¿Y si al final mejor que no llueva?

5 de Diciembre de 2017 - Virginia Porcella

 


No se habían cumplido aún los críticos primeros 100 días de la nueva gestión que Gustavo Lopetegui, el discreto vicejefe económico de gabinete, ya lamentaba en la intimidad “la ingenuidad” con la que habían creído en la lluvia de inversiones.

Mucho pasó desde entonces: la salida default que sucedió al fin del cepo, el tarifazo o reacomodamiento de precios relativos, la pelea inacabada contra la inflación, la caída y rebote de la actividad. Los paros, marchas, protestas, piquetes… En fin, el ajuste –para algunos mucho y para otros poco– de una economía que llegó a octubre saliendo del limbo de la mera recuperación.

Y pasaron también las elecciones. Un plebiscito del que Macri salió airoso y que empresarios y ejecutivos de las grandes multinacionales (principales tomadores de decisión o al menos impulsores de las inversiones) celebraron con tanta o más euforia que el resultado electoral de 2015.

Ahora sí, con la reválida de las urnas, asumen que el Gobierno puede avanzar en la agenda de reformas que hagan a la Argentina competitiva. Tardó apenas siete días en anunciarlas, en formato retoque al sistema tributario y, más a fondo, modificación a las leyes laborales, los dos grandes reclamos actuales que permitirían a la economía ser rentable y atractiva a los ojos de los inversores.

¿Ahora sí lloverán las inversiones?

No está claro. Más bien nadie se anima ya a semejante pronóstico. Sin ir más lejos, el supermercadista Alfredo Coto, representante de uno de los sectores más golpeados que recién por estos días comienza a ver la luz al final del túnel, rompió su autoimpuesto silencio para advertir que “las empresas, tal como están dadas las condiciones, no vienen”. Es que la Argentina sigue cara.

Otros son más optimistas: “Las inversiones ya están llegando”, dice Isela Costantini, la expresidente de Aerolíneas Argentinas y General Motors, hoy directora de IRSA. Comparte su diagnóstico Santiago Mignone, CEO de PWC.

Una retrospectiva de los últimos 22 meses indica que, primero en cuentagotas y luego más aceleradamente, algunos sectores de la economía real empezaron a reaccionar.

Previsiblemente, el campo, primer claro beneficiario de los nuevos tiempos, mejoró su desempeño con una inversión que en la última campaña fue mayor a los US$ 20.000 millones. También en energía se notó el cambio de ciclo, y con la estrella de Vaca Muerta atrajo desembolsos que prometen duplicarse año a año.

Para 2018 ya estarían comprometidos unos US$ 8.000 millones. Pero son sectores, es cierto, de altísimo potencial en los que la oportunidad es nítida y la apuesta mucho más segura.

Más incierto lucía a principios de año el panorama en otras industrias, como la de alimentos o incluso la automotriz, clave para el crecimiento de todo el resto de la actividad industrial. También ahí ahora empieza a clarear.

El sector automotor se prepara para su mejor año de la historia, no solo en ventas (se alcanzará el millón de unidades) sino en desarrollo industrial: prácticamente todas las terminales ingresaron en una etapa de modernización de plantas, que lleva al récord también de plataformas de alta calidad tecnólogica.

Esto es para producir ya no autos económicos, sino los modelos globales que los mercados desarrollados demandan.

Lo curioso es que eso ocurre en una economía con costos un 25% más altos que los de nuestros vecinos, con una inflación por encima de 20% anual y tasas de interés en más de 28% que hacen que las mayores ganancias se logren en el mercado financiero y en la que aún no se implementó ninguna de las aclamadas reformas.

Siempre que llovió, paró. Tal vez mejor sea una canilla que no pare de gotear.
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