Bonet Ferrer (29%).

“El espumante siempre ha mirado al Champagne. Todo el mundo mira a Francia”, cuenta Pedro Ferrer Noguer, CEO del grupo desde 1998. En los 70, cuando España hizo el primer tratado de comercio en la Unión Europea, debió cambiar el nombre y lo llamaron Cava. Hoy es una denominación de origen controlada (DOC) con peso propio.

Aunque la primera botella de Cava salió al mercado en 1914, su historia empezó en 1861, cuando Francesc Sala Ferrés fundó Casa Sala, la primera marca exportadora de vinos en Sant Sadurní d’Anoia, Cataluña. Desde el inicio, optaron por elaborar un vino espumoso natural que estuviera al mismo nivel y categoría que los producidos en la Champaña, Francia.

Eventualmente, la bodega logró adueñarse del mercado doméstico de Cava y consolidarse en un área antes liderada por el Champagne. “Desde 1985, empezamos una campaña para que los Cava se consumieran todo el año y en toda celebración. Ese fue el secreto del éxito”.

Con ese mensaje de un consumo más descontracturado que el Champagne, desde hace tres décadas el grupo mantiene el liderazgo mundial de todos los vinos espumosos elaborados bajo el mismo método que el Champagne. La empresa comercializa unos 200 millones de botellas anuales y el 80% de la producción se destina a la exportación, con Alemania y Bélgica como mayores compradores.

Un factor determinante de la expansión de la empresa fue mirar hacia los mercados externos. ¿Cómo empezó ese proceso?

En 1934, un año después de la derogación de la Ley Seca, mi abuelo fue a Nueva Jersey porque quería llevar vino a granel desde España y producirlo allá, pero murió en la Guerra Civil Española. Luego, con la Segunda Guerra Mundial el mundo explotó. Pobre hombre, tuvo la visión, pero no era el momento para ir a producir espumantes. A fines de los 50, mi padre Josep Ferrer Sala se puso al frente de la empresa.

¿Ahí comenzó la verdadera “revolución”?

Mi padre siempre tuvo la ilusión de exportar, y en los 60 montó una filial en Inglaterra. Aquí, en el pueblo, le decían que él exportaba porque le gustaba viajar: desconfiaban de que nuestro Cava se pudiese posicionar en el mundo. No se había hecho nunca, a nadie se le había ocurrido y por eso se creía que era imposible.
Sin embargo, el Cava se impuso.

En los 70, la botella negra de Cordón Negro se asentó en Nueva York. Fue ahí donde empezó realmente a funcionar la exportación. “La fe de mi padre y su botella negra comenzaron esto. Como nos costaba mucho entrar en el mercado, la botella blanca de Carta Nevada fue pensada como una innovación para distinguirnos. Y la negra, también considerada un disparate, fue en la misma línea. Estoy convencido de que cualquier estudio de mercado hubiese dado como resultado que hacer eso era imposible”.

A la par de la exportación, el grupo también decidió iniciar su multinacionalización, construyendo bodegas por fuera de las fronteras españolas. El primer paso en este sentido también rompió los esquemas: “El primer sitio en el que decidimos invertir fue en México, a principios de los 80. Fue una cosa extrañísima, pero nos va muy bien; es un misterio”.

Luego vino el turno de la bodega Gloria Ferrer en California, Wingara en Australia e, incluso, durante la década del 90, la expansión llegó hasta Mendoza, en el Valle de Uco, donde funciona Finca Ferrer, la bodega donde se elaboran vinos tranquilos y espumantes argentinos.

¿Por qué instalar una bodega en Argentina?

Creemos mucho en el Valle de Uco. Esa zona es nuestra mayor fortaleza. La tierra fue seleccionada por mi padre cuando aún nadie la miraba.

Les costó decidirse a hacer un espumante en el país, ¿No compite con sus cavas?

Nuestra idea es potenciar Argentina para la exportación, pero a mayor nivel los vinos. En Estados Unidos, por ejemplo, nos cuesta ver el espacio para colocar un espumante argentino.

En la bodega, convive la biotecnología con la vendimia a mano. ¿Cómo se conjuga la innovación con la tradición?

En la empresa hay gente que empuja para la innovación, como el marketing internacional, y otro bando, sobre todo la familia, que hace lo suyo para el lado de la tradición. Y así es como mantenemos un equilibrio. Suena esquizofrénico, pero somos eso.

Bodegas argentinas: Recorrido entre copas

 

 

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